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Los círculos viciosos del PP en Cataluña

A base de renuncias y concesiones, ha acabado por asumir el marco nacionalista. Mientras, Ciudadanos se erige en oposición a los separatistas.

(Barcelona)
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A base de renuncias y concesiones, ha acabado por asumir el marco nacionalista. Mientras, Ciudadanos se erige en oposición a los separatistas.
Mariano Rajoy, junto a Alicia Sánchez-Camacho, este sábado, en Barcelona. | TAREK

El Partido Popular catalán insiste en que es la única oposición a los planes separatistas de Artur Mas y Oriol Junqueras. Las encuestas, sin embargo, vaticinan una fuga de votos a Ciudadanos que cuestionaría el papel de los populares en una Cataluña inmersa en el momento de mayor trascendencia política desde el retorno de Tarradellas, el 29 de septiembre de 1977. En esas casi cuatro décadas, el nacionalismo ha ejercido el monopolio de la política por encima de las siglas, de tal forma que el tripartito fue un triunfo simbólico de Pujol encarnado en la carga de complejos del president Montilla y su sometimiento al guión identitario y sentimental del catalanismo. En ese tiempo, el nacionalismo no sólo ha construido el imaginario de un país partiendo de la nada sino que ha condicionado radicalmente una sociedad sometida a los delirios lingüísticos y folklóricos de los comisarios políticos de la Generalidad y de los ideólogos de un Estado catalán puro y monolingüe cuyo objetivo confeso ha sido y es la desespañolización de Cataluña.

En ese contexto, el Partido Popular ha oficiado de campeón de las oportunidades perdidas, de los bandazos políticos, las renuncias y las concesiones, hasta el punto de asumir como propio el marco nacionalista. El sacrificio de Vidal-Quadras ejemplifica la aceptación por parte del PP de ese totalismo catalanista, así como sus giros ideológicos, los cambios de liderazgo en función de intereses ajenos a su electorado catalán y el valor meramente instrumental de los dirigentes catalanes en relación al hilo del PP de Génova (y del Madrid oficial gobierne quien gobierne) con la "sociedad civil" catalana, el manido engendro virtual manejado por personajes como Duran, Roca y una gran mayoría de los empresarios, afectos por gusto o interés al régimen nacionalista.

Si la autonomía que exhiben los socialistas catalanes en relación al PSOE no les garantiza precisamente conectar con su electorado natural (el que les permite ganar las generales en Cataluña y pasa de votar a sus líderes catalanistas en las autonómicas), la dependencia del PP catalán respecto a los criterios genovitas tampoco ha contribuido a ampliar su representatividad en el parlamento autonómico y en los municipios.

La convención que el PP ha celebrado en Barcelona pretendía marcar un nuevo punto de inflexión, el final de un letargo en el que ni el Gobierno ni el partido en general habían dado señales de vida respecto a la deriva radical del nacionalismo, la ruptura social, el desprecio por los derechos individuales en la enseñanza o en la sanidad, la desobediencia institucionalizada ante leyes y sentencias, las represalias laborales y profesionales o la discriminación pública y manifiesta de quienes cuestionan, critican o no se avienen a las disposiciones y criterios totalitarios del catalanismo, que impregna iglesias, guarderías, medios de comunicación y hasta comunidades de vecinos.

Se esperaba con interés el discurso del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, en dicha convención, puesto que se había anunciado que desmontaría toda la retórica del "Espanya ens roba". Tal vez fuera esperar demasiado de un acto de partido frente al bombardeo masivo de consignas y "noticias" que han convencido a no pocos ciudadanos de Cataluña del supuesto expolio. El anuncio ministerial de los cambios en el cálculo de las balanzas fiscales, sin embargo, se ha convertido en más munición para el nacionalismo, que lo atribuye al desequilibrio. Se non è vero..., se ufanan. La réplica gubernamental son 2.400 millones más del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA) para que la Generalidad pase a su gusto el mes de febrero, fastos del Tricentenari incluidos.

También se esperaba mucho del discurso de Rajoy, que lo primero que ha dicho es que no necesita que nadie le explique lo que pasa en Cataluña y que no piensa escuchar a quienes le sugieren que deje de financiar el desafío separatista a través del FLA. Sería injusto no reconocer en la defensa de la españolidad de Cataluña por parte del presidente del Gobierno el alumbramiento de la teoría registral de una España como "bien indiviso" en régimen de multipropiedad, en la confianza de que los impulsores de la ruptura se atengan a las leyes cuando el incumplirlas de forma sistemática (en la enseñanza, por ejemplo) no les ha acarreado ninguna consecuencia.

Es inevitable que estos hechos diluyan el efecto de los discursos que en el PP se pretenden contundentes e incontestables. También parece inevitable que en el PP se acaben por adoptar perspectivas ante el reto separatista difíciles de entender para su electorado. Tras la convención, ministros y dirigentes populares coincidían con Mas en una fiesta benéfica en la casa ampurdanesa de un empresario, una reunión con la flor y nata de la sociedad catalana, del Círculo de Economía, del Círculo Ecuestre, del Círculo del Liceo y hasta del Círculo del Casino de La Bisbal; los interlocutores de siempre con los tópicos sobre Cataluña y España de siempre. Eso sí, Mas exigió que no hubiera fotos y que se le sentara bien lejos de Alicia Sánchez Camacho.

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