
Amanece de nuevo y los primeros compases son más inercia que otra cosa. Entra el sol por las rendijas, silba la cafetera, llora el niño y resuena la radio. Un día más o uno menos, tan sencillo como la mirada que se le dedique. Como buen animal de costumbres acudes al parque, fiel a la cita de cada mañana. Allí, algunas vidas se cruzan y otras hacen un pequeño descanso. Los niños aprenden ese asunto tan adulto de relacionarse mientras sus madres charlan de nada y miran de soslayo, aprobando el trámite; los mayores trotan entre los árboles, temerosos de forzar la máquina y quedar en el dique seco tantos meses o más que la última vez. Es, en definitiva, la vida discurriendo a 8 de junio de 2023 en la soleada mañana de Annecy.
Tras unas gafas de sol, refractario a la luz de la mañana, un oscuro personaje irrumpe en escena y corta el hilo conductor de vuestras vidas. Entre la incredulidad y el terror, asistes impotente a dos zarpazos sobre el carrito de tu niño, el amado, mientras el cuchillo se da a la fuga. Gritas, giras sobre ti misma, te revuelves en cada dirección buscando ayuda. Las gentes cierran el círculo, se arremolinan junto a ti y tu criatura, que llora y chapotea en densa sangre, rica en azúcar. Demasiada para tan poco niño.
Horas después, con las manos tatuadas en sangre seca y la mirada perdida, la agonía se prolonga mientras los doctores te dicen que continúa luchando. Te invitan a descansar por aquella educación que disfraza los momentos más traumáticos. La enfermera toma tu mano y te guía hasta la cafetería, donde te deja con sumo cuidado, como si fueras un jarrón de porcelana a punto de quebrar. Alzas la vista hacia la televisión, donde hablan de lo ocurrido. Están en shock, dicen. La poca consciencia que te queda es suficiente para saber que no es verdad: cuando uno está en shock, es incapaz de expresarlo. Lo sabes bien porque no articulas palabra. El dolor como anestesia. Los que se dicen expertos analizan los hechos y llegan a conclusiones que convertirían en homicida al mayor de los estoicos. Hay quien, versionando a Jesucristo, se pone el sudario por montera y, en lugar de transformar el agua en vino y éste en sangre, convierte ésta última en votos para una líder política. Otros diseccionan el perfil clínico del asesino con aparente rigurosidad, pero sus más íntimas convicciones les traicionan cuando en su disertación dejan escapar un "víctima de racismo", como si a aquel hombre le hubiera poseído el Venom de Spider-man y fuera víctima de ser un homicida infrahumano.
La noche es tal porque al sol lo sustituye la luz fría e inhóspita que sólo hay en un hospital de madrugada. Has velado a tu hijo, quién sabe si vivo o muerto, y en las novedades matinales de la caja tonta escuchas que ya han cogido al responsable. El peso de la ley, la seguridad jurídica, la victoria de la democracia; el estigma del ilegal, el callejón sin salida del inmigrante, el Occidente opresor. Eres testigo de otro milagro: el mal supremo se transforma en una desafortunada concatenación de hechos aislados de los que eres, en cierto modo, culpable.
La justicia divina se acuñó para que los hombres pudieran seguir viviendo cuando el mal se presenta de forma tan solemne, pero no puedes evitar pensar que Dios ideó estas cosas hasta un límite que se está cruzando. Incluso el fuego eterno del averno se antoja poco castigo para este mal, tan intenso y enconado, más propio de ángeles caídos que de seres de carne y hueso. Dicen que Dios no juega a los dados; tampoco este cabrón, que ha sacado el número que quería. Él no ha dejado espacio para el libre albedrío, para la entropía que ordena a través del caos. ¿Por qué tienes que asistir tú ahora al desarrollo normal de los acontecimientos? Si sobrevive, tendréis que buscar otro parque. La vida siempre se abre paso y no hay mejor muestra que este absurdo tan lógico: al momento más determinante de tu existencia le sigue la rutina.
Pasan las horas y vuelves en ti. Tu sangre empieza a borbotear y sugiere delirios de grandeza. Nada volverá a ser como antes. Corren tiempos apasionantes para la historia y miserables para los hombres. Quizá no esté lejos el día en el que tanto tú como la mayoría aún indemne tengáis que blandir una espada o empuñar un arma. Decidir si morir de pie –gracias, Ignacio, por mostrarnos el camino– o vivir tras unos barrotes con la conciencia tranquila. O ser cómplices de un espejismo de libertad que silencia la culpa de quien pudo defender la verdad y la justicia y no lo hizo.
La realidad, a día 9 de junio de 2023, es que hay sangre de niños inocentes derramada y muchos cabrones sueltos, con toda la sangre en su sitio. Que baje Dios y lo vea, antes de que los hombres de bien impartan la justicia que los asesinos merecen y no la del Código Penal.
