
Mohamed tiene 61 años y lleva casi 30 en España. Es fontanero especializado en PVC. Nació en el norte de Marruecos, cerca de Tetuán, pero no suele ir mucho. "Luego hay que hacer los papeles, porque vivo de una ayuda", me confiesa en una conversación informal. "Cuando sales del país, tienes que avisar, porque te suspenden la ayuda durante el tiempo que estás fuera y hay que rellenar mucho papeleo", me explicaba.
Conozco a Mohamed desde hace unos años y puedo decir que es un extraordinario profesional. Pone pasión en su trabajo y es perfeccionista. El cliente manda y él hace suyas todas las inquietudes de aquel que le contrata. Su única condición es que aborda trabajos sueltos, no reformas completas, y además cobra en negro y únicamente su jornal.
En más de una ocasión le pregunté cómo, siendo tan bueno en su trabajo, y conociendo a tantos otros profesionales que solucionan problemas relativos a otras disciplinas como forjados, alicatados, etc., no ha montado su propia cuadrilla desde que está en España. Además, hablamos de un sector donde el número de profesionales ha descendido de manera drástica, como han denunciado en varias ocasiones ya los promotores inmobiliarios. Y, por lo tanto, hay demanda y mucha, sobre todo, de buenos profesionales de los que te puedas fiar.
Pues bien. Mohamed lo tiene claro: "Es que, si no, pierdo el subsidio y, además, me dieron una casa gratis, aunque tengo de vecinos a unas familias de gitanos y, a veces, no es fácil convivir con ellos". No insistí más.
Mohamed, para más señas, tiene cinco hijos, aunque en su mayoría ya están independizados. Pero durante años tuvo que sacarlos adelante. Lamentablemente, sobrevive con un subsidio; desconozco si la Renta Mínima de Inserción o el Ingreso Mínimo Vital, o ambos.
Lo que Mohamed representa es sencillamente el brutal desincentivo que ofrecen estas paguitas a la generación de actividad y riqueza. Las habilidades de Mohamed le convierten en un firme candidato a haber mejorado de una manera extraordinaria su vida. Podría disfrutar de unos ingresos recurrentes no menores -piensen, si es que conocen, cómo viven algunos contratistas de empresas de reformas- y las oportunidades que podría haber dado a sus cinco hijos.
Mohamed es un ejemplo claro de las trampas de pobreza y desincentivos en subsidios y prestaciones que se han estudiado desde diferentes casas de análisis como Fedea, BBVA o el Instituto de Estudios Económicos. El subsidio de Mohamed no desincentiva que siga aceptando trabajillos en negro para hacer "chapuzas" aquí o allá. Lo que desincentiva es que Mohamed pueda tener una empresa que genere ingresos recurrentes y puestos de trabajo para más personas, empujando la productividad y aliviando las cargas a las que tiene que hacer frente el Estado.
Mohamed es una muestra perfecta del fracaso de las políticas del subsidio que no sirve para aquellos incapaces de generar rentas por sí mismos, sino que cronifican el círculo vicioso de la pobreza.
