
El Gobierno, ocupado en mantenerse en el banco azul al precio que sea, por un lado, y, por otro, empeñado en construir una sociedad subsidiada, genera un clima contrario a la inversión empresarial, ya sea extranjera o nacional y eso se deja ver con especial intensidad en la industria, segundo sector nacional por su importancia en el PIB.
De esa manera, el Índice de Producción Industrial (IPI) de febrero muestra que vuelve a caer la producción industrial, que denota empeoramiento de expectativas e intensificación en la desaceleración económica.
Así, en España se produce una variación del -1,3%. Si descendemos a la comparación por regiones, nos encontramos con que la tasa anual de la producción industrial aumenta respecto a febrero de 2025 sólo en tres comunidades autónomas y disminuye en las otras catorce. Así, Castilla y León (12,9%), Cantabria (3,7%) y Aragón (1,7%) fueron las que crecieron, mientras los peores resultados se dieron en La Rioja (-11,2%), Asturias (-10,7%) y Extremadura (-9,1%).

Ahora bien, no hay que olvidar que el grueso de competencias en materia económica,
como es lógico que sea, reside en el Gobierno de la nación, y es éste el que, con su política económica basada en el gasto, en el cambio hacia mano de obra de baja cualificación y ramas de actividad de bajo valor añadido, desde la cultura del subsidio, así como de la inseguridad jurídica que siembran muchas de sus actuaciones, quien está provocando este retroceso industrial.
De hecho, la caída es intensa, porque el IPI caía un 2,3% interanual en febrero de 2025 y ahora, desde aquella bajada, vuelve a caer otro 1,3%, que ahonda en la caída y que muestra la debilidad con la que su política económica está impregnando al sector industrial, crucial para el desarrollo sostenible a largo plazo de la economía.

Este mal resultado del año hace que el acumulado del año descienda un 2,2% interanual, que muestra el mal comienzo industrial en 2026. Dicho sector, que es el que requiere de una mayor inversión empresarial, puede estar indicando una anticipación de malas expectativas, por el deterioro de la economía española de forma estructural, a largo plazo, que ahora no se percibe al estar camuflado por la anestesia del gasto público a corto plazo, así como un potencial desplazamiento de actividades industriales a otras latitudes que ofrezcan un ambiente más propicio para el desarrollo empresarial e industrial.
Ese empeoramiento de expectativas se visualiza claramente en el comportamiento de los bienes de consumo duradero, que en febrero de 2026 cayeron un 6,4% interanual. Al ser estos bienes los que requieren de un mayor esfuerzo económico por parte de los consumidores, el hecho que de disminuya su producción indica que las empresas anticipan un empeoramiento de expectativas. Igualmente, el comportamiento de los bienes intermedios, con una caída del 2,9%, también muestran un empeoramiento de las expectativas de su necesidad para fabricar bienes finales, por previsión de futura caída del consumo en el sector.

Es más, en el acumulado del año, la caída del IPI es de un 2,2% interanual, antes
comentado, pero los bienes de consumo duradero caen un 10,3% y los bienes intermedios caen un 4,4%, que muestra la gravedad del empeoramiento de expectativas en lo que va de año.

Sánchez, sin embargo, intensifica el intervencionismo nocivo de su política económica, de manera que nada hace para aliviar trabas, remover obstáculos, dotar a las inversiones de seguridad jurídica, generar certidumbre y atraer inversiones, sino todo lo contrario.
Es más, con su política intervencionista y con su intento por conceder lo que sea necesario a los independentistas con tal de seguir siendo presidente del Gobierno, está empujando a la economía española hacia la irrelevancia, por mucho que trate de presumir de datos macro anestesiados por el gasto público, eso sí, a costa de una enorme losa de deuda pública y de unos gigantescos desequilibrios estructurales que empeoran las expectativas y están provocando que dejemos de ser una economía dinámica por sí misma para ser una economía subsidiada, de corto recorrido e irrelevante.
Tememos una economía frágil, endeudada, subsidiada y cada vez menos productiva, con un empleo precario, que expulsa a los más válidos y que apuesta por mano de obra de baja cualificación. Es la economía del subsidio, que empobrece a la sociedad española.

