Puestos a mentir…
Si creyésemos a Marlaska seríamos un aliado ciego para nuestros aliados y un vecino abotargado, perezoso, débil, fácilmente conquistable, para nuestros enemigos.
Partamos de la base de que a mí me parece bien que Margarita Robles o Fernando Grande-Marlaska nos mientan. O, por precisarlo a la manera platónica, digamos que considero que "si hay alguien a quien le sea lícito faltar a la verdad es a los gobernantes de la ciudad, que podrán mentir con respecto a sus enemigos o conciudadanos en beneficio de la comunidad". En cuestiones de seguridad nacional, la verdad es tan preciosa que no está mal que vaya siempre acompañada de una legión de mentiras, que añadiría Churchill. De ahí que yo esté más dispuesto a aceptar, al contrario de lo que nos dice Patxi López, que las dos versiones contradictorias acerca de la información que manejaban nuestros servicios de inteligencia justo antes de la invasión marroquí en Ceuta fueran mentira simultáneamente, y no una doble verdad de Schrödinger.
La cuestión, en cualquier caso, consiste en analizar cuál de las dos mentiras, la de Margarita Robles y la de Fernando Grande-Marlaska, parece mejor encaminada a salvaguardar los intereses de nuestra nación. O, formulado de otra forma, con qué interés nos mienten, cuando tienen que mentirnos, los responsables de las carteras de Interior y Defensa.
Si nos creyésemos la mentira de nuestro ministro del Interior, España no supo anticipar una amenaza directa contra su integridad territorial. La imagen que le lanza Marlaska al mundo es la de que somos un país con herramientas defectuosas, incapaz de vigilar su única frontera candente y, por lo tanto, difícilmente protegible por quienes se ven obligados a arar, desde Moncloa, con semejantes bueyes. En última instancia, si le creyésemos, seríamos un aliado ciego para nuestros aliados y un vecino abotargado, perezoso, débil, fácilmente conquistable, para nuestros enemigos. Una golosina, en fin. Si nos creyésemos la mentira de nuestra ministra de Defensa, por otro lado, diríamos que somos un país que sí detecta las amenazas que se ciernen sobre él pero que, por alguna razón, no consigue combatirlas a tiempo. De ahí, claro, sería fácil que saltásemos a preguntarnos si no será la inoperancia del Gobierno el eslabón que falla en la cadena. Y después nadie podría controlar que terminásemos alcanzando la conclusión de que ha llegado la hora de cambiarlo para regresar, quién sabe, a la tranquilidad.
La mentira de Robles "protege", si es que eso es posible a estas alturas, la imagen de España mientras señala, sin apuntarla con el dedo, a su cúpula de dirigentes. La de Marlaska hace exactamente lo contrario. Y uno, que ya está cansado de exigirle dimisiones al desierto, no puede más que limitarse a pensar qué clase de dirigente mentiroso es el que debe permitirse una sociedad política que quiera seguir siéndolo.
En fin. El debate no debería ser quién está siendo sincero, si Fernando Grande-Marlaska o Margarita Robles, sino por qué íbamos a querer a un gobernante que, ante una amenaza consumada, está dispuesto a decirle al mundo que la verdad es que somos fáciles de conquistar. Por supuesto, si el debate fuese ese no querríamos a Marlaska pero tampoco a Robles, integrante de un Gobierno que no ha sabido protegernos. Quizá por eso el sanchismo prefiera que mantengamos el debate como está.
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