Homenaje a una cajera
Si estamos por la multiculturalidad, estemos en serio, es decir, aportando lo mejor de nosotros sin miedo a incomodar.
Mi casa de Madrid está cerca del barrio de Lavapiés. Voy mucho al gran supermercado que está abierto 24 horas en la plaza del mismo nombre. Hoy, mientras iba pasando toda la compra en la caja, he notado que la mirada de la cajera saltaba dos o tres puestos después de mí en la fila y fruncía el ceño. Siguiendo el dron de sus ojos he visto a dos mujeres vestidas a la paquistaní. Una de ellas iba con un niño de unos cuatro o cinco años que andaba completamente descalzo. Dentro del supermercado. En Lavapiés.
"Mira que llevar al niño así…", ha refunfuñado en voz baja la cajera, mientras ambas intercambiábamos la imaginable cara de circunstancias. Yo pensé que la cosa quedaría ahí porque, claro, ¿quién se arriesga a meterse en líos? ¿Y menos una cajera de supermercado que acto seguido tendrá que cobrarles a esas personas? En el momento yo tenía otras cosas en la cabeza y pocas ganas de darle vueltas a esta. Hasta que, para mi asombro, según la mujer con su niño descalzo se ha ido acercando a la caja, la cajera no se ha podido contener. Muy educada y muy correcta, pero también muy firme, le ha dicho a la madre: "No puede llevar al niño así, es peligroso". Yo he aguantado instintivamente el aliento. A la de una, a la de dos, a la de tres. La mujer extranjera ha reaccionado con tranquilidad y le ha quitado hierro al asunto argumentando que su hijo "no se quiere poner los zapatos". La cajera ha respirado hondo, ha hecho nuevo acopio de educación, de corrección y de firmeza, y con exquisito aplomo le ha dicho: "Mire, es que esto está muy sucio y además si el niño anda así por la calle se puede clavar en el pie cualquier cosa".
Por suerte, supongo, otra caja quedó libre antes de acabar de pagar yo, y estas personas avanzaron. Entonces fui yo quien impresionada bajé la voz para decirle a la cajera: "Ha estado usted muy bien, ha sido muy valiente… yo ya tenía miedo de tenerla que defender a usted si la cosa se ponía fea". Esa mujer me ha sonreído y su sonrisa es una de las cosas que más y mejor ha iluminado mi día hoy.
Según salía vi que la señora vestida a la paquistaní llevaba a su niño descalzo en brazos. Es decir, que la cajera no sólo hizo bien en no callarse pensando en la dignidad de ciertos valores que nos gusta pensar que tenemos por aquí. También ayudó a una madre a reflexionar sobre si lo que estaba haciendo —o permitiendo— era lo mejor para su hijo, más allá de barreras, de prejuicios o de miedo al qué dirán. Moraleja: si estamos por la multiculturalidad, estemos en serio, es decir, aportando lo mejor de nosotros sin miedo a incomodar… ni a mejorar, si es eso lo que nos pide el cuerpo y lo que nos sale al paso.
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