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Agapito Maestre

La familia hispánica

A la familia hispánica le sobran motivos, razones, arte y lenguaje para sentirse orgullosa de su legado y, a veces, de su presente.

A la familia hispánica le sobran motivos, razones, arte y lenguaje para sentirse orgullosa de su legado y, a veces, de su presente.
Estatua de Cristóbal Colón, en Madrid | Cordon Press

La familia hispánica lleva dos siglos dando tumbos. Pero en las dos últimas décadas hay mil instituciones, generalmente vinculadas a la sociedad civil, que reivindican su puesto en el mundo de las grandes civilizaciones. Los Estados hispanoamericanos, salvo Estados Unidos de Norteamérica, no parecen percatarse del asunto. No entienden los grandes desplazamientos, transformaciones y cambios en el ámbito de la inteligencia hispánica. Viven de espaldas a una realidad que está por todas partes. A la familia hispánica le sobran motivos, razones, arte y lenguaje para sentirse orgullosa de su legado y, a veces, de su presente. Nadie renuncia de buena gana a su hispanidad, incluidos sus más inteligentes críticos y detractores. Naturalmente, España, hoy, es uno más de esos países que conforman la hispanidad. Uno más, en efecto, pero jamás uno menos. España camina con la frente levantada, otra cosa son los españoles. Por cierto que España no es propiedad de los españoles sino que los españoles son de España como los mejicanos son de Méjico, y unos y otros son de la Hispanidad.

Quienes hablan y sienten, escriben y piensan en español, están hasta la coronilla del rollo que nos sueltan todos los días contra la Inquisición, los judíos, los moros, la Leyenda Negra y otras tantas majaderías para despreciar lo hispánico. Sí, son millones de seres humanos que día a día afirman su hispanidad. Ésta es previa a cualquier otra consideración. Hispanidad es universalidad. No se trata de defender ningún tipo de panhispanismo, sino de levantar acta de un hecho. Quizá sea el gran legado de España al mundo: la hispanidad. Adiós, pues, a la España del panhispanismo, pero sin España nada. Quede clara la cosa contra los bárbaros, los salvajes y los analfabetos revolucionarios. Contra los idiotas. Sin importarnos la chusma que en estos momentos gobiernan los diferentes territorios del mundo hispánico, es menester divulgar, estudiar y reconocer que la hispanidad —la civilización hispánica, el mundo hispánico, o cualquier otra denominación que ustedes utilicen, por ejemplo, latinoamérica— es una noción, una grandiosa y sugerente categoría, que ha logrado desplazar a la de nacionalidad.

Ejemplo sencillo de este desplazamiento de las llamadas "culturas nacionales" hacia la "cultura hispánica" son los fastos que organiza la Administración de EEUU, desde hace décadas, durante los meses de septiembre y octubre, para celebrar (sic) que su segunda seña de identidad, y a veces la primera, es la hispana. Para EEUU lo importante no es proceder de México, Argentina, España, etcétera, sino venir de un tronco común que es lo hispano. En otras palabras, es imposible entender Occidente y Oriente, EEUU y Canada, Norte y Sur, Europa, Asia, Africa, Oceanía y América sin la hispanidad. La cosa es así de sencilla.

Sin embargo, la ideología, o sea, la mentira instalada en nuestras sociedades impide comprender lo obvio. Y, por eso, surgen miles de agrupaciones locales, extendidas por todo el mundo, que tienen que repetir, repetir y repetir obviedades y evidencias, por ejemplo, sin España es imposible entender la historia universal. O sea la hispanidad es una inmensa civilización. Son miles los ciudadanos que se reúnen en América y España, en Houston o en Caracas, en Salamanca o Cartagena, en San Lorenzo de El Escorial o en Lima para estudiar el legado hispánico en el mundo y, por tanto, para preparar el presente y el futuro. El nacionalismo barato de los mexicanos o españoles, de los argentinos o peruanos, no es nada sin la hispanidad. Sí, nadie que pertenezca a esta inmensa civilización dirá con razón que es propietario de su país sin antes reconocer que ellos son de la hispanidad. Los peruanos, los argentinos, los españoles, los hondureños, etcétera, no son propietarios de esos países, sino que ellos son de la hispanidad. España, en efecto, no tiene propietarios. Eso es cosa vulgar. Ese mercantilismo barato que introdujo la Pepa, la Constitución de Cádiz, en el derecho público español, antecedente del rollo del patriotismo constitucional de corte germánico, no es de los españoles sino que los españoles son de España y, por extensión, de la hispanidad que está en los cinco Continentes. Algo similar pasa en todos los países hispanoamericanos, México no es de los mexicanos sino que los mexicanos son de México, antes de Nueva España, y antes de la hispanidad. Los países que conforman la hispanidad son más que Estados. Son representantes de una inmensa civilización aún hoy vigente material y espiritualmente en el planeta tierra.

Y si alguien tiene dudas sobre lo que digo, consulte la primera gramática de la lengua española que Isabel la Católica encargó a Antonio de Nebrija. El de Lebrija sentó un principio que también yo entiendo como inabdicable: la lengua es el imperio.

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