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Cristina Losada

Un golpe contra media Cataluña

La causa del fracaso del golpe separatista no fue su cándida ignorancia de la fuerza del Estado, sino su obcecada ignorancia sobre la propia fuerza.

La causa del fracaso del golpe separatista no fue su cándida ignorancia de la fuerza del Estado, sino su obcecada ignorancia sobre la propia fuerza.
Una marea de ciudadanos colapsa el centro de Barcelona para reclamar la independencia de Cataluña | EFE

Cinco años después del 1-O, todo el mundo es más sabio, excepto los que no quieren aprender, y cualquiera sabe que aquel golpe de Estado separatista fue, como golpe, un golpe de opereta. Sus deficiencias técnicas no le cegaban por completo, sin embargo, la vía para conseguir sus objetivos últimos. Tenía una posibilidad, sólo una. La única posibilidad de que saliera triunfante era que un Gobierno timorato, asustado por la presencia de las masas en la calle y de la simpatizante prensa internacional, a fin de evitar quién sabe qué males mayores, hubiera telefoneado a la "war room" de pacotilla de Puigdemont para ofrecerles un referéndum pactado y la impunidad instantánea y permanente.

Aquel tipo de capitulación no se produjo, aunque pudo haberse producido, y el fatuo soufflé separatista, sacado del horno donde estaba cómodo y calentito, se desinfló como un globo de feria pinchado. Pero lo que es el golpe, puramente como golpe, no tuvo pies y aún tuvo menos cabeza. Esto lo sabe hoy cualquiera que la tenga, y será por eso que los separatistas no lo saben y si lo saben, no lo quieren reconocer. Tampoco pueden, ciertamente. Después de toda la simulación y todos los simulacros, después de toda la retórica incendiaria y toda la planificación sobre cómo se iba a hacer y cómo iba a ser el prodigioso día de la independencia portentosa, no es posible reconocer que todo era farfolla, y farfolla pagada a precio de oro.

Pasado un lustro, la versión del separatismo sobre el fracaso del 1-O es que no calibraron bien la fuerza del Estado. La fuerza estuvo del lado del Estado, y no del suyo, ¡ay!, pacíficos y ejemplares ciudadanos que sólo querían votar. Hilan y cuentan la conmovedora historia de un inocente David que no pudo vencer a un Goliat brutal. Cuando hablan de la fuerza del Estado no hablan más que de la fuerza policial. Es su historia de siempre, a fin de cuentas. La hipocresía lacrimógena. La versión del martirio. La de que no triunfó el golpe porque llegó la policía y machacó a los indefensos viejecitos que hacían cola para participar en una actividad ilegal. Resultaría así, que con cargas policiales mucho más leves de las que hacen los antidisturbios contra los piquetes de cualquier huelga, la "revolución de las sonrisas" se disolvió como un azucarillo.

La causa del fracaso del golpe separatista no fue su cándida ignorancia de la fuerza del Estado, sino su obcecada ignorancia sobre la propia fuerza. Tantas décadas proclamaron que el independentismo era mayoritario en Cataluña, que aún sabiendo que era incierto, decidieron creérselo. Tantas elecciones con un sistema que les da ventaja para lograr mayorías parlamentarias y gobiernos les pusieron una venda extra en los ojos. A la Cataluña que silenciaron y despreciaban no la dieron por existente. Lo pensaron aparentemente todo, pero nunca pensaron en la otra mitad. Nunca pensaron en aquella mitad de Cataluña contra la que daban el golpe.

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