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Argelia: la explosión cabileña

El presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, se enfrenta estos días a una situación imposible. La rebelión ciudadana en la Cabilia sólo podría resolverse con una política flexible y tolerante, comprensiva con una identidad diferente de la que constituye la nación argelina y sin recurrir a la violencia del ejército y la policía frente a ciudadanos desarmados que están hartos de ver cómo sus reivindicaciones más modestas son ahogadas en sangre. No es la primera vez que en Cabilia la policía dispara a sangre fría contra ciudadanos pacíficos que reivindican, por ejemplo, su idioma (el cabil, una variante de la lengua amazig, berebere), sus costumbres y sus instituciones tradicionales. Hace diez años, durante la llamada “primavera bereber” hubo también varios cientos de víctimas porque el poder central (militar, naturalmente) rehusaba que el idioma fuese enseñado en las escuelas y se instituyeran cátedras de este idioma en las Universidades de Tizi-Uzú y Beia.

Ahora, de nuevo la policía y los cuerpos de intervención inmediata dirigidos desde Argel han disparado contra cientos de personas, en su mayoría jóvenes, que protestaban contra los excesos de la policía y pedían que la gendarmería abandonase la región. El poder militar ha respondido enviando más contingentes y la rebelión corre el riesgo de extenderse a otras zonas vecinas donde las guerrillas islamistas controlan extensiones bastante dilatadas de territorio. El presidente Buteflika ha intentado en las últimas horas actuar de bombero y en un discurso por televisión dirigido a todo el país ha prometido que se investigarán a fondo e imparcialmente las responsabilidades de la masacre. Pocos lo creyeron, entre otras cosas porque Buteflika es apenas un mandado de los generales que dirigen el país. Cualquier decisión que tome deberá someterla al sanedrín castrense, partidario de la simple y llana erradicación de los disidentes, ya sean regionalistas cabileños o islamistas radicales, armados o desarmados.

El problema estriba en que, pese a las brutalidades y excesos promovidos por la cúpula militar argelina, ni el terrorismo islámico fue derrotado ni las ansias libertarias de los cabileños se han reducido. La “guerra sucia” que la población sufre desde 1992 sólo ha complicado las cosas y la situación es hoy incomparablemente peor que hace una década. Buteflika hará lo que le manden los generales. Y los cabileños —un pueblo rudo y decidido— no tendrán más remedio que seguir rebelándose aunque les cueste sangre, sudor y lágrimas.

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