
España ya no es un país en el sentido cabal del término; es un esperpento prolongado, un spin-off de ínfima categoría de Torrente filmado con los restos de una resaca perpetua de gin-tonic de garrafón y un casting extraído directamente de las comisarías y los juzgados de guardia. Si los antiguos capos de la Camorra o la 'Ndrangheta levantaran la cabeza desde sus tumbas, se llevarían una Beretta a la sien y pondrían fin a su existencia por mera repugnancia estética. Toda aquella pompa meridional de trajes a medida, ritos de sangre y omertà casi sacra se ha disuelto como azúcar en anís al contacto con nuestra picaresca nacional: un palillo en la comisura, una pulserita de oro sobre la muñeca sudorosa y una bolsa de deporte repleta de billetes de cincuenta que exhala un hedor inconfundible a fariña, sobaco y lomo embuchado.
Aquí la omertà no resiste ni al segundo carajillo. La corrupción se sirve tibia, entre risotadas y confidencias mientras los socios se limpian los restos de alioli con la manga. Santiago Segura podría haber ahorrado fortunas en figurantes: le bastaba con sintonizar cualquier informativo. Los que administran el cotarro conforman una galería de obesos malsanos de cuello acartonado por la grasa rancia, calvos que combaten la derrota capilar con gomina industrial y trajes que les aprietan la próspera barriga mientras les cuelgan lastimosamente de los hombros. Son el conseguidor de aliento avinagrado que vendía mascarillas defectuosas a precio de oro, el escolta semianalfabeto capaz de alumbrar una sociedad pantalla en un locutorio y el cargo público que adjudica contratos millonarios sobre una servilleta pringosa, lamiéndose luego los dedos con delectación.
La galería de los intocables
Los engendros de Tod Browning abrazaban su monstruosidad con cierta dignidad trágica. Los nuestros solo inspiran un asco profundo y purificador. Dan ganas de aplicarles la manguera a presión con Zotal o meterlos a todos directamente en un camión de la basura para desinfectar de una vez este solar ibérico. Se creen Capone o Luciano con el mismo garbo chabacano con el que un macarra de polígono sacaba su Seat León tuneado. La mafia italiana, con toda su parafernalia de satélites financieros y códigos encriptados, resulta aristocrática al lado de estos especímenes.
Nuestros pícaros patrio-progre lo resuelven con un WhatsApp a las tres de la madrugada: "Paco, lo tuyo ya está en el maletero del Q7. Ahora ciérrame lo de la contrata y el viernes nos vemos en el club, que bajan mercancía fresca de Bucarest". La famiglia de esta tragicomedia no viste Armani ni se oculta en un búnker calabrés. Lleva chaleco acolchado sobre camisa de rayas a punto de estallar por la presión de la grasa, exhala un perfume mixto de solomillo al whisky barato y colonia de supermercado, y despacha los asuntos de Estado masticando jamón fibroso con la boca abierta, salpicando migas y escupiendo sentencias mientras decide, con la majestad de un tabernero, quién prospera, quién se hunde en la miseria y a quién hay que ajustar cuentas. Esta es la combinación perfecta de la política redistributiva y la vendetta.
A su vera desfila el verdadero freak show nacional: el Monstruo de las Comisiones, parásito capaz de cobrar un porcentaje por presentar a dos primos carnales; la Mujer Barbuda de la Moralidad Pública, que por la mañana vierte lágrimas de cocodrilo por los desfavorecidos y por la tarde exige fajos sin marcar en el aparcamiento; los Hermanos Siameses del Urbanismo, unidos por el mismo constructor, el mismo notario, la misma cuenta en Andorra y la misma ausencia absoluta de escrúpulos; el Gran Amigo de la Humanidad lucrándose con dictadores; la Fontanera Prodigiosa con bata de guatiné y rulos; el heredero del Porky de Disney que dirigía el aparato y un sinfín y creciente elenco de monstruos nativos que seguirán apareciendo en escena.
Cuando uno de estos especímenes cae o está en peligro, la piña podrida se cierra con ferocidad animal, no por lealtad —concepto que les resulta tan ajeno como la física cuántica—, sino por el pánico cerval a que el caído, en un acceso de cobardía o para reducir días entre rejas, empiece a vomitar nombres y desmonte el chiringuito entero. Prefieren que se pudra lentamente en una celda antes que arriesgar su tajada. Mientras, sus leguleyos intentan estirar los sumarios o buscar defectos de forma hasta que el delito prescribe por aburrimiento, sea anulado o el denunciante fallezca. Durante esos interregnos, la tropa grita "lawfare".
El público cómplice
Y sin embargo, lo más lamentable de este circo no es la caterva de monstruos. Es su público aún adepto. Ese ciudadano que asiste al espectáculo entre tuit efímero de indignación y palmadita cómplice en la barra, murmurando con resignada vileza las letanías eternas: "roban pero hacen", "al menos este es de los nuestros". Hemos rebajado el crimen organizado a la categoría de astracanada zafia, sin honor, sin épica, sin inteligencia y sin la menor grandeza. Solo queda un solar gestionado por tipos salidos de una timba clandestina en trastienda mugrienta.
Torrente lleva las luces de sirena encendidas, la Camorra cobra el recargo de las copas de garrafón y, como siempre, la factura de esta fiesta grotesca nos la dejan, con impecable puntería, sobre la mesa de los mismos de siempre: los que pagamos, los que callamos y los que, por una mezcla letal de estupidez y masoquismo, seguimos alimentando la farsa.
