Derecho a enfermar
Sucede que soy autónoma. Y como autónoma, me conviene tener una salud de hierro, porque mi derecho a enfermar con remuneración no existe.
He seguido con interés y con algo de amargura (que en breve se entenderá mejor) todo este debate, o todo este lío, en torno al absentismo laboral y las bajas por enfermedad. Ciertamente en política a menudo el fondo es la forma, y si esta resulta torpe o vacilante naufraga el mensaje entero. Pero que un político no atine a expresarse bien sobre un problema, ni elimina ese problema, ni nos exime de buscar una solución.
De denunciar el absentismo laboral (que existe) se pasó en cero coma a considerar que se estaba atacando el derecho de los trabajadores a enfermar, y que se imponía una defensa numantina de ese derecho, cómo no, monopolizada por la izquierda.
Bueno, pues qué quieren que les diga. A mí me resultaría más fácil comulgar con esta y otras ruedas de molino si fuera funcionaria, enchufada en la Administración o empleada por cuenta ajena. Pero sucede que soy autónoma. Y como autónoma, me conviene tener una salud de hierro, porque mi derecho a enfermar remuneradamente, o no existe, o es irrisorio.
Sucede además que no estoy escribiendo estas líneas desde la torre de marfil de la teoría. Este verano he tenido que hacer frente a un reto serio de salud, a un susto importante, que gracias a Dios no me ha llegado a incapacitar laboralmente, aunque a alguna colaboración sí tuve que renunciar momentáneamente. Por supuesto con la máxima discreción, no fuera alguno de mis empleadores a sospechar nada, antes por lo menos de tener la certidumbre de haber salido de la zona de peligro y poder volver a la batalla como si nada.
¿Se acuerdan de la pandemia, de las restricciones del confinamiento? No era lo mismo para la gente que encerrada seguía cobrando su sueldo, o la mayor parte de él, y no se tenía que preocupar porque su puesto de trabajo desapareciera, que para la legión de autónomos, fijos discontinuos y precarios en general que a saber con qué se encontrarían cuando volviera la "normalidad".
Si a eso le sumamos un reparto muy desigual, por no decir cruel, de una carga fiscal ya de por sí excesiva, y más vistos los ¿servicios? que se obtienen a cambio, el balance puede ser dantesco. Y no, este adjetivo no es una hipérbole, aunque lo parezca.
Menos fariseísmo, menos hipocresía, menos socialdemocracia de cartón piedra, menos izquierda más falsa que un duro sevillano, y un poquito, solo un poquito, de sensibilidad social. Se puede ser de derechas y tenerla. Se puede ser rojo y no tener ninguna. En el fondo, todo es bastante cuestión de tener o no tener imaginación. De tener más o menos capacidad de ponerse en los zapatos ajenos.
He dicho siempre, y lo mantengo, que los problemas que los políticos no tienen, no se solucionan jamás. Sobre todo, cuando nos abruman numéricamente los políticos profesionales en el mal sentido de no haber trabajado nunca en otra cosa. De no haber catado el mundo real. Por eso no se solucionará jamás el problema del aparcamiento (porque a los políticos les aparcan el coche oficial) ni el de la vivienda (porque los políticos acceden a ella sin ninguna dificultad, sin ni necesidad de pagarla a veces), ni por supuesto el del derecho a enfermar de todos esos trabajadores —o no— que viven colgados de la brocha del espejismo de una prosperidad cada vez más abstracta, difusa, y peor distribuida. Y lo más triste es que esto no es una crisis más, no es una mala racha. Es una decadencia de los sueños generales de progreso, una quiebra colectiva de la confianza en el buen gobierno, que ojalá no haya venido para quedarse.
Yo ahora mismo no pondría la mano en el fuego. Sólo en el mando a distancia para ver los partidos de la Selección. Pero pan y circo (o fútbol) no es exactamente lo mismo que dignidad y libertad.
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