El aniversario de la Constitución de 1978 en el Congreso de los Diputados no solo ha sido únicamente un acto institucional; se ha convertido en el escenario de una coreografía de tensión. El foco ha estado en los discursos, pero también en la fila de autoridades donde se ha producido el momento más esperado: el saludo entre Pedro Sánchez y Felipe González.
El encuentro fue, como cabía esperar tras los recientes acontecimientos, de una gélida brevedad. Siguiendo la estela de los Reyes, Sánchez recorrió la fila de invitados estrechando manos hasta llegar a la del expresidente. Lo que los espectadores pudieron ver fue un gesto seco, un intercambio de manos de apenas un segundo y una leve inclinación de cabeza antes de que el actual líder del Ejecutivo pasara a saludar a Miguel Herrero de Miñón. La frialdad no fue casual, sino la consecuencia lógica de una semana de "artillería pesada" dialéctica.
Este distanciamiento físico es el reflejo del abismo político que los separa. Solo una semana antes, en el Ateneo de Madrid, Felipe González no escatimó en descalificaciones hacia la deriva de su partido. El histórico dirigente socialista no solo criticó los pactos con Bildu —asegurando que se siente más lejos de ellos que de Vox—, sino que lanzó dardos directos a la línea de flotación de Sánchez.
González calificó la falta de Presupuestos como una "violación constitucional" y fue demoledor al responder sobre su posible salida del PSOE: "Que lo deje el que lo destroza", sentenció. Además, el expresidente ironizó con los halagos del ministro Óscar Puente hacia Sánchez, advirtiendo que, para que exista un "puto amo", debe haber "putos siervos".
La respuesta del sanchismo no se hizo esperar en los días previos a este frío saludo. Desde el Gobierno, voces como las del ministro Ángel Víctor Torres llegaron a sugerir que González, tras anunciar que votará en blanco, debería plantearse su continuidad en las filas del partido si tan lejos se siente de sus siglas actuales. En el Congreso, los dos líderes se vieron obligados a cumplir con la etiqueta, pero el gesto captado por las cámaras confirmó que la fractura en el socialismo ya no es solo ideológica, sino personal. Un saludo de compromiso para una relación que, a día de hoy, parece irreconciliable.

