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La regulación y los planes de estímulo amenazan con provocar una crisis en W

Podría ser que la crisis durase más de lo esperado y que, tras una aparente recuperación, volviese a caer. El aumento del gasto público y de la oferta de dinero serían los responsables.

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
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Una de las ventajas de vivir en el año 2010 es que, a estas alturas, casi todo ha sucedido en el pasado, al menos, una vez. Hace 73 años, en 1937, Estados Unidos entró de nuevo en crisis. Fue una recesión corta, de apenas un año, pero puso en entredicho el New Deal de Roosevelt.

De aquel pequeño tropiezo anterior a la guerra se ha dicho que las causas principales fueron el recorte de gasto público y las restricciones al crédito. Es decir, que el Gobierno entornó el grifo y la economía volvió a despeñarse. Naturalmente, no fue así. La crisis del 37 se debió a dos factores que, hoy, siete décadas después, han vuelto a repetirse: una política monetaria expansiva y una creciente regulación gubernamental.

Entonces, como ahora, aumentó la base monetaria distorsionando la estructura productiva; el oro pasó por decisión política de los 18 a los 35 dólares y el diferencial se monetizó. Entonces, como ahora, creció la regulación. De aquella época son, por ejemplo, la Social Security Act, la Wagner Act y la National Labor Relations Act. La consecuencia fue que, el diabólico Efecto Ricardo se puso a funcionar y dejó a cientos de miles de personas en paro.

Falso crecimiento

El crecimiento de la economía estadounidense durante el último cuatrimestre, cifrado en un 5,7% (la tasa más alta de los últimos seis años) y la tímida recuperación del empleo, están creando una falsa sensación de que todo se ha acabado y que este año la economía volverá a crecer con fuerza. El PIB ha rebotado por la inmensa cantidad de dinero que el Estado ha inyectado en la economía mediante rescates y ayudas de todo tipo. Esto ha motivado que las empresas repongan inventarios y, casi sólo con eso, se ha empujado el PIB cuatrimestral hasta una cifra anormalmente alta.

Pero el PIB no deja de ser un agregado que mide el gasto, y, por lo tanto, es perfectamente alterable por el Estado si decide gastar más. Volviendo al ejemplo rooseveltiano, el espectacular crecimiento del PIB en los años 30 se debió, básicamente, al programa de gasto público. Éste lo único que hace es tomar dinero de gente productiva para dedicarlo a actividades improductivas. En España el Plan-E es el mejor ejemplo de esta variedad de dilapidación estatal.

Así, el capital que debería destinarse a inversiones rentables y generadoras de riqueza futura, se está yendo por la alcantarilla del Estado, cuyo gasto se dedica a proyectos que sólo él demanda por motivos políticos. Léase aceras de mármol para tranquilizar a los alcaldes, o rescates a industrias quebradas para garantizarse el voto de sus trabajadores.

La arrogante actitud de los Gobiernos, que realmente creen que ellos pueden sacar de la crisis a la gente, bien podría terminar como en 1937 o en 1981, cuando a una tímida recuperación le sucedió la recaída que fue, incluso, más duradera. A este tipo de crisis se las conoce como de “double dip” o “crisis W”, que sería la forma gráfica que adoptase la actual depresión al concluir.

Oferta de dinero e inflación

Preocupantes datos sostienen la tesis de la W. El primero es que los políticos creen que no va a producirse. Hace unos días, el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, aseguró que el riesgo de volver a caer era mínimo. Por lo general basta que un político insista públicamente que no va a pasar algo para que eso mismo suceda. Es España sabemos bastante del tema.

Aparte de las predicciones económicas de los políticos, que, durante las crisis económicas, persiguen tranquilizar más que decir la -por lo general- dolorosa verdad, hay inquietantes hechos que nos retrotraen a tiempos pasados. Si bien es cierto que los Estados no se han puesto como locos a legislar -ni han interrumpido el comercio internacional mediante aranceles-, no lo es menos que la masa monetaria ha crecido de un modo desmesurado desde el comienzo de la crisis.

El siguiente gráfico lo dice todo:

La oferta de dinero ha aumentado exponencialmente desde 2008. Según datos de la propia Reserva Federal, el “monetary base” ha pasado de los 800.000 millones de dólares de 2008 a los dos billones. Es el mayor aumento de base monetaria de la historia y, si bien el dinero disponible ha ido creciendo de un modo sostenido desde el abandono del patrón oro, nunca antes había subido tanto y tan rápido.

Este aluvión de dinero más tarde o más temprano trae tensiones inflacionistas en el mundo real. Y cuanto más dinero se cree mediante deuda u otros mecanismos peor será el ajuste. De hecho, inflación ya existe, porque ha aumentado la oferta monetaria aunque, por ahora, este aumento no haya venido acompañado de subida de precios. Es algo elemental que cualquier niño entiende. Cuanto más dinero haya menos vale ese dinero.

Por lo general, entre las expansiones monetarias y el alza de precios hay un lapso de unos dos años. Se empezó a ampliar la base a finales de 2008, luego todo indica que al terminar este año empiecen a notarse sus efectos.

Éste de la inflación es uno de los principales peligros del modelo de recuperación que, hace dos años, escogieron los gobiernos y los bancos centrales. Estimular la demanda mediante gasto y crear dinero de la nada siempre se termina pagando. Pero nadie quiere decir que el rey va desnudo.

La baja inflación -o directa deflación- que padecemos se debe al parón del consumo y a un incremento de la tasa de ahorro. La gente no se fía del alto endeudamiento del Gobierno y guarda su dinero, o está tan endeudada que no puede pedir más dinero prestado, por mucho que la clase política les anime a "estimular la demanda". El estancamiento con deflación es una enfermedad que padece Japón desde hace 20 años.

Cualquiera de los dos escenarios es malo. El primero haría más soportable las deudas, sí, pero a cambio dejaría la economía devastada. El segundo nos mantendría en un estado de letargo en el que no se crearía riqueza ni empleo. La economía internacional, por lo tanto, es muy probable que vuelva a caer después de esta ligera e ilusoria recuperación. El Estado, para variar, es el primer responsable de que esto sea así.

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