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Luis Herrero Goldáraz

Redimirse por decreto

Si algo tienen claro nuestros representantes públicos es que redimirse es una cosa barata. Ahora, además, se amnistían a su antojo.

Si algo tienen claro nuestros representantes públicos es que redimirse es una cosa barata. Ahora, además, se amnistían a su antojo.
El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, se reúne con la portavoz de Junts per Catalunya (JxCat) en el Congreso, Míriam Nogueras, dentro de la ronda de contactos para lograr su investidura este viernes en el Congreso. EFE/ J.P.GANDUL | EFE

Hablaba hace un tiempo de una idea que me ronda la cabeza desde siempre porque tengo el convencimiento de que se puede expresar de alguna forma muy sonora. Yo valoro las ideas por cómo suenan, lo que viene a ser un gran disgusto porque si algo heredé de mi abuela es su sordera. La idea es que en la vida, como en la ficción, sale más a cuenta ser malo que bueno, pues redimirse suele ser igual de rápido que condenarse, pero aporta mucho más. Por aquel entonces yo pensaba en ejemplos como Darth Vader, al que siempre querré más que a la psicópata de Juego de Tronos porque si otra cosa me legó mi abuela es la enseñanza de que vivir bien es importante, pero más todavía lo es morir. El caso es que recordando aquello me ha dado por pensar en otras cosas que me parecen igual de sugerentes y que todavía no sé muy bien cómo hacer sonar.

¿Cómo explicarlo y que se entienda? Pensemos, por ejemplo, en lo que sintieron todos los madridistas de derechas el día en que pusieron La Sexta y vieron a Ferreras dedicar tres horas de programa al caso Negreira. Pensemos en lo que era para ellos ver a Xavi dando asco de lo bueno que era en el centro del campo de la Selección. O para los culés tener a Ramos embistiendo a quien se atreviese con Piqué. Pensemos en aquel revisor pesado del aeropuerto, ese que quiso ser tu padre y educarte por no haber comprendido a estas alturas que casi no existen diferencias entre un desodorante y una bomba. Pensemos en él, digo, mandando a Yolanda Díaz a coger el tren. Pensemos en tu madre cuando se ponía de tu parte y castigaba a tu hermano. Pensemos en una tarde de domingo cayendo en mitad de un puente. Pensemos en Terminator 2. Y convengamos que pocas cosas hay más excitantes que tener al malo de tu lado.

La cosa es que, por lo general, los malos dan bastante miedo. Pero todo el miedo que dan es la seguridad que ofrecen cuando sus intereses coinciden con los tuyos. Se trata de una sensación tan refrescante que puede llegar hasta a enganchar. Y de ahí que a mí se me haya desbloqueado ahora el temor no de ser mala persona, sino de ser una persona mal interesada. No me gustaría encontrarme conmigo mismo después de años y caer en la cuenta de que me he encontrado con algo que era yo pero que fue cambiando a medida que cambió también el malo que más severamente pudiera defenderme.

Ocurre con más frecuencia de lo que parece y la mejor manera de estudiar el fenómeno es contemplar en un hábitat cerrado a una muestra lo suficientemente representativa de cobardes. Por ir al grano, nosotros contamos con el Parlamento. No hay manera más eficaz de detectar el punto exacto en el que el miedo y el interés se funden que observar los extraños compañeros de cama que puede dar nuestra política y rastrear después qué pudo haberlos encamado. De todas formas, tampoco importa demasiado. Si algo tienen claro nuestros representantes públicos es que redimirse es una cosa bastante barata. Normalmente, la redención les llega irremediablemente con el paso del tiempo, cuando los errores todavía frescos de sus sucesores y la maleabilidad de la memoria va puliendo paulatinamente su legado. Ahora, en un avance tal vez más burdo pero desde luego también más rápido, se amnistían a su antojo. Esperemos que nunca se les ocurra como una "necesidad" de la que "hacer virtud" el prescindir directamente y para siempre del voto ciudadano, por aquello de no gastar innecesarias energías en mantener el paripé de que realmente rinden cuentas ante alguien que no sean ellos mismos.

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