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El comunismo aniquila Cuba: inflación desbocada y salarios de 14 dólares

La escasez en el suministro de combustible es la gota que colma el vaso. El modelo comunista sigue destrozando la vida de los cubanos.

La escasez en el suministro de combustible es la gota que colma el vaso. El modelo comunista sigue destrozando la vida de los cubanos.
Pancarta de Cuba con la imagen de los dictadores comunistas. | EFE

Cuba ha entrado en una fase de emergencia permanente. La última señal, y no precisamente menor, es que el régimen de La Habana ha advertido a las aerolíneas internacionales que vuelan a la isla de que ya no puede garantizar el suministro de combustible para la aviación comercial. El aviso ha provocado cancelaciones de vuelos, ajustes operativos y la activación de improvisados planes de repatriación de turistas. Pero lo relevante no es el episodio concreto, sino el cuadro completo que se dibuja detrás: apagones generalizados, parálisis productiva, derrumbe del turismo, desplome monetario y una economía que encadena años de retroceso sin suelo a la vista.

La crisis energética ya no puede calificarse de coyuntural. La propia Unión Eléctrica de Cuba viene reconociendo déficits históricos de generación, con previsiones de apagones que afectan a más de la mitad del país en las horas punta. En jornadas recientes, la demanda máxima ha rondado los 3.100 megavatios frente a una capacidad real de generación que apenas superaba los 1.100. El agujero energético es estructural y se traduce en cortes prolongados de energía, amén de fábricas paradas, comercios cerrados y transporte prácticamente inexistente.

Ante este escenario, el régimen comunista ha activado medidas propias de una economía en estado de excepción. Se ha impuesto la semana laboral de cuatro días en el sector estatal, se ha restringido la venta de combustibles priorizando servicios considerados esenciales, se ha reducido al mínimo el transporte público y se ha recortado la actividad en centros educativos y comerciales para ahorrar energía. En la práctica, la dictadura reconoce así que no puede sostener el funcionamiento normal del país.

El salto cualitativo, sin embargo, se da en el ámbito de la aviación. Que Cuba no pueda suministrar combustible para aviones supone un golpe directo al turismo, que a su vez es de las pocas fuentes relevantes de divisas internacionales que le quedan al régimen. Varias aerolíneas han suspendido ya sus rutas y otras han tenido que introducir escalas técnicas que exigen incómodas paradas de repostaje en destinos intermedios. Air Canada, incluso, anunció la cancelación de sus vuelos a La Habana y activó un plan para la repatriación de miles de turistas. Otras compañías europeas han optado por reducir frecuencias o modificar sus operaciones. El mensaje es devastador.

Todo esto ocurre cuando el turismo ya venía en caída libre. Según datos del régimen que probablemente inflan la realidad, la isla recibió en 2025 alrededor de 1,8 millones de visitantes internacionales, un 18% menos que el año anterior y el peor registro anual desde 2002, si se excluyen los años de la pandemia. Menos turistas significa menos divisas, y menos divisas implican menos capacidad para importar combustible, alimentos, medicamentos o piezas de repuesto. El círculo vicioso se retroalimenta, con el agravante de que toda la política económica del país sigue la nefasta línea de actuación de un modelo comunista.

El régimen admite el colapso

El propio aparato del régimen admite ya el colapso económico. El oficialista Centro de Estudios de la Economía Cubana estima que el PIB se contrajo en torno a un 5% en 2025 y que la producción total acumula una caída superior al 15% desde 2020. No se trata de un bache, ni de un shock externo pasajero, sino de una depresión prolongada. Cuando el Estado reduce la jornada laboral por falta de energía, lo que está haciendo es reconocer que la economía va camino de pararse por completo.

La situación social se entiende mejor observando la moneda. El peso cubano ha llegado a cotizar en torno a los 500 pesos por dólar en el mercado informal, lo que supone un mínimo histórico. Con un tipo de cambio tan devaluado, el salario medio estatal, situado alrededor de los 7.000 pesos mensuales, equivale a apenas 14 dólares. En ese contexto, productos básicos como los huevos pueden costar varios miles de pesos, de tal forma que el salario ha dejado de ser un ingreso y se ha convertido en una ficción administrativa.

La inflación oficial tampoco refleja la realidad cotidiana. Aunque las cifras reconocidas hablan de tasas anuales en torno al 14%, estimaciones independientes sitúan el aumento real del coste de la vida muy por encima, con subidas cercanas al 70% en el precio de los productos básicos. Entre 2021 y 2024, el índice de precios al consumo se habría triplicado según datos oficiales de la ONEI, lo que explica el empobrecimiento acelerado de la población.

A todo esto se suma el problema de la deuda externa. Cuba mantiene impagos con el Club de París por un importe que ronda los 4.600 millones de dólares. Sin acceso a mercados financieros y sin divisas suficientes, el régimen vuelve periódicamente a pedir tiempo y comprensión a sus acreedores. Pero sin apertura ni reformas estructurales, ese tiempo solo sirve para administrar una decadencia cada vez más profunda.

El patrón es claro. Sin energía no hay producción. Sin turismo no hay divisas. Con una moneda hundida, los salarios se evaporan. Y con una economía en recesión permanente, el Estado solo puede recortar actividad y racionar escasez. Lejos de ser una mala racha, lo que vive Cuba es el resultado lógico de un modelo que ha agotado todas sus vías de supervivencia económica. La revolución ya no promete un futuro mejor; apenas logra gestionar un presente cada día más precario.

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