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Cristina Losada

La caída del imperio gallego

¿Bastaría con inventarse que iba a haber un vuelco para que hubiera un vuelco? Ilusionados por la promesa, llegaron a Galicia enviados especiales.

¿Bastaría con inventarse que iba a haber un vuelco para que hubiera un vuelco? Ilusionados por la promesa, llegaron a Galicia enviados especiales.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el candidato del PSOE, Xosé Ramón Besteiro (dcha), saludan al comienzo del mitin de cierre de campaña. | EFE

Estas elecciones gallegas eran una prueba del poder de la propaganda, que hoy circula con el nombre de "relato". Quiso la fatalidad que el test se hiciera en el lugar donde se gestó la primera gran campaña de desinformación del siglo XXI, que fue cuando el Prestige y tuvo éxito. Ahora se iba a ver si un bombardeo propagandístico era capaz de modificar pautas de voto muy asentadas. El bombardeo no tenía precedentes en unas elecciones como las gallegas, que nunca se consideraron dignas de mayor atención nacional, porque se daba por hecho el resultado. Esta vez era distinto. Tenía que ser distinto.

Al voluntarismo del BNG, verbalizado hace algunos años, de extender la idea de que la presidencia de la Xunta estaba a su alcance, se unieron de pronto los designios y deseos de Sánchez. Era la oportunidad de asestar en Galicia un golpe letal al principal partido de la oposición y a su jefe. Quitarles la autonomía donde han gobernado siempre, salvo por dos breves paréntesis, era una pera en dulce para un amargado. Podía presumir de aval gallego a su consorcio con el separatismo y de que el invento plurinacional refleja la sensibilidad de la gente. Y dejar a Feijóo como el más nefasto y negado de los líderes. Un plan perfecto.

Por qué no iba a ser como en el 23-J. Sólo era cuestión de hacer campaña, de que calara, gota a gota, chaparrón tras chaparrón, el mensaje adecuado. Qué importa lo tozuda que sea la realidad, cuando puedes cambiarla con el "relato". Y el "relato" de nacionalistas y socialistas coincidía. La idea era extender la idea. Lo de la profecía autocumplida. Por tierra, mar y aire difundieron la nueva de que Rueda iba a perder la absoluta. Seguro. Ahí estaba el CIS, imbatible. Mientras el Bloque se maquillaba para pasar por un "peneuve" un poquito izquierdista, los socialistas desembarcaron a lo grande, con sus peores demagogos y sus mejores cómicos. Fue un espectáculo de luz y sonido en el que el pobre Besteiro no encontraba su lugar. Y es que no lo tenía.

¿Bastaría con inventarse que iba a haber un vuelco para que hubiera un vuelco? Ilusionados por la promesa, llegaron a Galicia enviados especiales. Venían a ver la caída del imperio del PP, y a contarla. Por primera vez había emoción en unas gallegas. La segura derrota de Rueda iba a hacer rodar, nunca mejor dicho, la cabeza de Feijóo. Tanto hablar de Waterloo para acusar a Sánchez de malas cosas y en tierras gallegas iba a producirse su Waterloo. Qué tremenda revancha. Pero, ¡ay¡ no pasó lo que tenía que haber pasado y la noticia fue otra. O no fue. Y como la noticia no fue, las elecciones gallegas dejaron de ser.

Las elecciones que iban a ratificar que Sánchez es bueno y Feijóo es malo, a demostrar que la amnistía es buena y la protesta contra la amnistía, una mentira, y a dejar claro que el nacionalismo es lo mejor del mundo después del socialismo —o a la par—, resulta que dejaron de ser todo eso y pasaron a ser otra cosa. Pasaron a no ser nada. De elecciones de impacto nacional, ¡lo nunca visto! ¡que pierde el PP! descendieron al sótano de asuntos locales gobernados por claves comarcales, imposibles de proyectar más allá de las cuatro provincias del noroeste. Pobres enviados especiales. Ir a ver la caída del imperio y tener que reportar algo que a nadie interesa: que sigue intacto. Resulta que no basta con inventarse que va a haber un vuelco para que haya un vuelco. Ayuda, pero no es suficiente. Incluso puede tener efectos imprevistos. Pero sería erróneo concluir de este curioso episodio que la propaganda carece de todo poder y efectos. El que piense que no los tiene y que puede hacer política sin contrarrestarlos, se equivoca.

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