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¡A las urnas!

La gran coalición no es una solución, ni para el Partido Popular ni para la nación.

Rafael L. Bardají y Óscar Elía
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¡A las urnas!
Urna electoral | EP

Lo que diferencia al neoconservadurismo de otras opciones llamadas "de derecha" son ante todo tres cosas: en primer lugar, creemos en la política, en la necesidad de gobiernos fuertes con liderazgos fuertes al servicio de lo correcto; en segundo lugar, creemos en la fuerza de las buenas ideas, en la capacidad para hacer el bien y combatir el mal, en la necesidad de defender la libertad y combatir el despotismo en cualquiera de sus variantes. Las ideas como base y sustento de la política. Y en tercer lugar, los neoconservadores tenemos confianza en la gente corriente, en su capacidad para discernir y elegir lo correcto cuando se le presenta de manera clara y rotunda.

Por eso no entendemos el juego de filibusterismo institucional que se ha apoderado de la política española tras los resultados del 20-D. Para nosotros, la cuestión está bastante clara: el auge del bolivarianismo en la sociedad española, de la mano de Podemos, constituye una amenaza directa a las libertades y los derechos básicos de los españoles; el PSOE de Zapatero, prolongado por Sánchez, corroído y preso de sus propias contradicciones y debilidades, es ya incapaz de frenar un peligro que lo parasita desde dentro. Creemos que, dadas esta circunstancias, debiera ser el PP quien aglutinara esfuerzos para frenar esta creciente ola populista y demagógica.

Precisamente por todo esto, creemos que la gran coalición no es una solución, ni para el Partido Popular ni para la nación. A corto plazo, puede parecer que proporciona estabilidad. No será así a medio o largo plazo: creemos que a parte de la derecha le traicionan la ansiedad y el miedo a lo desconocido. A nada que se reflexione se llegará a la inevitable conclusión de que con la Grosse Koalition Rajoy será rehén permanente de un PSOE que irá a este gran pacto forzado, a regañadientes, y deseoso de inclinarse hacia Podemos en cuanto el pacto con dicha fuerza no le sea tan desfavorable. Se quiera o no, el PSOE no quiere un pacto con el PP, y si al final lo acepta será de manera provisional, temporal y con el objetivo de acabar con él tan pronto como le sea posible. La figura de Patxi López –inexplicable presidente del Congreso– debiera recordar al PP qué es lo que hacen los socialistas con los pactos que firman con los populares: romperlos y cambiar de bando.

Por otro lado, una coalición así será el golpe de gracia para la derecha española y para el proyecto político, si no de Rajoy y de su equipo, sí del Partido Popular. El PP sale de una legislatura de renuncia explícita a políticas liberal-conservadoras con mayoría absoluta: ¿qué cabe esperar de otros dos años de gobierno cuyo único objetivo sea contentar a los socialistas para evitar su deserción? Para mantener al PSOE en ella, el Partido Popular se verá obligado a ceder y consentir una y otra vez: en política de defensa, en exteriores, en educación, en reforma institucional, en política económica, en reforma institucional: bastante se ha cedido en esta legislatura so pretexto de la estabilidad económica. A la tecnocracia monclovita parece no importarle, pero una gran coalición significará la renuncia total y absoluta a políticas liberal-conservadoras, y una suicida adscripción de los populares a políticas socialdemócratas. Nosotros creemos que el daño causado al Partido Popular por un pacto inestable y sujeto al capricho socialista será enorme.

Por eso, aunque la Grosse Koalition pueda parecer una solución para los tecnócratas, los ansiosos y los acomplejados, no lo es ni para España ni para el PP. En verdad, la Grosse Koalition será una Fatty Coalition: fofa, débil, baja de forma y con limitadas esperanzas de vida.

Lejos de disolverse en este pacto gelatinoso, creemos que el PP necesita un fortalecimiento ideológico, y lo necesita en cualquier coyuntura. Por eso tampoco nos parece solución que, en caso de que los socialistas formen gobierno con Podemos, el actual equipo dirigente pueda encabezar o dirigir un proceso de transición y renovación desde la oposición. De la misma manera que hemos venido defendiendo que un PP en el poder necesita ideas fuertes y líderes que se las crean, un PP en la oposición necesita también ideas claras y un liderazgo creíble. Ambas cosas son totalmente incompatibles con la actual dirección del Partido Popular, que, tras arrastrar al partido durante cuatro años en defensa de sus decisiones de gobierno, ha acabado por dejarlo exhausto, acobardado y acomplejado. Un liderazgo así no puede nacer nada políticamente sano para el futuro. Es necesario el abandono de Rajoy y toda su corte monclovita y genovesa, y cuanto antes. En una posible oposición, el PP no puede permitirse un largo e interminable proceso de renovación. El PP de Mariano Rajoy se ha desarmado él solito por su propia carencia de valores e ideas, ha desaprovechado el amplio respaldo popular en estos cuatro años de gobierno y no será capaz de regenerarse, desde el gobierno o la oposición, si sigue en manos de sus actuales dirigentes.

Que sólo Pablo Iglesias no tema a las elecciones es sintomático de la parálisis de PP y PSOE, y de su renuncia a hablar de política a los ciudadanos. Durante la campaña electoral del 20-D, el PP evitó contar a los españoles que nos encontramos ante un dilema histórico: seguir con un régimen democrático o ir a una dictadura popular, ser europeos o bolivarianos. No es la recuperación ni la mejora económica lo que está en juego, como Rajoy repite una y otra vez: es el futuro de las libertades y los derechos básicos en España. Lo que dependerá del próximo gobierno. Por eso creemos que una decisión así no corresponde tomarla a Rajoy, Rivera, Iglesias o Sánchez en rondas de contactos postelectorales: deben ser los españoles los que decidan si quieren ser como Francia y Alemania o como Venezuela y Bolivia. En las elecciones del 20-D se ocultó a gran parte del electorado el verdadero sentido de los comicios: es hora de que conozcan sobre qué van a votar. Creemos que los españoles esta vez elegirán lo correcto.

Claro que para este escenario, de confrontación con el izquierdismo populista y de choque de ideas, Rajoy y su equipo de Moncloa constituyen un lastre y una garantía de fracaso, para el PP y para la nación. Desde 2008, han emasculado políticamente al partido, convirtiéndolo en una fofa y discutible máquina de gestión económica, sin ideas ni pulso político alguno. Hoy a la ola populista que encabeza Podemos y parasita a parte del PSOE, a duras penas los populares pueden balbucear unas cuantas justificaciones banales, un discurso del miedo acomplejado y unas cuantas cifras macroeconómicas que sus votantes ni entienden, ni sienten, ni valoran. En el peor escenario posible, con los tentáculos chavistas, iraníes y putinescos extendiéndose por España, la derecha se encuentra desarmada de ideas.

Sin embargo, pese a la descapitalización que ha sufrido el PP desde el Congreso de Valencia, el partido sigue teniendo valiosos activos políticos, intelectuales y morales. Es hora de darles salida antes de que sea tarde y de impedir que la actual dirección del partido, huyendo hacia adelante, acabe definitivamente con ellos. Urge actuar cuanto antes.

Para aglutinar estas energías y encauzar a unos cargos, militantes, simpatizantes y votantes hoy desorganizados y desmoralizados, el mejor instrumento son unas primarias libres y abiertas. Éstas constituyen el único camino para volver a colocar al Partido Popular en el lugar que tuvo con Aznar; para que vuelva a ser el pivote ideológico del centro-derecha español, capaz de galvanizar proyectos e ideas para hacer frente a la ola populista en el interior y a los desafíos exteriores, que no son pocos. Se nos achacará que no hay tiempo para eso, que un proceso así no se hace de la noche a la mañana: no lo hay si el PP sigue aferrado a viejas prácticas burocráticas que perpetúan su parálisis y lo alejan de sus votantes y simpatizantes. Pero de aquí a la primavera hay tiempo para que ideas, proyectos y líderes se elijan en unas primarias abiertas y se pongan en marcha. No sólo creemos que hay tiempo: creemos que no hay otra opción.

Los neoconservadores no tenemos miedo a las elecciones. Creemos que, ante alternativas claras, los electores eligen lo correcto. Por todo ello, creemos que hay que ir a las urnas, que hay que ir con un Partido Popular unido bajo unas ideas fuertes y un liderazgo nuevo. La opción de una gran coalición con el PSOE sólo puede significar que el socialismo gobernará España con un PP mortecino cómplice del mismo. Como si gobernara Sánchez con el apoyo de Podemos España bailaría bajo la batuta de Pablo Iglesias, sólo el retorno de las urnas puede salvarnos de tan pésimas alternativas.

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