
El bono francés a diez años podría convertirse este otoño en un protagonista inesperado de nuestra información económica. Eso sí, como tiene un nombre no muy atractivo para los titulares, conoceremos de su fortuna a través del indicador que los periodistas nos hemos dado para que aquello suene más emocionante: la prima de riesgo.
En parte es como si volviéramos a 2008, 2010, 2012… La deuda pública de la Eurozona vuelve a estar de moda. Esta semana, por ejemplo, la noticia es que el bono a 10 años del país galo alcanzaba el 4,253%, su nivel más elevado desde hace 18 años. Y no solo era llamativa esta rentabilidad, sino lo que suponía en relación a sus vecinos: Italia, Grecia, España, Portugal. Todos ellos se financian ahora mismo más barato que Francia (por eso lo de la prima de riesgo, que no deja de ser un indicador relativo: cómo estás respecto a otra referencia). Así, el diferencial entre la deuda pública francesa y la española se situaba en los 40 puntos básicos; y en 88 respecto de la alemana.
¿Por qué se está produciendo este repunte, que lleva ya meses en marcha? Aquí hay muchos factores y cada analista apunta en una dirección. Aunque probablemente casi todas las grandes explicaciones tienen su parte de verdad. Así, es cierto que Francia es el gran país de la Eurozona que tiene unas cuentas públicas menos saneadas: déficit público del 5,1% en 2025 y deuda por encima del 115% del PIB. Y también es verdad que nadie intuye que vaya a haber grandes cambios para intentar atajar este problema. De hecho, cada vez que algún político (un primer ministro, un ministro de Finanzas) ha planteado el más mínimo ajuste, ha salido muy malparado. Si tienes unas cuentas públicas desequilibradas, poco crecimiento y te niegas a hacer cambios en tu presupuesto, es lógico que el mercado asuma que la cosa sólo va a ir a peor. En realidad, más de uno anticipa un escenario todavía más preocupante: segunda vuelta de las presidenciales en 2027 con un duelo Mélenchon – Le Pen que, en lo que tiene que ver con el gasto público, se convertirá en una competición por ver quién hace las promesas más exageradas (Mélenchon directamente juega con la idea de repudiar la deuda). Esto último es muy relevante, porque no debemos olvidar que hablamos de deuda a largo plazo. Y que el obligado a pagar la deuda no es el actual Gobierno francés (que tampoco es que haya dado muestras de una enorme responsabilidad fiscal), sino el Estado galo.
Por supuesto, en la tendencia de los últimos meses también juega un papel relevante la inflación. El mercado de bonos a nivel global está inquieto por muchos motivos: multitud de países ricos muy endeudados, gobiernos (de EEUU a Francia, pasando por Japón) que no muestran signos de querer encauzar los números rojos o esos estados del bienestar que están llevando al límite de sus promesas de gasto. Pero uno de esos motivos es la sensación de que esa enorme montaña de deuda que hemos acumulado se irá deshaciendo no con responsabilidad fiscal, sino vía inflación: España, por ejemplo, no ha hecho ningún ajuste en la última década, pero el ratio deuda pública / PIB no crece por efecto del crecimiento del PIB nominal. Para prestar a alguien a 10-20-30 años (y sí, algunas de las cifras más preocupantes del mercado de deuda en las últimas semanas vienen de los bonos a muy largo plazo) tienes que tener alguna certeza sobre lo que valdrá el dinero que te devolverán llegado el momento. Y hace ya tiempo que esas certezas no existen. Por eso, también, crecen las rentabilidades que los inversores exigen.
Llegados a este punto, desde España, habrá quien mire el tema con cierta distancia. Al fin y al cabo, los titulares se los llevan en esta ocasión nuestros vecinos del norte. Alguno incluso lo esté observando con un punto de satisfacción maliciosa. No deberíamos. Porque esto también nos afecta (y mucho; y para mal) a nosotros. Al menos, por estos cinco motivos:
(1) Porque todo el mercado marcha en la misma dirección. Sí, es cierto que ahora mismo el más castigado es Francia, pero eso no quiere decir que España, Italia, Grecia o Portugal tengan más facilidad para financiarse. Al contrario, a todos nos cuesta más. Que al vecino le vaya un poco peor es un consuelo muy menor ante el mal de muchos.
(2) Porque cuando comience la estampida, nadie hará demasiado caso a los detalles. Ya ocurrió en 2010-2012. Y ahora tenemos un factor extra: el nerviosismo en el mercado de bonos en EEUU (en algunos aspectos, más preocupante todavía que lo que está pasando en Europa). ¿Qué pasaría si nos encontramos ante otra situación como la que ocurrió en la Eurozona entre 2010 y 2012, cuando el mercado prácticamente colapsó? Pues que los países en dificultades se verán arrastrados. Y estar algo mejor o algo peor que el de al lado importará relativamente poco.
(3) Porque nuestros fundamentales son muy similares a los de Francia. Más allá del detalle de los últimos años, en lo importante la posición del Estado español y el francés en relación a su deuda pública es muy similar: déficit estructural, promesas de pago crecientes relacionadas con el envejecimiento de la población, incremento del peso de la partida de los intereses de la deuda en el presupuesto, enorme dificultad política ante cualquier anuncio de recortes o ajustes en el gasto, carga de la deuda por encima del 100% del PIB, baja productividad, poco peso en los sectores pujantes en la nueva economía… Podemos consolarnos pensando que el año pasado nuestro déficit público fue un par de puntos menor que el francés, pero sería una forma particularmente absurda de autoengañarnos.
(4) Porque si Francia (o Alemania) tiene que hacer recortes, todos lo harán. De esta situación sólo hay unas pocas formas de salir: crecimiento que permita pagar la deuda con los nuevos ingresos (no parece que ningún país europeo tenga demasiadas buenas perspectivas en esto); quiebra (como Argentina a comienzos de siglo); recortes y ajustes fiscales; inflación. ¿Cómo lo harán los países europeos? Todo apunta a que intentarán evitar el escenario del default con una mezcla de pequeños ajustes e inflación sostenida. ¿Lo conseguirán? No está claro. Lo que sí es evidente es que Francia o Alemania no admitirán que en la Eurozona haya países que vivan al margen de esos ajustes que a ellos les tocará acometer.
(5) Porque la opción de la flexibilidad por parte del BCE, que es la que buscan los políticos europeos porque es la menos costosa para ellos, la pagaremos los ciudadanos, con una moneda devaluada y más inflación.
