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De desenterrar a Franco a sepultar a la democracia

El fracaso en la toma del Tribunal Constitucional le ha dolido más a Sánchez, pero ni por esas cesará a Bolaños.

El fracaso en la toma del Tribunal Constitucional le ha dolido más a Sánchez, pero ni por esas cesará a Bolaños.
Félix Bolaños

Al ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, se le está poniendo una cara de funeral esférica. Más que un fontanero de la política o un sherpa de ambiciones ajenas, parece un empleado de pompas fúnebres parapetado tras una nariz postiza. Y es que es eso. Pasará a la historia como el hombre que pilotó la exhumación de los restos mortales de Franco. Esa maniobra, que renovó el género de la maldición del faraón, le granjeó la atención de Pedro Sánchez, que atisbó en el personaje el peón perfecto para fulminar a Iván Redondo, antecesor de Bolaños en los tímpanos presidenciales del napoleónico Antonio. De ahí la cara de funeral de Bolaños, la propia en su propio funeral político.

Bolaños está sentenciado. En el asalto al Poder Judicial, remake de La colina de la hamburguesa, ha interpretado el papel del héroe que cae ametrallado a dos palmos de la cota. Otro soldado abatido en combate, como Ábalos, Lastra, el riojano César Luena, Manuel Castells, Dolores Delgado y tantos otros que tuvieron la fortuna, a diferencia del común de los mortales, de asistir en vida a su propio funeral, político evidentemente. Félix Bolaños no es el más listo de todos ellos. Ese puesto le corresponde, es una opinión, a Iván Redondo, al que se atribuye el diseño de la moción de censura con la que Pedro Sánchez llegó al poder. Y es que a mucha gente se le ha olvidado que este hombre entró en La Moncloa sin ganar unas elecciones.

Redondo no tiene ni idea de leyes, pero sí de demoscopia, a diferencia de Tezanos, y adivinó el "momentum" de Sánchez en la debilidad de Rajoy, tan listo como frívolo. Su primera hazaña, la de Redondo, fue poner a un dirigente del PP de Cataluña, García Albiol, al frente de la alcaldía de una populosa ciudad catalana, Badalona. La cosa tiene un mérito extraordinario si se tiene en cuenta que ahora mismo el PP no tiene ni grupo en el Parlament ni candidato para Barcelona, situación que no difiere demasiado de la que se encontró Redondo en su desembarco en Cataluña, en 2010, albores del "procés".

En los funerales políticos de los socialistas se dice con absoluta propiedad que los finados pasan a mejor vida. Luena es eurodiputado. Ábalos, Lastra y Castells (los que recogieron los despojos de Sánchez cuando en Ferraz se cambió la cerradura de sus despacho por si acaso) no pasan gana. Delgado fue recompensada en su momento con la Fiscalía General del Estado. El exministro de los indultos, Campo, es nominado a magistrado del Constitucional. De Redondo se dice que le han dado una columna semanal en La Vanguardia como quien le echa un hueso a un perro. Pero no sólo. Ahora es consejero del Grupo Godó, tarjeta vip en todos los hoteles y restaurantes de Barcelona.

Bolaños cotizó unos años como encorbatado del Banco de España mientras se labraba una carrera política en el partido. A lo mejor le espera un puesto de fuste en el Tesoro. En Madrid lo dan por amortizado. Y es que la chapuza de las reformas jurídicas del autogolpe de Estado (el golpe desde el poder) por la vía de pensarse que todo el mundo es Alberto Casero (el diputado del PP que votó en contra de su partido cuando sólo iba de un tanto en la reforma laboral) ha sido una auténtica catástrofe.

Está por ver que la carnicería organizada por Bolaños no acabe convirtiéndose en otro "hit" de Sánchez, pero el hombre que camina por delante del Rey lo ha sentenciado. Los reproches de la Comisión Europea habrían sido determinantes en el "exitus". Qué menos que charlar un rato en el Congreso de la estrategia para cargarse la democracia en España. Y luego, pasada la Navidad, se vota una proposición de ley con los preceptivos informes del Consejo de Estado y los órganos judiciales. No parece muy complicado, y menos cuando tanto presumen los sanchistas de su mayoría filoetarra y separatista.

Una crisis de Gobierno está absolutamente descartada. Ni la hubo ni la habrá por la ley de fomento de los crímenes sexuales. Tampoco por la ley del cambio de sexo de los niños. Mucho menos por la sedición y la malversación. El fracaso en la toma del Tribunal Constitucional le ha dolido más a Sánchez, pero ni por esas cesará a Bolaños. Eso sí, le espera un purgatorio con el desprecio o la indiferencia de jefe hasta que le jubilen anticipadamente en una regalía en la que cobre por no dar palo al agua con gran boato, chófer, escolta y demás gastos pagados.

Bolaños, el carnicero de Cuelgamuros, especialista en casquería jurídica y judicial, ya ha dado todo lo que daba de sí. Es un político muerto. No más cagadas, ha dicho el presidente de puertas adentro. En medio del golpe está por ver quién será el nuevo mamporrero de la maldición de Sánchez. Una mirada periférica anticipa que lo peor está por llegar.

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