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Javier Somalo

Irene y les obispes

El dramático resumen es que la Iglesia actúa cuando debería callar y se esconde cuando debería actuar, al menos por y para sus fieles.

El dramático resumen es que la Iglesia actúa cuando debería callar y se esconde cuando debería actuar, al menos por y para sus fieles.
EFE

Siempre que la extrema izquierda o el nacionalismo, dinamiteros de la convivencia, plantean un problema serio, ahí está la Conferencia Episcopal para resolverlo poniéndose de su lado.

Ha vuelto a suceder a cuenta de unas declaraciones o exabruptos de la ministra de Igualdad, Irene Montero, sobre la libertad sexual de los niños aunque nos insisten en que, en realidad, versaban sobre la necesidad de una educación sexual en la escuela. Vayamos a los hechos probados:

El obispo, secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, dice:

"Respecto a las declaraciones de ese día, quiero ser comprensivo con la ministra de Igualdad, porque yo también salgo a la prensa, veo cómo se interpretan algunas respuestas. A veces, uno, cuando responde dice una frase pequeña en un argumento global y es la frase pequeña la que se ve. Yo francamente, no creo que la ministra de Igualdad defendiera en esas declaraciones que los niños puedan mantener relaciones sexuales y demás".

La argumentación de Irene Montero fue, literalmente:

"Los niños, las niñas y les niñes de este país tienen derecho a conocer su propio cuerpo, a saber que ningún adulto puede tocar su cuerpo si ellos no quieren, y que eso es una forma de violencia. Tienen derecho a conocer que pueden amar o tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento. Y esos son derechos que tienen reconocidos, y que a ustedes no les gustan".

Si hubiera añadido, "cuando sean mayores" o quizá hubiera matizado que "tendrán derecho" o que "podrán" nadie habría abierto polémica alguna. Pero no lo hizo y su frase sigue siendo una barbaridad manifiesta que ha requerido el desembarco del Komsomol mediático capitaneado por Prisa para escoltar su argumentación: la ministra no dijo lo que dijo sino todo lo contrario, pero el fascismo es calenturiento. O lujurioso, como diría, insistentemente a sus amigas, el ex. Así que, "francamente", sí parece que la ministra defendiera en esas declaraciones que "los niños puedan mantener relaciones sexuales y demás", como niega el obispo. Es más, lo considera la ministra un derecho de esos "que a ustedes no les gustan". "Ustedes" es el fascismo "al que hay que parar los pies", incluida, claro, la obediente Iglesia católica.

Que Irene Montero no sabe hablar ya no necesita disculpa. Junta palabras muy deprisa, en grupos de tres o cuatro y con ininterrumpida monotonía como le enseñó Pablo. Otra cosa es que si dice, aunque sea a trompicones, que hace calor, no pueden convencernos de que, en realidad, ha dicho que hace frío pero que los fascistas son calenturientos congénitos.

La prensa de izquierdas —la que tiene causa general abierta contra la Iglesia como si todo en ella hubiera sido pederastia— y la Conferencia Episcopal —la acusada por la prensa de izquierdas— es lo que han hecho: oír algo distinto (contrario, de hecho) a lo que dijo la ministra y acusar a los demás de desviados o malintencionados. Pero ni hay amputación de contexto, ni posibilidad de matices salvo el de la incapacidad comunicativa de la ministra. Si no sabe hablar, puede rectificar su intervención, pero no vamos a hacerlo los demás —hordas de fascistas— asumiendo que dijo otra cosa.

Y tras los hechos probados, los trasfondos del asunto.

En cuanto a la educación sexual, no se reclama la que propugnaba el abuelo del ex en Problemas conyugales o vida y estado matrimonial (1953), centrada, entre otras cosas, en la conveniencia o contraindicación de posturas o prácticas según criterios morales o en dilucidar en qué casos es pecado el adulterio, sino una educación sexual de verdad, responsable, neutral y que se detenga allí donde ya es cosa de los padres. Para respetar la diversidad sexual, que es respetar al individuo, no hace falta llevar a niños de un dígito a una sesión de travestismo, organizarles gincanas sexuales con juguetitos fálicos o proponerles el catálogo de orientaciones posibles para que decidan cuanto antes qué quieren ser al margen de la —derogada— biología.

En cuanto a los abusos sexuales a menores, cunde la idea de que la Iglesia católica es la mayor factoría jamás conocida. El País, entre otros medios, se ha erigido en juez instructor de la causa general y dispone hasta de un buzón para que el ciudadano haga memoria de sus años escolares con los curas y remita las historias. Si queremos hablar en serio deberíamos llevar esa investigación del pasado al presente, en la Iglesia católica y en todas partes. Por ejemplo, en las muchas organizaciones dedicadas a la protección de la infancia: Intermon Oxfam, Save the Children y hasta Médicos sin Fronteras o la propia UNICEF. No han sido episodios aislados sino cientos de casos anuales, a veces sistemáticos, reconocidos por sus directivos y los que han llegado a conocerse han sido convenientemente perseguidos.

Si nos atenemos a la prensa, la pedofilia es un mal exclusivo de la Iglesia católica y la investigación sólo atañe a su entorno. Y lo que también parece aclarado del todo es que los obispos prefieren renunciar a toda defensa y defender a sus enemigos, que dirán que también son hijos de Dios. Ellos sabrán.

La Iglesia y los nacionalismos

Los dos fundamentalismos que sufrimos en España han salido de sacristías, de Loyola a Monserrat. Especialmente en el País Vasco los crucifijos y las pistolas se guardaron durante mucho tiempo en el mismo cajón, cerca de donde colgaba la casulla. Y desde Añoveros y Tarancón —pese al autoritarismo franquista y a todos los matices que se aleguen para el caso particular— hasta los funerales clandestinos por las víctimas del terrorismo en la democracia, la Iglesia oficial ha estado, resbaladiza siempre, en la equidistancia escorada hacia el nacionalismo. La vasca, de lleno en la bendición de los gudaris. Hay documentación y literatura de sobra.

En Cataluña, con menos pólvora, más de lo mismo: las últimas urnas de atrezo para disfrazar el golpe de Estado del 1 de octubre de 2017 se instalaron en altares y las filas de la comunión fueron, esta vez, para "votar". Los obispos de Tarragona fueron claros: "Conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su singularidad nacional". Luego es verdad que algunos encontraron otros caminos, alejados de la vocación, como el de Solsona, que ahora es padre de gemelas con una escritora que se autodefine como erótica-satánica. Quizá un final exagerado.

Dice también la inquilina de la Finca Roja de Galapagar, la que tenía garita propia de la Guardia Civil, la del laguito, las cámaras y los setos de arizónicas, que la "okupacion es un problema inventado por la Derecha". Porque para ella, ministra, es un derecho inalienable. Antes de que la Conferencia Episcopal avale el aserto de la ex del ex, espero que los obispos limiten su entusiasmo a sus residencias para que entren los nuevos feligreses como dueños indiscutibles. No hay parábola que lo sostenga pero en fin.

El dramático resumen es que la Iglesia actúa cuando debería callar y se esconde cuando debería actuar, al menos por y para sus fieles. Si el único papel de la Conferencia Episcopal es superar a la SER en el EGM y en facturación o dedicarse a lo esotérico negando o despistando sobre sectas consentidas que se disfrazan de oenegés con cuentas en paraísos del anonimato, que lo confiese, porque habrá quien crea que podrían hacer otras cosas además de pagar a estrellas del show business y sostener a los que construyen el discurso contra las libertades individuales. Quizá el problema actual sea el Papa Francisco, insistente peronista confeso, pero lo cierto es que muchos de los males vienen de antiguo.

La triste conclusión es que en vez de defenderse de los muchos ataques injustos y gratuitos que sufre —el acoso a la Educación confesional, por ejemplo—, arrimar el hombro ante el relativismo moral izquierdista y apostar por la libertad individual dentro de lo que quieran difundir como dogma, algunos quieren convertirse en parte del problema.

P.S. El ex-ex —de la ministra y del Gobierno— va de gracioso y ocurrente porque tiene la vida resuelta tres veces entre indemnizaciones y negocios en curso, pero lo dicho en casa Roures contra la Policía Municipal de Madrid para defender a Isa Serra es de ineludible querella. Y además de la infamia vuelve a salir el grotesco machito de siempre: que las mujeres le lleven las cabelleras del enemigo, dice... Si de este sujeto dependiera la educación sexual —y casi— volverían los campos para hombres del Che Guevara y las "conductas impropias" que corrigió Fidel. Lo de aquellos azotes iba muy en serio.

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