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Lorenzo Bernaldo de Quirós

El bambi de oro

El redentor de los oprimidos era el que llevaba las cuentas de los opresores. Una ONG unipersonal donde las lágrimas de los desfavorecidos cotizaban en bolsa.

EFE

Con una mezcla de náusea crónica y regocijo plebeyo, España asiste al derrumbe patético del mayor trampantojo de su democracia reciente. La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero —bajo sospechas que, de confirmarse, configurarían una orquesta criminal completa: organización delictiva, blanqueo, tráfico de influencias y falsedad documental— no es un mero trámite judicial. Es el epitafio en neón parpadeante de una impostura que llevaba veinte años macerándose bajo una sonrisa seráfico-liofílica y unas cejas de tebeo infantil convertidas en símbolo de una falsa redención.

Durante dos décadas, las sacristías del progresismo patrio nos vendieron a este hombre como un alma cándida, un San Francisco de Asís laico, un místico del buenismo cuya única debilidad era amar demasiado a la Humanidad. Nos contaron que la codicia le producía sarpullido y que su corazón solo latía por la paz mundial. ¡Qué tierno! ¡Qué fábula tan conmovedora! Y los burgueses temían al jacobino romántico, al Robespierre de León dispuesto a guillotinar el sentido común por una utopía igualitaria. Y resultó que no. Todo era mucho más bajo, más sórdido, más prosaico. Detrás de la pose de pacifista de gominola no latía un idealista despistado, sino se incubaba un gestor de patrimonios con prisa y olfato de comisionista de aeropuerto.

El redentor de los oprimidos era, presuntamente, el que les llevaba las cuentas a los opresores. Una ONG unipersonal donde las lágrimas de los desfavorecidos cotizaban en bolsa y los dividendos se cobraban en Caracas con factura en mano. Si las pruebas judiciales se sostienen, el tierno Bambi se habría transmutado en un Bambi de oro macizo, con reflejos de crudo venezolano y quilates de dudosa procedencia.

La Justicia hablará, pero Quevedo describiría al actual ZP con saña barroca: un vacío con corbata, un dómine Cabra geopolítico, flaco de escrúpulos y obscenamente gordo de ambición subterránea. Valle-Inclán no habría necesitado deformar ni un ápice: le bastaba con sentarlo ante los espejos del callejón del Gato para que la Alianza de Civilizaciones mostrara su verdadera cara: un prostíbulo diplomático de cartón piedra donde se blanqueaba a tiranos de pacotilla mientras el expresidente volaba en aviones de Pdvsa.

El auténtico talento, el superpoder de don José Luis fue el de corromper el lenguaje hasta volverlo irreconocible. En su diccionario particular, "paz" significaba rendición remunerada; "diálogo", sumisión bien pagada; "memoria histórica", rencor con rentabilidad; y "asesoría internacional", la mordida hispánica con nombre en inglés y sello de Bruselas. En esa farsa, el antiguo pacificador se transmutó en el Shylock de la geopolítica: un El mercader de Venecia caribeño obsesionado con cobrar su libra de carne institucional. Su famosa vacuidad no era un defecto de fábrica. Era su arma letal. Un hombre con principios tropieza. Un hombre completamente hueco flota con la ligereza de un globo de helio entre los salones de Bruselas y los búnkeres de Caracas, siempre con la mano extendida y esa sonrisa bobalicona del que sabe que la cuenta —y la propina— siempre corre a cargo del tirano de turno.

Hoy, mientras los agentes de la UDEF registran su despacho bajo el paraguas —cada vez más transparente— de la presunción de inocencia que él tanto pisoteó cuando le convenía, el gran pacifista pasa a la historia como el primer expresidente imputado por presunta corrupción en la democracia española. El adalid de los derechos humanos, pastoreando presuntamente las cloacas del chavismo. El defensor de la calidad democrática, reconvertido en fontanero de rescates millonarios a aerolíneas que olían a favor cruzado desde la primera fila. Y esto, casi con certeza, solo es la punta visible de un iceberg podrido.

La izquierda caviar siempre ha sentido una debilidad fetichista y erótica por los tiranos de izquierda: romanticismo de salón desde áticos con portero. Zapatero, más pragmático y menos romántico, convirtió esa patología en un floreciente modelo de negocio. Ya no era indulgencia ideológica. Era corretaje de legitimidad a precio de mercado. Un buhonero de diplomacia paralela que corría presuroso allá donde un dictador necesitara un rostro occidental perfumado que le diera barniz democrático… a cambio de la correspondiente comisión, claro.

El desenlace tiene la lógica implacable y miserable de las tragedias baratas: quien pasa décadas jugando a los dados con la decencia y las instituciones acaba, tarde o temprano, citado en la Audiencia Nacional. Se desvanece el mito del pacificador ecuménico y queda al descubierto el mercachifle internacional de alquiler. Ver al sanchismo, que hasta ayer lo paseaba en procesión como reliquia del progreso, rasgándose ahora las vestiduras y exigiendo "respeto a las instituciones" mientras la policía judicial desvalija el despacho del exjefe, es un número de comedia negra tan grosero y burdo que hasta Berlanga habría dicho: "Esto ya es demasiado, corten".

Detrás del jacobino de pacotilla no había un revolucionario. Había, según todos los indicios, un engranaje perfectamente engrasado para el lucro propio. Y ahora, por fin, el espejo cóncavo de la Justicia le devuelve la imagen real y desnuda: un farsante de medio pelo que nos hizo creer que venía a traernos la utopía cuando, en realidad, solo venía a fundir, a precio de saldo, su propio e impúdico Bambi de oro.

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