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¿Qué quiere ser Feijóo de mayor?

El líder de la oposición ha demostrado saber convivir con la discrepancia, pero no con la crítica.

El líder de la oposición ha demostrado saber convivir con la discrepancia, pero no con la crítica.
Europa Press

Durante esta semana, hemos asistido a la polémica provocada por las palabras de Alberto Núñez Feijóo sobre las bajas laborales. El líder del PP calificó el absentismo de "cáncer que no podemos pagar" y cuestionó que algunos convenios garanticen cobrar lo mismo estando de baja que trabajando, lo que ha llevado al Gobierno y a los sindicatos a acusarlo de criminalizar a los trabajadores enfermos.

No obstante, no es ni mucho menos la primera vez que Feijóo se mete en un berenjenal de este tipo. De hecho, el patrón se repite con desesperante frecuencia: dice algo que, en el fondo, muchos de sus votantes comparten, pero lo hace en el momento menos conveniente o con las palabras menos oportunas. A continuación, se desata la tormenta mediática, quienes coincidimos con el fondo salimos a defenderle y, cuando la presión arrecia, acaba matizando, rectificando o directamente desdiciéndose. El resultado es el peor de los posibles, pues termina irritando a sus detractores por lo que dijo y decepcionando a los suyos por no sostenerlo.

Esa falta de firmeza es, probablemente, uno de los principales defectos de su liderazgo. Feijóo parece querer decir determinadas cosas sin asumir del todo las consecuencias de decirlas. Le gustaría ocupar un espacio más valiente y reformista, pero sin pagar el coste que inevitablemente conlleva el defender posiciones incómodas. Y en política no basta con tener razón a medias o durante unas horas, sino que hay que estar dispuesto a sostenerla cuando llega la reacción.

Ahora bien, sería injusto juzgar su liderazgo solo por esa debilidad. Feijóo también ha demostrado dos cualidades de las que se habla poco y que, en una sociedad democrática, resultan fundamentales: la tolerancia hacia la discrepancia y la capacidad para hacer convivir sensibilidades distintas dentro de un mismo partido.

El Partido Popular reúne hoy perfiles muy diferentes. La línea moderada de dirigentes como Juanma Moreno o María Guardiola tiene poco que ver con la posición más contundente de Isabel Díaz Ayuso o Alejandro Fernández. No comparten siempre el mismo tono, las mismas prioridades ni la misma estrategia frente a la izquierda o frente a Vox. Y, sin embargo, todos han encontrado espacio dentro del principal partido de la oposición.

Eso no significa que todas esas sensibilidades me resulten igualmente acertadas. De hecho, cuando Moreno Bonilla o Guardiola se ponen a pepear y a exhibir una alergia casi moral a cualquier acuerdo con Vox, me sacan de quicio. Pero una cosa es discrepar profundamente de una línea política y otra muy distinta pretender que todo un partido deba expresarse con una sola voz y obedecer sin matices a su líder.

Feijóo no ha construido un partido cesarista ni ha convertido al PP en un ejército de cargos públicos cuya única misión sea repetir consignas, aplaudir cada decisión del jefe y señalar como traidor a cualquiera que se desvíe un centímetro. Esa cultura de obediencia absoluta, tan visible en el PSOE de Pedro Sánchez y en el Vox de Santiago Abascal, empobrece a los partidos y termina debilitando a la propia democracia.

Por otra parte, ese tipo de liderazgo acaba trasladándose además a quienes rodean a cada formación. Yo puedo sentirme más cercano a Vox en cuestiones como la inmigración, el modelo territorial o la violencia de género, pero basta con criticar una decisión concreta del partido para que una parte de sus seguidores acuda en tromba con las antorchas listas.

Por eso, del mismo modo que Feijóo debería aprender de la contundencia y la capacidad de resistencia de Abascal, Abascal también tendría mucho que aprender de la tolerancia y la altura democrática que Feijóo ha mostrado al permitir la convivencia de voces muy distintas dentro de su partido. Uno necesita sostener mejor sus convicciones; el otro, aceptar que un partido no se debilita porque dentro de él haya discrepancias, sino cuando nadie se atreve a expresarlas.

Al final, el problema de Feijóo no es que carezca de cualidades, sino que todavía no ha decidido cuáles quiere basar su liderazgo. Tiene la tolerancia necesaria para dirigir un partido plural, pero le falta la firmeza para sostener una idea cuando llegan los golpes. Y quizá esa sea la gran pregunta que sigue sin responder: no qué quiere ser Feijóo de mayor, sino si está dispuesto a pagar el precio de serlo.

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