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Jesús Laínz

Trump, el revolucionario sexual

Durante su mandato, tanto Trump como su equipo se distinguieron por cuestionar, por primera vez en décadas, varios dogmas progresistas.

Durante su mandato, tanto Trump como su equipo se distinguieron por cuestionar, por primera vez en décadas, varios dogmas progresistas.
Donald Trump. | Cordon Press

Hace seis años, ya instalado en la Casa Blanca, Donald Trump cumplió una de sus promesas, en este caso navideña, y proclamó que, tras demasiado tiempo amordazados por la corrección política, había llegado el momento de que en su país se pudiera volver a decir "feliz Navidad". Aunque visto desde la excatólica España pudiera parecer una trivialidad ya que, si bien son pocos los que siguen creyendo en Dios, todo el mundo sigue deseándose feliz Navidad, en los USA del melting pot semejante frase casi se puede llegar a interpretar como una incitación a la revolución.

Durante los cuatro años de su mandato, tanto Trump como su equipo –de desconcertante movilidad y escasa duración, dicho sea de paso– se distinguieron por cuestionar, por primera vez en décadas, varios dogmas progresistas que la costumbre parecía haber consagrado como indiscutibles e intocables. El más importante de ellos probablemente fuese el aborto, ese horror inconcebible al que, tras décadas de implantación a través de las rendijas de la excepcionalidad, ahora se pretende proclamar como derecho de alcance mundial. Mientras millones de niños mueren sin llegar a ver la luz del sol, sigue abierto el debate con el que la Humanidad habrá de decidir algún día entre bendecir definitivamente la carnicería o arrepentirse por haber escrito una de sus páginas más negras.

También se ha ocupado Trump, y con singular contundencia, de la denominada ideología de género, ese grave trastorno de la percepción que, inimaginable hace sólo unos pocos años, hoy lo impregna todo con una unanimidad que no deja espacio para dudar de su promoción por influyentes fuerzas de magnitud planetaria. Hace unas semanas explicó el programa que aplicará al respecto si vuelve a ser elegido presidente en las elecciones del año que viene:

La locura de la agenda de género que la izquierda está imponiendo a nuestros niños es abuso de menores. Desde el primer momento revocaré las crueles medidas adoptadas por Joe Biden sobre lo que denomina cuidado de la afirmación de género, proceso ridículo que incluye dar bloqueantes de la pubertad a los niños, cambiar su apariencia física y operarlos. ¿Se lo pueden creer? Ordenaré inmediatamente a todas las agencias federales cancelar los programas que promuevan el cambio de sexo a cualquier edad. El departamento de Justicia investigará a las grandes compañías farmacéuticas y los grandes hospitales para determinar si han ocultado deliberadamente los terribles efectos secundarios de los cambios de sexo para enriquecerse a costa de pacientes vulnerables, en este caso muy vulnerables. También investigaremos si las grandes farmacéuticas u otros han comercializado hormonas y bloqueantes de la pubertad que no están aprobados para este uso. Mi departamento de Educación informará a los Estados y los distritos escolares de que, si algún profesor o responsable escolar sugiere a un niño que podría estar atrapado en un cuerpo equivocado, se enfrentará a graves consecuencias, incluida la posible violación de los derechos civiles. Pediré al Congreso que promulgue una ley que establezca que los únicos sexos reconocidos por el gobierno de los Estados Unidos son hombre y mujer, y que se nace con ellos. La ley también establecerá con claridad que ningún hombre podrá participar en deportes femeninos. Ningún país serio debería decir a los niños que nacieron con el sexo equivocado, un concepto jamás imaginado en toda la historia de la Humanidad. Nadie oyó jamás nada parecido a lo que está pasando hoy.

Solamente ha empezado a suceder cuando la izquierda radical se lo inventó hace tan sólo unos pocos años.

Con declaraciones como ésta no resulta difícil comprender por qué su pelea es tan desproporcionada como la de David contra Goliat, ya que sus enemigos son tan abundantes como poderosos: el conglomerado feminista-gay-trans, los medios progresistas de abrumadora hegemonía en prensa, radio, cine y televisión, todo el entramado del Partido Demócrata, buena parte de su propio Partido Republicano, la industria farmacéutica…

Y esto, por lo que se refiere solamente al frente que podríamos denominar antropológico, esa última trinchera que les falta por asaltar a los enemigos de lo humano. Porque en otros frentes no menos importantes, como el de la política exterior, la concentración de fuerzas contrarias es todavía más aplastante. Y su artillería, nunca mejor dicho, devastadora.

De ahí proviene el empeño en desactivarle por cualquier medio antes de que llegue la hora de las urnas, como estamos viendo estos días con el enésimo proceso judicial tras dos impeachments fallidos. Por lo visto, todo vale. Si yo fuese Trump, vigilaría mucho lo que me ponen en el plato.

Ya advirtió nuestro Quevedo que donde hay poca justicia es peligroso tener razón.

www.jesuslainz.es

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