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Aplausos para Otegi y Ternera tras los ataques a Marlaska y Alcaraz

Tras las duras palabras dirigidas a Grande Marlaska y Alcaraz, todo son parabienes para Otegi y Ternera.

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Tras las duras palabras dirigidas a Grande Marlaska y Alcaraz, todo son parabienes para Otegi y Ternera.
Josu Ternera (i) y Arnaldo Otegi en el Parlamento Vasco en una imagen de archivo | EFE

Arnaldo Otegi y Josu Ternera son los hombres clave de la negociación en el otro lado del tablero. Ambos conocen muy bien a Jesús Eguiguren, y no sólo por haber sido compañeros en el Parlamento vasco. Con Otegi se empezó a diseñar desde el año 2000 el proceso de negociación basado en las famosas dos mesas, la de Gobierno y ETA y la de los partidos vascos, incluida la ilegal Batasuna. La primera hablaría de los beneficios a los presos terroristas y la segunda de la territorialidad, eufemismo con el que el nacionalismo se refiere a su afán expansionista para integrar Navarra en ‘la gran Euskal Herria’, que incluye también territorios del sur de Francia. Fue con Josu Ternera, un etarra prófugo de la Justicia, con quien Eguiguren concretó a finales de 2005 -en reuniones secretas en Oslo amparadas por los servicios secretos noruegos- la declaración de alto el fuego de ETA del 22 de marzo de 2006.

Txillarre, el punto de partida

La cosmovisión nacionalista impregna en todo momento el relato del periodista Luis R. Aizpeolea, coautor de ETA. Las claves de la Paz, las confesiones de Eguiguren sobre la negociación con la banda terrorista. Su prosa hilvana los recuerdos y reflexiones del presidente de los socialistas vascos. Así nos cuenta dónde empezó el proceso de negociación con ETA: "...en el mismo corazón del conflicto, entre el valle del Urola y el valle del Deba, donde se vive y se mata (...) El caserío reunía todas las condiciones: discreción, tranquilidad y amistad". Se refiere al pequeño caserío de Txillarre en el que Jesús Eguiguren y Arnaldo Otegi comenzaron a reunirse a finales del año 2000. Ejercía de anfitrión un amigo común simpatizante de Batasuna y agricultor ecológico, Pello Rubio. Eguiguren describe así la idoneidad del sitio elegido: "...siempre nos rodeó el paisaje de nuestra niñez (...) Antiguamente los médicos solían aconsejar el regreso a la tierra de los orígenes como medio de recuperar la salud; éste fue el caso de san Ignacio de Loyola regresando a Azpeitia. Las reuniones las tuvimos en Txillarre, en Aizarna y en Azpeitia, siempre en la misma zona".

Parece claro, por lo leído, que tanto Aizpeolea como Eguiguren asumen la idea del conflicto secular de identidades del que la banda terrorista ETA sería consecuencia. De ahí esa apelación al paisaje, a la infancia y a la necesidad de que fuesen dos vascos de la misma generación los que empezasen a desbrozar el camino. Precisamente en el factor generacional incide Eguiguren empleando metáforas que sin duda indignarán a muchos. Esto es lo que le dijo a Otegi: "Más o menos ambos rondamos la cincuentena, no tenemos –me refiero al plano económico- donde 'caernos muertos'". Pero no quedó ahí su lamento, ya que también le comentó al líder de Batasuna: "¿No te das cuenta de que somos nosotros los que más sufrimos? Ni mandamos, ni somos la parte social hegemónica de este país; somos las víctimas".

George, Miguel-Miguel, George

"Los del Centro me dijeron: éste es George. Yo sabía que no era George, porque le conocía. Éste es Miguel, dijeron de mí". Junio de 2005, Ginebra. Miguel es Eguiguren y George es José Antonio Urrutikoetxea, Josu Ternera, el etarra prófugo de la Justicia desde 2002. El Centro es la Fundación Henry Dunant, hoy presidida por Javier Solana, que hasta las conversaciones de mayo de 2007, posteriores al atentado de la Terminal 4 de Barajas, se convierte en depositario de la negociación política entre el Gobierno de España y la banda terrorista que ha matado a un millar de sus ciudadanos. Sus actas son uno de los secretos mejor guardados. No en vano están bajo custodia en la caja fuerte de un banco suizo.   

A Ternera le acompañaba Jon Yurrebaso, el etarra que posteriormente, en marzo de 2007, tras ser detenido en un control de la policía francesa, les comunicó a los agentes su condición de negociador y les mostró como prueba varios teléfonos. Uno de esos números era el del ex director general de la Policía y hoy alto cargo del PSE, Víctor García Hidalgo, imputado en el Caso Faisán.

Los encuentros, que se repetirían a finales de ese mismo 2005, tenían un objetivo prioritario: fijar los términos de la próxima declaración de alto el fuego de ETA que, como todas las anteriores, sería fruto de una negociación política. Si en 1998, en Lizarra, los protagonistas eran el PNV y Batasuna, esta vez la llamada izquierda abertzale cambiaba de pareja de baile y acompasaba sus pasos con el PSOE. Una entente que propició el alto el fuego del 22 de marzo de 2006 y toda la hoja de ruta de la negociación.

El proceso tendría dos mesas o carriles, esto último en la terminología batasuna. Por una lado la mesa entre los emisarios del Gobierno y ETA, el considerado carril de arriba para la llamada izquierda abertzale, y por el otro la mesa de partidos o carril de abajo. Esta última reuniría a los partidos vascos incluida la ilegal Batasuna. El PP se negó siempre a figurar ahí, por lo que al final fueron los representantes del PNV y los del PSE quienes negociaron las exigencias políticas de ETA, fundamentalmente la anexión de Navarra, durante doce reuniones secretas en la Basílica de Loyola en el otoño de 2006.

Un "terrorista vip"

Lo cierto es que la contundencia de Eguiguren para referirse a los enemigos del proceso de negociación se convierte en una delicada mirada cuando describe a los etarras, con los que compartía una sana camaradería que le llevaba a entrar en la habitación de Ternera mientras éste se afeitaba. Así encontró a Josu Ternera unos años después de haberle tratado en el Parlamento de Vitoria: "Estaba en esa fase de su vida, con 55 años, en la que le preocupaba el futuro de sus dos hijos y de su vida familiar".

Y así percibió al que hasta entonces era un desconocido, Yurrebaso: "Los años de cárcel le habían dejado esa mirada perdida que comparten con los frailes o religiosos que viven encerrados. Al principio, pensé que era de estos últimos". Por supuesto, ningún atisbo de calificativos como "extremistas" que con tanta facilidad le endosa a una víctima del terrorismo o a un juez independiente.

En la misma línea, Eguiguren se refiere a los descansos en las sesiones negociadoras: "Apenas hablaba de política con George. Como vascos impasibles y aburridos, sólo conversábamos sobre las inclemencias del incipiente invierno nórdico, de lo pronto que anochecía y de si habían salido o no a pasear por el monte". También alude a una cena con Ternera y Yurrebaso: "La conversación, con las copas de vino correspondientes, se prolongó hasta medianoche. Tuvimos tiempo de entrar en el terreno de las confidencias."

Y es que una grata novedad para el presidente de los socialistas vascos era "la actitud como comensales" de los dos terroristas: "Cambiaban totalmente. Se convertían en comunicativos , alegres, bromistas. Sobre todo George [Ternera], que además demostraba entender de vinos y comidas, y se veía que disfrutaba de la mesa. Era un terrorista vip". En este relajado ambiente Eguiguren repasaba la prensa española y le sorprendía que el Foro de Ermua convocase por aquellos días una concentración en defensa de la unidad de España. Al día siguiente discutía con dos etarras los pormenores de una hoja de ruta en la que a los atentados y a las detenciones de miembros de ETA se los denominaba "accidentes".   

Como puede verse, la percepción que tiene Eguiguren sobre los etarras se aleja mucho de la habitual, y también de la que dan los manuales académicos sobre terrorismo. Le sorprende, por ejemplo, que los que negociaron con él no encajasen en el perfil de jóvenes descrito en esos textos. Cabría recordar que esa es una condición que se pierde con los años, incluso si uno es terrorista.

Cuando se producía la negociación en Noruega habían pasado décadas desde los primeros atentados cometidos por Josu Ternera y por Yurrebaso, así como de sus primeros ingresos en la cárcel. Pero lo que menos le encaja a Eguiguren es la tipología que en el libro Una historia del terrorismo da el autor francés Walter Laqueur de los miembros de una banda armada como marginales, bohemios, puristas, conspiradores..."Los que yo traté eran gente normal, del país, que requerían otra clasificación."

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