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Luis Herrero Goldáraz

Tonto útil

No soy el primero que señala que hay un algo en su sonrisa que nos dice que hace tiempo decidió ser útil, sí, pero sólo para él.

No soy el primero que señala que hay un algo en su sonrisa que nos dice que hace tiempo decidió ser útil, sí, pero sólo para él.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | EFE

Mantuve una discusión con un amigo una vez a raíz de una pequeña trifulca que se nos había enquistado en torno a él:

—¿Es que no lo ves? —le decía yo, acalorado—. ¿Que te están utilizando como a un simple cartel publicitario?

—¿Y por qué iba a importarme eso? —contestaba—. ¿O es que acaso hay algo malo en ser cartel?

La cosa era que le habían contactado de una tienda de ropa a la que acude con frecuencia, una que había tenido una idea con la que volverse viral, y le habían propuesto un trato. Camisetas gratis a cambio de tatuarse su marca junto al eslogan: "Se puede ser tonto y comprar bien". Al parecer, querían aprovechar ese otro eslogan tan famoso de una conocida multinacional y darle un giro para suscitar más gracia, que por lo visto vende mucho. Ironizar con la ironía, dijeron. Metaironizar.

—¡Pero que te están llamando tonto! —le insistía yo—. Peor aún. ¡Te lo estás llamando tú!

—Tonto lo serás tú, que las camisetas todavía te las tienes que pagar.

Estuve rumiando mi desesperación durante un tiempo, hasta que llegué a una conclusión concisa que me dejó encerrado en una tierna paradoja donde pude al fin tumbarme y descansar. Pocas cosas hay más mullidas y acogedoras que un rompecabezas sin solución, aunque esa es otra historia. Mi conclusión fue que uno no puede elegir ser tonto, eso es seguro. Pero, siéndolo, al menos puede decidir ser útil. Útil para sí, quiero decir, que en el fondo es el baremo con el que medimos nuestra inteligencia.

¿Ven por dónde voy? La cosa tiene su miga, porque avanza. Uno no puede elegir ser tonto cuando nace, habría que añadir, pero sí dejar de serlo si la vida va y te brinda la ocasión.

Todo pasa por ser tonto y por saberlo, claro está. Y hasta puede ser posible que esa sea la única manera de superar la tontería y prosperar. Dejar de ser tonto abrazando la tontuna. Tontolucionar. Aunque esto no es del todo cierto porque los tontos a los que yo me refiero están preocupados por cualquier cosa menos por su estupidez. Son reyes que van desnudos y lo saben. No se avergüenzan de ello. Antes bien se enorgullecen, lo que les hace francamente indestructibles. Se pasean por palacio con el pecho al aire, como hinchados. Disfrutan de las adulaciones de los pobres infelices que dicen flipar con sus vestidos, aunque escuchen sus risitas por detrás. Y hasta esperan cruzarse de cuando en cuando con algún alma cándida que les señale con el dedo, sólo para poder ajustarse la corona con un movimiento rápido de las caderas, obligando a los presentes a mirar.

Por alguna razón me he acordado de todo esto esta semana en la que nuestro presidente ha sido citado por el temible Xi Jinping. Es muy difícil abrir la prensa, verle ahí bamboleante, hilarantemente apuesto, con su aura de Zapp Brannigan en Futurama, y no pensar maliciosamente que ha sido el tonto útil más tonto que han podido encontrar los chinos para empezar a colar en Occidente sus mefistofélicos mensajes de paz. Pero eso sería quedarse en la superficie. Pedro Sánchez podrá parecer lo que sea. La cuestión es si él lo sabe. No soy el primero que señala que hay un algo en su sonrisa que nos dice que hace tiempo decidió ser útil, sí, pero sólo para él.

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