Obviedad: se opina e interesa el corazón del príncipe porque la elegida no sólo será su esposa sino también reina de España, representante de la marca y, en alguna medida, de las mujeres españolas. El noviazgo con Eva Sannum, roto al parecer desde hace algún tiempo, desató una campaña furibunda de los monárquicos oficiales que no veían en la noruega a la persona idónea, sino un riesgo para la pervivencia de la misma institución. Por los nombres y la virulencia puestos sobre el tapete no se trataba de un movimiento espontáneo sino probablemente teledirigido desde Zarzuela. Parece que el foco mayor de la oposición era el mismo rey. De fondo, el debate sobre la libertad personal de Felipe y el sentido de la responsabilidad.
Por primera vez se ha hablado de las personas reales y de la monarquía sin el abrumador autocontrol que en tal materia se ha sostenido en los años precedentes. No con libertad, pero sí con algo parecido, sin tantos tapujos. Eso ha producido, al decir de Sabino Fernández Campo, “arañazos” en la institución. Por primera vez ha estado inmersa en una polémica general. No es baladí apuntar que lo que se ha puesto en cuestión ha sido la capacidad de elección del príncipe. En España, hay muy pocos monárquicos (casi siempre haciendo daño a la monarquía) y muchos juancarlistas, pero el juancarlismo no parece una base definitiva de supervivencia futura. De ahí que ahora esté en marcha una operación para devolver el prestigio perdido a Felipe de Borbón. Tras Isabel Sartorius y Eva Sannum, Felipe de Borbón no puede permitirse una tercera polémica.
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