La Roja y los rojos
El drama de nuestro tiempo es que en la izquierda ha anidado la superstición de que España fue una disposición dictada por Franco en Burgos.
Cada vez que este país gana algo, la identificación emocional con la nación española sale del armario durante setenta y dos horas exactas, el periodo de bula simbólica durante el cual hasta el muy mesetario vocero de Podemos, ese de la melena envidiable, se enfunda la camiseta del equipo para oficiar en las charcas de la telebasura. Pero, acto seguido, la desvergüenza identitaria de los españoles vuelve a esconderse hasta la siguiente hazaña deportiva. El español es un nacionalismo que se niega a sí mismo, un nacionalismo de pellizco de monja.
Hoy, con España proclamada campeona, toca de nuevo el ritual: banderas en los balcones, bocinazos impunes y algún ministro posando de rojigualdo con el calculado oportunismo estratégico del anticlerical que se santigua en los funerales. Al tiempo, mientras el resto celebra, en el País Vasco, Navarra y alguna Cataluña, la agreste, arden banderas. Es el reverso de la misma moneda. Porque si la identificación emocional con la nación necesita un Mundial para asomar la cabeza, el nacionalismo antiespañol no requiere de ninguna pelota de campeonato para exhibir con desparpajo el pelo endogámico de la dehesa.
Uno es intermitente y vergonzante; el otro, perenne y seguro de su devoción de campanario. Uno pide perdón por no pedir suficientes veces perdón; el otro se considera generoso por no reclamar un canon y concedernos compartir el aire que todos respiramos. En fin, qué le vamos a hacer, los rojos de ahora, a diferencia de los rojos de antes –los de verdad–, siguen mirando con recelo y alarma tensa cualquier expresión cívica de patriotismo; como si el patriotismo fuera propiedad privativa del fascio redentor y de la caspa reaccionaria. Han olvidado que han olvidado que igual de españoles fueron Franco y la Pasionaria, Primo de Rivera y Durruti, José María Pemán y Miguel Hernández. Ese es el drama de nuestro tiempo histórico, que en el subconsciente de la izquierda haya anidado la superstición lerda de que España fue una disposición administrativa dictada por Franco en Burgos, que los Reyes Católicos eran de Vox; y Felipe II, del PP.
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