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Santiago Navajas

Bodorrio y ejemplaridad

Felipe VI, a diferencia de su padre, sí ha entendido que la monarquía es demasiado importante para dejársela a los monárquicos.

Felipe VI, a diferencia de su padre, sí ha entendido que la monarquía es demasiado importante para dejársela a los monárquicos.
Juan Carlos I en la boda del alcalde de Madrid. | Archivo

Si hay una palabra que la clase política española desconoce es ejemplaridad. El filósofo español Javier Gomá tiene dedicada nada menos que una tetralogía al asunto. Y mira que se lee fácil a pesar de su densidad y complejidad, pero se ve que el político medio está demasiado ocupado leyendo los sumarios en los que son acusados de corrupción o los artículos que se dedican a criticarlos. El ministro Óscar Puente ha puesto a medio ministerio a chismorrear buscando los epítetos con el que lo clasifican en prensa y radio. Ojo, que lo que hoy es chismorreo, mañana se puede convertir en persecución y acoso. Véase a Nicolás Maduro, ese ídolo de socialistas españoles al estilo de Zapatero y Ábalos.

Define Javier Gomá "ejemplaridad" como la voluntad de proponer un criterio ético sobre lo estético. De crear un modelo donde lo bueno sea la guía de la acción moral y política. De tener en cuenta un ideal de indulgencia, benevolencia y dignidad. Un modelo y un ideal que debe ser encarnado por todo el mundo, pero sobre todo por figuras de autoridad, de los padres en la familia a los líderes en la sociedad. La falta de ejemplaridad es lo que llevó a Juan Carlos I a abdicar aunque no se hubiese demostrado que hizo nada ilegal en cuanto a tráfico de influencias.

En mi cuenta de Twitter propuse una encuesta sobre la invitación al exrey a la boda del alcalde de Madrid. Las alternativas eran "un error", "una vergüenza", "la derecha es así" y "magnífico". Ganó por goleada, 850 votos después, la opción de que había sido una opción excelente por parte del alcalde. Sin embargo, cuando tenemos en cuenta los argumentos a favor que me daban los partidarios de la decisión de Almeida el resultado final se deshacía como un azucarillo de ingenuidad (o un hielo de cinismo) en el aguardiente de las falacias.

En primer lugar, me comentaban, el exrey era invitado por parte de la novia, que es familiar. Pero una boda no es un cumpleaños y aunque la propuesta venga de uno es asumida por ambos. Almeida es también responsable de la misma. Además, la repercusión pública de un acontecimiento privado en el que participa le concierne.

También me decían que el exrey no había cometido ninguna ilegalidad, pero su abdicación no fue voluntaria precisamente, sino obligado por un escándalo que ponía en cuestión la misma legitimidad de la monarquía.

Más ingenua todavía es la razón de que es "su" (de la pareja de felices novios a los que felicito) decisión, como si las decisiones no pudiesen ser evaluadas y criticadas. En este sentido, se combinan dos factores. Los que son incapaces de ver la viga en el ojo propio. Cuando Pablo Iglesias compró su mansión también fue criticado, con razón, porque chocaba su decisión privada con su imagen moral pública. Evidentemente, nadie tiene que pedir permiso para casarse o para comprarse una casa. Pero también trivialmente todo el mundo puede ejercer la crítica, positiva o negativa. Salvo que la monarquía parlamentaria española se haya convertido en una monarquía absoluta al estilo de Emiratos Árabes Unidos. Un alcalde es una figura pública, por lo que incluso en sus asuntos privados debe tener en cuenta su repercusión y significado social. También la mujer del alcalde-césar debe parecer honesta, además de serlo.

Del mismo modo, lo que está en cuestión de la decisión del alcalde de Madrid es que no haya tenido la misma prudencia que ha demostrado la Casa Real en su trato con el exrey. El único argumento consistente habría sido que, a pesar de todo lo que ha hecho Juan Carlos I contra sí mismo y contra la institución monárquica, es hora de ir pasando página para volver a colocarlo en el lugar que le corresponde en la historia de España como protagonista de la Transición. Pero este argumento no lo propuso nadie, quizás porque intuyen que para ello debería dar más pasos el propio exmonarca.

Por otro lado, y en relación con la opción que sugerí de que "la derecha es así", tiene razón Federico Jiménez Losantos cuando se evidencia en estos shows mediáticos que sigue habiendo nostalgia en ciertos sectores conservadores, tan castizos como casposos, de una corte real, sustituyendo la sangre real por las influencias burocráticas y a los nobles por los bufones con ínfulas. Felipe VI, a diferencia de su padre, sí ha entendido que la monarquía es demasiado importante para dejársela a los monárquicos (los primeros que dejan en la estacada a sus reyes, por cierto).

El colmo de la hipocresía es de los que adujeron que era un acontecimiento privado mientras veían la retransmisión de la ceremonia por Telemadrid. Ese fin de semana se habrán celebrado en Madrid decenas de bodas, así que supongo que los creyentes en lo del acontecimiento privado pensarán que en la televisión pública madrileña sortean cuál de las bodas "privadas" emiten. En esta dirección, otros planteaban la falsedad de que es un acontecimiento irrelevante, lo que es refutado por las horas dedicadas en todas las televisiones. Aunque quizás quieren decir que es irrelevante como tema político más allá del chismorreo. Pero esto lo único que muestra es que aunque vivamos en una monarquía parlamentaria hay muchos que siguen asumiendo una condición de súbditos en lugar de ciudadanos.

Toda esta sarta de incongruencias, medias verdades e hipocresías revela que España es un país con una falta de cultura pública atroz. Empezando por los que deberían ser sus líderes en ejemplaridad. Ayer, Pablo Iglesias. Hoy, Almeida. Sánchez, siempre. Un líder político tiene que ser honesto y parecerlo. Y un ciudadano no debe rebajarse jamás a ser, como José Luis López Vázquez en Atraco a las tres, un esclavo y un siervo. Sí un amigo y un admirador. Pero esto último consiste en decir la verdad por muy incómoda que sea.

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