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Sánchez y el PIB del Tío Tom

El presidente del Gobierno reproduce el modelo económico extractivo que renuncia a la verdadera acumulación capitalista.

El presidente del Gobierno reproduce el modelo económico extractivo que renuncia a la verdadera acumulación capitalista.
Pedro Sánchez sentado en su escaño junto al vicepresidente Carlos Cuerpo. | Cordon Press

Hay algo enternecedor en escuchar a Pedro Sánchez presumir ante los micrófonos de la Cadena SER de que España crece el cuádruple que la media de la Unión Europea. Con esa fe tan naif en las trampas conceptuales de la estadística que caracteriza a los malos economistas, el presidente nos anuncia por enésima vez que el país va como un tiro gracias a la inmigración no cualificada. La falacia es tan vieja como el algodón sureño o como las plantaciones de azúcar de la antigua colonia francesa de Saint-Domingue —la actual Haití— antes de que la pólvora de los cañones arrasara los cimientos de aquellos dos mundos.

Acaso nuestro presidente no haya pensado demasiado en ello, pero, en los estados esclavistas de Norteamérica y en las ricas Antillas francesas, el producto interior bruto y las exportaciones de materias primas batían récords año tras año. Aquellos dos enclaves eran todo un prodigio de rendimiento contable macroeconómico. Claro que, para sostener semejante festival de PIB, se requería operar con un modelo sociolaboral un poquito duro. Por lo demás, la riqueza crecía en los balances de los negreros, mientras la inversión tecnológica y la productividad por migrante forzoso africano quedaban completamente estancadas. Y pretender que la economía de un país avanza a paso de gigante porque el PIB se inflama mediante la importación de mano de obra tercermundista a precio de saldo es reproducir la cosmovisión de los administradores coloniales decimonónicos.

Pero ellos, al menos, sabían perfectamente lo que hacían: priorizar el volumen bruto de extracción a corto plazo por encima de cualquier consideración sobre el desarrollo real de la comunidad en la que operaban. El presidente debería prestar atención a cómo trató después el destino histórico a aquellos fabricantes de crecimientos económicos prodigiosos generados merced al empleo intensivo de pobres desgraciados. Y es que nunca más volvieron a levantar cabeza. He ahí el precio colectivo a pagar cuando se renuncia a la verdadera acumulación capitalista, la basada en la innovación y el incremento constante de la eficiencia, para sustituirla por la mediocridad empoderada merced a los sueldos míseros.

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