Yerran todos los Diógenes de la tribuna libre que andan como posesos buscándole una transitoria al Código para despejarle la sesera a Juanjo ante los Tribunales del Reino. Por ahí vamos camino de nada, es decir, de cabeza al Diálogo de Breda, que no otra será la foto ganadora del Premio Ondas de Periodismo Gráfico 2005, con Colita, la feliz agraciada, recibiendo el trofeo –un Cristo confitado al txacolí– de manos de Rodríguez, Zerolo y Moratinos, los previsibles modelos por la parte tocante a la República de Castilla.
Porque no van por ahí ni los tiros ni las tortas. Al contrario, en este asunto la recta vía la marcó en su hora Pepe Solís Ruiz. “Menos latín y más deporte”, ésa es la clave. Y es que a los pueblos ágrafos que ignoran su Historia, como el nuestro, les queda el recurso de aprovechar algún otro magisterio práctico del Marca y del As, aparte del método para no lograr jamás en la vida un pleno al quince en la quiniela. Sin ir más lejos, ahí está, sobre las barras de todos los bares patrios, al lado de la bandeja de las patatas bravas, la lección magistral andante que responde por Severiano Ballesteros. El cántabro es la prueba viva de que, aquí, la carta ganadora siempre es la que nadie se atreve a jugar. En este país, más o menos desde que a Almanzor le diera por plantarse en Barcelona sólo por tocarle un poco los hechos diferenciales a Maragall, todo el mundo corre tras un balón pegándole patadas. Y… nada; el gol de Zarra, que entró por casualidad, y para de contar. Bueno, pues aparece un tío haciendo eso de darle a la bolita con un palo, o sea, lo opuesto a lo que ordena el genoma hispano, y me sale figura mundial. Emulemos, pues, las luces de Seve ya que otros faros nos fueron vedados cuando se suprimió la reválida de cuarto.
Viene la digresión deportiva a cuento porque el patriotismo prostático del que alardea el presidente del Gobierno ya está a cinco minutos de verter gotas tipificadas en las leyes. De ahí que haya llegado el momento procesal de que alguno de esos laercios se olvide del gremlin Ibarretxe, y de que, pensando en Ballesteros, gire sobre sus pasos, oriente la lámpara hacia algún sendero que lleve al Palacio de La Moncloa, y arranque a caminar.

