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Mario Garcés

España, entre lo probable y lo irreversible

Sánchez necesitará, más y más, consolidar su posición en su particular frente, y lo irreversible será lo real.

Sánchez necesitará, más y más, consolidar su posición en su particular frente, y lo irreversible será lo real.
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, a su llegada al Congreso de los Diputados, antes del inicio de la primera sesión del debate de investidura | EFE

En política, casi todo es reversible, menos lo que no se puede revertir. Hay procesos larvados de transformación cultural, muy ligados a los cambios generacionales, que avanzan sin estrépito, con normalidad, hasta que un día se convierten en bloques de pensamiento irrevocables para una gran parte de la sociedad. Es el caso del igualitarismo pueril de una izquierda en busca de un Liliput nacional, compuesto no de hombres y mujeres libres e iguales, sino de seres menguantes sin más pretensión que la de fomentar el sectarismo y el odio sanguíneo de una guerra que no vivieron y que nunca acabó para muchos de ellos. Y para todo, la nueva izquierda española se prevale de dos sencillos instrumentos de persuasión: de un lado, la banalización del coste de algunas medidas, y, de otra parte, la llamada visceral a luchar contra una derecha que, en el imaginario más hostil del populismo, sigue representando al tardofranqusimo de la España de los vencedores sobre los vencidos.

La apelación por parte de la derecha política a la unidad y a la convivencia es una aspiración tan legitima y deseable, como estéril, porque en un país abocado al frentismo, cualquier apelación retórica al pluralismo ético es melancolía. Esa expresión áspera llamada "polarización", hoy, es una realidad incontestable, y lamentablemente, más allá de la pedagogía política y de la guerra cultural, solo se puede contrarrestar desde las urnas. Mientras el presidente/candidato Sánchez siga siendo el secretario general del Partido Socialista Obrero Español, que se abandone toda esperanza de cambio como en el Infierno de la Divina Comedia de Dante. Las pasadas elecciones fueron una oportunidad histórica para desmontar la deriva destructiva de un socialismo que cabalga a lomos de la necesidad y a quien no le importa socavar los principios más esenciales de legalidad y de división de poderes si llegara el caso.

Salvando a algún iluso o a algún posibilista ingenuo, lo probable es que Sánchez vuelva a ser Presidente. Al frente del frente, en una operación diseñada por el propio Sánchez durante los dos últimos años, mientras la derecha política nos dábamos golpes frente contra frente. La única opción para que descarrile su proyecto de continuidad es que Puigdemont, el errante, desprenda un hálito final de mesianismo mártir que le lleve a romper con todo y con todos, incluidos los suyos. Por lo demás, se asiste en los últimos días, a un ejercicio previsible de construcción de relatos por parte de todos los socios del conglomerado que gobernará, porque todos y cada uno de ellos buscarán justificación y legitimidad al pacto final, con los límites y el alcance que se acuerde o se haya acordado. La tensión aparente durará hasta el último minuto. Pero, dentro de lo probable, por necesidad o por los costes de unas nuevas elecciones con resultados imprevisibles, lo desgraciadamente factible es que Sánchez resista y vuelva a ser Presidente. Por cierto, para los vaticinadores de la temporalidad de ese nuevo Gobierno, solo caerá en el caso de que las encuestas electorales se muevan categóricamente a favor de un Sánchez embravecido. En caso contrario, cuatro años más.

A partir de aquí, que a nadie le quede la menor duda de que habrá amnistía, porque el problema real para Sánchez no es la amnistía, sino el referéndum de independencia. Una medida de gracia para los reos del independentismo catalán se presentará, por parte del búnker del nuevo socialismo, como una decisión histórica para cerrar una herida social y territorial, cuando es una aberración disolutiva. Pero Sánchez no está para juicios morales, sino para reacciones de oportunidad en función de su interés individual. Es donde entra en juego lo irreversible, toda vez que una vez que se tramite la proposición de ley que probablemente presente el Grupo Parlamentario Socialista, la norma que condona las sanciones tendrá efectos inmediatos y ni siquiera será suspendida por el Tribunal Constitucional cuando se interpongan los pertinentes recursos de inconstitucionalidad. Lo irreversible jurídico. En ese momento, ni las manifestaciones en las calles ni las voces en tribuna de los Parlamentos podrán frenar lo irrevocable. Porque cuando la derecha política acceda nuevamente la poder, la decisión no se podrá truncar y será válida con todos sus efectos jurídicos. Para entonces, la izquierda consagrada al culto de la lucha antifascista y del apaciguamiento territorial, venderá la amnistía de 2023 como uno de los grandes hitos de su historia reciente, frente a una derecha a la que presentarán como resentida y opresora, como si la Constitución y el orden constitucional fueran carne de esclavitud o dominio de lo antidemocrático. Lo irreversible social. Para Sánchez, el tiempo funciona como un disolvente moral, de modo que los creyentes de buena fe de unas elecciones inmediatas, deberán nuevamente perder toda esperanza.

Finalmente, y por lo que respecta a la celebración de un referéndum, todos saben que es, lisa y llanamente, imposible. También Puigdemont. También Junqueras. Pero se comportan como si no lo supieran para dar pábulo a las aspiraciones mórbidas y maximalistas de sus bases. Y es imposible porque sería, este vez sí, manifiestamente inconstitucional y no existe capacidad política para modificar la Constitución para encajar una institución política segregacionista en una norma básica que surge de la convicción de que sólo hay un cuerpo nacional. Ontológica y políticamente imposible. La primera ley de la mentira es que "si un engaño puede materializarse, es porque siempre hay alguien dispuesto a creer". Y en España, y, por tanto, en Cataluña, hay una parte de la sociedad dispuesta a creer que lo imposible es posible, aunque sólo sea como narrativa épica para atemperar los ánimos.

Solo sea como ejercicio de ciencia ficción política: de gobernar ahora la derecha política, Sánchez habría tenido muy difícil continuar. Las tensiones de unos barones depurados directa o indirectamente por los errores y las connivencias centrales de su Secretario General le convertían en un aspirante con un final difícil. Y en ese momento, quizá una luz crítica y posible, jacobina y veraz, podría haber reconstituido el socialismo español, para acabar con el frentismo de nuestros días. En cambio, Sánchez necesitará, más y más, consolidar su posición en su particular frente, y lo irreversible será lo real. Tan real e irreversible como quiera y pueda. Al tiempo.

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