
Cuando un barco se hunde, las ratas son las primeras en abandonarlo, o eso se suele decir. Pero un Gobierno o un proyecto político no funcionan exactamente igual que un barco. Por eso a veces los primeros en abandonar, dejar de marcar el paso o simplemente expresar incomodidad, son mejores que los que se quedan.
No es una ley de hierro ni una ciencia exacta, porque ya se sabe —aunque se tienda a olvidar...— que la política da de comer a mucha gente que no quiere ni acordarse de lo que es ganarse el pan de otra manera. O simplemente ganárselo.
La primera pista de un hundimiento, entonces, sería qué hacen los que se dedican a la política, pero tienen una posición de altos funcionarios —de la Administración de Justicia, por ejemplo— que les garantiza sobrevivir con dignidad a cualquier debacle. Digamos que una derivada inesperada del "quien pueda, que haga" se manifiesta así. Quien puede, salta en marcha del tren antes de descarrilar. Que no es exactamente lo mismo que abrirse de piernas estrambóticamente para catapultarse de un tren a otro, para seguir viviendo de la política a cualquier precio. Y con cualquier sigla. Pero sin parar.
Mucha tinta ha corrido estos días sobre el caso de Margarita Robles. Para unos, la única ministra decente de un gabinete infernal. Para otros, la "pájara". Una "pájara" que ya estuvo en el punto de unas cuantas mirillas telescópicas cuando, siendo secretaria de Estado con Belloch, encabezó la investigación del caso GAL. Algo que muchos socialistas con más carné que sentido crítico no le han perdonado jamás.
Que a Robles le van las emociones fuertes lo demuestra la estrecha amistad que mantuvo con Pasqual Maragall, y cómo le apoyó política y hasta jurídicamente cuando este se pegó —nos pegó un poco a todos— el tiro en el pie de la reforma del Estatuto. Y luego que fuera una de las pocas, poquísimas personalidades socialistas de un cierto nivel, de una cierta enjundia, que creyó en el sanchismo. Cuando el sanchismo podía parecer otra cosa. Sobre todo, si pasabas por alto que, precisamente con excepciones como esta, Pedro Sánchez construye su imperio un poco a la Pablo Escobar, tirando no precisamente de lo mejor de cada casa, para arrebatar el poder a los suyos de toda la vida.
Desde una percepción vaticanista de la política, que Margarita Robles diga negro sobre Ceuta lo que su colega Marlaska dijo blanco podría ser hasta una jugada de habilidad, un discurso atrapalotodo. Solo que la realidad siempre es más cruda. Estaba y está en juego el buen nombre del CNI, que, con todas sus insuficiencias y todos sus defectos, no merece cargar con el peso de malas decisiones políticas despreciando la inteligencia disponible. Otro día si quieren hablamos de eso en detalle, de cómo se relacionan los Gobiernos poco inteligentes con sus servicios de inteligencia. Y al revés.
A Robles no ha faltado quien la acuse de querer propiciar su propio cese, con ánimo de favorecer sus aspiraciones a volver a la carrera judicial en el momento oportuno. Con lo fácil que es dimitir, oigan. No, yo creo que va por otro lado. Creo que cuando se alcanza cierta edad, ciertos galones y cierta densidad biográfica y política, una se gana el derecho de decir lo que piensa, y al cuerno con las consecuencias. Total.