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Francisco Pérez Abellán

El verdugo progre

El trabajo de periodistas a veces lo hacen fabuladores y frikis varios y están por todas partes.

Como todo llega en la vida, ha llegado el momento de dar contento a mi amigo Paco Ruiz Cumplido, al que una vez saliendo juntos de Tele5 se le heló la sangre mientras un camión se nos echaba encima y yo mantuve el rumbo como si nada, esquivando y llevándonos a la otra orilla de la laguna Estigia. He ganado temple estudiando a los asesinos.

El gran Paco me pidió un día que le sacara de dudas sobre si Antonio López Sierra, el verdugo de Madrid, ejecutor del Monchito y del Jarabo, el que actuó quitándole el resuello a Puig Antich, era de Azuaga, su pueblo, donde hay muy buen jamón y buena gente. Yo le dije que era extremeño pero no de Azuaga. Que podía estar tranquilo, pero no acababa de fiarse. Ruiz Cumplido era inteligente, eficaz, gran trabajador, agudo, y un experto analista político. En mi opinión un pelín exagerado porque se pasó los últimos años de su vida cotizando el máximo a la Seguridad Social para cobrar la mejor pensión. Y luego lo disfrutó poco, porque un cáncer fulminante se lo llevó como hace con los mejores.

Sin embargo, Manuel Vicent, al que mi admirado Camilo José Cela le puso en casa con su "Pascua y naranjas", escribió en El País, que entonces era un gran periódico –aunque yo estaba en Diario 16– que el verdugo se llamaba "señor Emilio", era natural de Azuaga, pueblo de Badajoz, donde regentaba un puesto de pipas, y que dio garrote a la envenenadora de Valencia, Pilar Prades. Yo aprendí en la facultad que el periodismo son los detalles. Ni el verdugo era de Azuaga, ni se llamaba "señor Emilio" ni tenía un puesto de pipas. Encima, todo esto, aunque no creo que Vicent lo comparta, forma parte de la progresía que odia al verdugo pero no riñe al político ni al magistrado que aplica la pena de muerte. En toda la historia de España solo ha habido un Nicolás Salmerón capaz de renunciar a la presidencia del poder ejecutivo por no quitar la vida con una sentencia.

El verdugo que dio garrote a la envenenadora no era otro que Antonio López Sierra, nacido en el mismo Badajoz, al que el presidente de la Audiencia Provincial, tan recatado siempre, puso una permanente excusa para no verlo ni tratar con él. Cumpliendo con la tradición medieval de pagarles con una cuchara, aunque lo único que hacían los ejecutores era seguir las órdenes de los magistrados. De modo que ya en el Medievo se les pagaba sin tocarles, como apestados, y se les obligaba a llevar una escalerilla en el sombrero que marcaba su indignidad, dado que eran gente de horca y cuchillo. Si entraban a tomar café, el dueño, muy digno, al terminar rompía la taza para que nadie bebiera en recipiente tan manchado.

Es curioso que se desprecie al verdugo, que como el pobre Antonio aceptó el trabajo para comer. A ver si se entera esta gente tan hipócrita. Que encima escribe de crímenes sin tener NPI, como si no hubieran leído siquiera a Daniel Sueiro, que explica de sobra en Los verdugos españoles quién era López Sierra.

Es un olvido muy frecuente en estos días que cada vez hay menos periodistas trabajando y más en el paro. El trabajo de periodistas a veces lo hacen fabuladores y frikis varios y están por todas partes. Ayer mismo elpais.es, el día de la muerte de Rita Barberá, en los primeros párrafos de su primera página nombraba por su cuenta a Cospedal ministra de Fomento y curiosamente todavía la citaba bien como secretaria general del PP. O sea que no conocen el Gobierno. Ni falta que les hace.

Así que la memoria del gran Paco Ruiz Cumplido, que estaba preocupado por si Azuaga era patria de verdugos, quede libre de toda angustia, para que luego digan que los periodistas no servimos para nada.

Y a los progres, que insultan a los currantes que no encontraban otro empleo que el de verdugos, decirles que desprecien a quienes pagan para que el ejecutor de sentencias saque el aparato del estuche. También que si hay que hablar de verdugos vean cómo López Sierra confiesa. Se enterarán que padecía tal hambruna que habría hecho cualquiera cosa, que tuvo trece hijos y la mayoría se le murieron, y que cada vez que tenía que manejar el quitapenas no lo hacía con la frialdad que ellos escriben.

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