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El duelo socialista

La imputación de Zapatero ha provocado en la izquierda una catarsis emocional ante la laminación del que era su gran referente moral.

La imputación de Zapatero ha provocado en la izquierda una catarsis emocional ante la laminación del que era su gran referente moral.
RTVE

El duelo, según coinciden la mayor parte de los psicólogos y psiquiatras, se compone de cuatro fases: la negación, la ira, la depresión y la aceptación. Es el camino normal que recorre cualquier persona cuando se ve obligada a asumir una pérdida dolorosa. En este sentido, esto es exactamente lo que le está ocurriendo en estos días a nuestro socialismo patrio con la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero: no están procesando una noticia judicial, sino una pérdida sentimental.

Porque Zapatero no es un cualquiera, sino el tótem espiritual de la izquierda española. Se trata de un hombre que durante años fue presentado como una suerte de santo laico de la democracia, un alma pura que recorría el mundo repartiendo sonrisas, alianzas de civilizaciones y consejos geopolíticos mientras los demás, pobres mortales contaminados por la reality, nos empeñábamos en sospechar que tanto viaje, tanto contacto y tanta mediación no eran exactamente una ONG de ternura. Por eso su imputación no ha provocado una respuesta política normal, sino una crisis emocional colectiva.

La primera fue, naturalmente, la negación. Y ahí apareció Mercedes Milá en La Revuelta, convertida en una especie de madre superiora del zapaterismo acérrimo, para explicarnos que había leído sobre la imputación y no se creía "ni una línea", que lo conocía personalmente, que era "un tipo de primera categoría" y que la Justicia en España era "un desastre". La escena, además, tuvo un punto delicioso cuando le espetó a David Broncano que no se mojara lo suficiente, afeando a su pupilo televisivo no agitar el incensario con la debida y militante devoción.

Después llegó la ira, y ahí Gabriel Rufián ofreció una de esas intervenciones que explican mejor que cualquier tratado la psicología de la izquierda española. Con el auto en la mano, afirmó que "si esto es verdad, es una mierda", y que, si es mentira, es "una mierda aún mayor", para añadir después que mucha gente de izquierdas tenía el corazón roto.

Rufián consiguió atravesar en unos pocos minutos todas las fases. Primero negó que aquello pudiera entenderse sin una motivación política, porque Zapatero era un activo electoral de la izquierda. Después se enfadó, porque si era verdad resultaba insoportable. Luego se deprimió, porque aquello rompía los corazones progresistas. Y, finalmente, amagó con la aceptación, aunque solo hasta el punto exacto en que esto no le obligara a dejar de recordar que la derecha roba más y que Felipe, Aznar y Rajoy se lo merecían mucho más.

La izquierda española tiene una relación curiosísima con la corrupción: cuando afecta al adversario, es una prueba estructural de putrefacción moral, pero cuando afecta a los suyos, es una tragedia íntima, un accidente psicológico, una herida en el alma colectiva que debe ser tratada con empática prudencia y mucha comprensión contextual.

Por otra parte, Sarah Santaolalla no es que atravesase las fases del duelo, sino que salta de una a otra como quien cambia de tertulia. Un día puede decir que el juez Calama no es el juez Peinado –aceptando implícitamente que conviene concederle al asunto la debida seriedad– y al día siguiente puede volver al relato de siempre, según el cual los jueces, los policías y los periodistas estarían dando "un golpe de Estado". Lo de Santaolalla no es duelo, sino un centrifugado emocional en el que pasa de la prudencia a la ira revolucionaria sin ton ni son.

El caso más paradigmático es el de Ignacio Escolar, que resume muy bien la inmensa mayoría de los estados por los que han pasado las gentes progresistas de este país. Primero no se creía absolutamente nada, era lawfare y un bulo de la ultraderecha, pero en cuanto leyó el auto se le cayó el mundo encima y ahora tiene que reconocer, con la boca pequeña, que el tema es grave y que Zapatero tiene que dar muchas explicaciones.

El drama no es que el Gobierno tenga un nuevo imputado –eso ya casi forma parte del paisaje–, sino que esta vez la sospecha no ha caído sobre un fontanero, ni sobre un secretario de organización, ni siquiera sobre un ministro amortizado. Lo definió muy bien Esther Palomera cuando dijo que en el PSOE están desolados porque "no es lo mismo que te engañe un novio a que te engañe el amor de tu vida". Y tenía razón: Ábalos podía ser un novio canalla, Cerdán un matrimonio de conveniencia y Koldo una noche vergonzosa, pero Zapatero era el amor de su vida política. La cuestión es: ¿quién les curará el corazón partío?

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