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Pintan bastos para Hezbolá

Ya no es una fuerza de Naciones Unidas, carente de autoridad, la encargada de desarmar a los islamistas. Es el Ejército libanés con Estados Unidos.

Ya no es una fuerza de Naciones Unidas, carente de autoridad, la encargada de desarmar a los islamistas. Es el Ejército libanés con Estados Unidos.
26 de junio de 2026, Beirut: Un simpatizante de Hezbolá llora mientras muestra una fotografía de un familiar que murió luchando contra Israel. | Europa Press

"Imad Mughniyah vino a verme y me dijo que había alguien que quería inmolarse contra los israelíes en una operación de martirio. Me preguntó si yo tenía explosivos. Me reí. Pensé que estaba loco. ¿Es posible que alguien quiera inmolarse? Nadie lo había hecho antes. Así que le dije que no". Finaliza el mes de octubre de 1982 y Bilal Sharara, un comandante libanés de la organización Fatah, rechaza esa inusual petición. Quien la hace es un miembro de Fatah, como él. Va a cumplir 20 años y ya es capaz de manipular el odio y la necesidad para convertir al elegido en un suicida. Un martirio que será bendecido por los clérigos chiitas. "El suicidio no es un valor absoluto. Es una opción que se le ofrece a un pueblo que carece de alternativas, por lo que el acto ya no se considera un suicidio, sino un martirio… Esto forma parte de la lógica de la guerra". Así lo despacha el líder espiritual Muhammad Hussayn Fadlallah, entrevistado en The New Yorker.

El que pronto sería jefe de Inteligencia de Hezbolá llama a otra puerta, y esta sí se abre. Khalil al-Wazir (alias Abu Jihad), el segundo al mando de la organización Fatah tras Yaser Arafat, escucha a Mughniyah y le da lo que necesita. La OLP sale de Líbano y abandona sus arsenales. El 11 de noviembre de 1982, Ahmad Qasir, un chiita de 19 años, estrella el Peugeot blanco cargado de explosivos que conduce contra el cuartel general del ejército israelí en Tiro. En abril de 1983, ya con el apoyo de Irán, revientan la embajada americana en Beirut; en octubre, los cuarteles de los Marines y los paracaidistas franceses. Hezbolá patenta el terrorista suicida.

Verano de 1982. Chiitas de distintas obediencias políticas o religiosas se dan cita en el valle de la Bekka. Entre ellos el clérigo Subhi al-Tufayli, del Partido Islámico Dawa; Hasan Nasrallah, del movimiento Amal; Abd al-Hadi Hamadih, del Partido Comunista Libanés y el citado Imad Mughniyah, de Fatah. Redactan el Manifiesto de los Nueve. En febrero de 1985, el imam Jomeini les insta a crear una organización que nazca del fundamentalismo islámico puro. La llamaron Hezbolá –el Partido de Dios– , inspirados en un versículo del Corán: "Aquellos que aceptan el mandato de Dios, de su profeta y de los creyentes, ¡he aquí que el Partido de Dios son los victoriosos!". Y proclamaron su obediencia: "Nosotros, (…) acatamos las órdenes de un único líder sabio y justo, encarnado actualmente en el ayatolá supremo Ruhollah al-Musavi al-Jomeini". El pasado 26 de junio, los gobiernos de Estados Unidos, Israel y Líbano acordaron iniciar el trabajo para desarmarlos. Para rendir a la organización terrorista que crearon los ayatolas. Un tentáculo de la Guardia Revolucionaria. Resuenan fanfarrias de guerra civil.

La oposición de Hezbolá al acuerdo es radical. Han entendido la amenaza que representa lo que se firmó en Washington. No hay que leer entre líneas. "Las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) restablecerán la autoridad soberana efectiva sobre todo el territorio libanés, a la espera del desarme verificado de los grupos armados no estatales y del desmantelamiento de la infraestructura asociada, lo que permitirá a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) retirarse progresivamente del territorio libanés".

El dirigente de Hezbolá, Hassan Fadlallah, advirtió que el Gobierno libanés no podrá hacerlo cumplir sin llevar al país a una "guerra civil". Y no le falta razón. Una vez que el Gobierno del Líbano restablezca el monopolio del Estado sobre el uso de la fuerza y haya logrado el desarme completo y verificado de todos los grupos armados no estatales, deberá garantizar "que dichos grupos no desempeñen ninguna función militar o de seguridad ni dispongan de capacidad armada en ningún lugar del Líbano". Por su parte, el Gobierno de Israel subraya que el desarme y el desmantelamiento de Hezbolá, además de las medidas de seguridad adicionales que acordarán ambos países, "eliminará cualquier necesidad futura de acción o presencia militar de las FDI en Líbano".

Palabrería, piensan no pocos. Es posible, salvo por un par de líneas en el texto: "Israel y Líbano se comprometen a establecer un grupo de coordinación militar, con el apoyo y la participación de EEUU, para garantizar la aplicación global del presente Marco". Este grupo responde por MCG4L (Military Coordination Group for Lebanon). El embajador israelí, Yechiel Leiter, recalcó que el acuerdo no tiene un calendario fijo, se basa en objetivos cumplidos. El MCG4L certificará si las FAL han desmantelado con éxito la infraestructura de Hezbolá en un punto concreto antes de que las FDI se retiren. Ya no es una fuerza de Naciones Unidas (FINUL), carente de autoridad, la encargada de desarmar a los islamistas. Es el Ejército libanés con la implicación directa de Estados Unidos, que aportan recursos financieros y de inteligencia militar.

Irán había logrado incorporar la situación en el Líbano –protegiendo así a Hezbolá– a sus negociaciones con los USA. El acuerdo tripartito desactiva la maniobra y debilita la influencia de los islamistas. También alivia la presión sobre Israel. Presión del vicepresidente Vance, de los esvásticos americanos y de los progresistas occidentales, desquiciados cada vez que las Fuerzas de Defensa de Israel atacan objetivos terroristas. Es el acuerdo político más importante entre Israel y Líbano en cuatro décadas. Hoy pintan bastos para Hezbolá.

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