Resulta difícil entender qué razón o razones han movido a José María Aznar a viajar a Egipto. Las explicaciones ofrecidas por sus portavoces o representantes no cuelan o son tan nimias que rozan el ridículo: promover la paz en Medio Oriente, potenciar el diálogo euromediterráneo, impulsar las relaciones económicas bilaterales...Nada con sifón, como diría “La Codorniz”.
Las relaciones políticas y económicas hispano-egipcias son inexistentes y nada indica que en el futuro vayan a mejorar. Nada indica tampoco que Aznar pueda jugar ahora el más mínimo papel en el proceso de paz mesoriental aunque reciba a Arafat con un par de sonoros besos. Alguien lo está convenciendo de que es un nuevo Kissinger. Al presidente le sobran masajistas mediáticos y le faltan pepitos grillos aunque eso debe ser una excrescencia del poder: a González le ocurrió lo mismo.
Arafat y sus amigos no pueden imponer ni exigir nada ya: en su locura suicida el líder palestino ha hecho ya lo suficiente para desacreditarse internacionalmente al promover torpemente mediante una “intifada” de cartón piedra la elección espectacular de Sharon. No le será ahora tan fácil regatear un acuerdo razonable como hubiera sido posible con el dialogante Barak.
Se anuncia, pues, una etapa difícil en el diálogo palestino-israelí donde por supuesto España y su gobierno no tienen ningún papel que jugar como no lo tenían en el pasado aunque algunos escribanos hayan convencido al propio Aznar de su papel de líder de occidente y de los grandes expresos europeos.
Los cauces de diálogo hispano-israelíes están cegados y aunque fueran operativos tampoco serviría para nada ahora desatascarlos. Al gobierno español le faltan interlocutores en el nuevo poder y tardará bastante en recuperarlos.
Aznar ha reducido considerablemente sus actividades exteriores cuando advirtió que estaba a punto de caer en la misma trampa que Felipe González: olvidar que la política española se juega en el Parlamento o en Barcelona pero no en el estrecho de Ormuz. Sería conveniente que de ahora en adelante sus consejeros –en caso de que los tenga, cosa que uno duda o en caso de que los escuche, algo más improbable todavía- lo convencieran de que el turismo diplomático además de poco aleccionador es caro e inútil.
