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EDITORIAL

Begoña Gómez no es España

Sánchez necesita estas cortinas de humo para desviar el foco de atención de sus problemas políticos aunque ello suponga dañar la imagen de España.

La respuesta del Gobierno sanchista a las palabras de Javier Milei sobre los problemas de corrupción del círculo del presidente español está siendo ridículamente desproporcionada. La llamada a consultas de la embajadora española en Buenos Aires "sine die" y la amenaza de nuevas represalias ordenadas por canciller español, José Manuel Albares, son más propias de dos países al borde del enfrentamiento bélico que de un rifirrafe anecdótico ocurrido durante el mitin de un partido político.

Sánchez sobreactúa, como cada vez que conviene a sus intereses, para desviar el foco de atención de los problemas de su Gobierno con la corrupción y, muy especialmente, de su esposa, investigada por presunto tráfico de influencias al frente de su cátedra de la Universidad Complutense. Lo hizo cuando decidió ausentarse de la presidencia del Gobierno durante cinco días para reflexionar sobre la política, el fango y el amor y lo está haciendo ahora con este paripé en el que ha involucrado el nombre de España, poniendo al servicio de sus intereses personales toda la maquinaria del Estado.

La megalomanía del personaje le lleva a confundir la honra pública de su círculo más íntimo "con la dignidad que representa la democracia española", como si la mención de los problemas judiciales de su esposa por asuntos de presunta corrupción fuera un ataque inaceptable a los principios democráticos. Esa es la estafa intelectual sobre la que el sanchismo está armando su ofensiva contra la prensa libre, para que cualquier crítica a los socialistas o a sus socios sea considerada un ultraje a la democracia que el Gobierno se va a encargar de castigar.

Pero Sánchez tiene la piel demasiado fina para andar encabezando un Gobierno lleno de lenguaraces y maledicentes profesionales, como hemos podido comprobar en no pocas ocasiones en los últimos meses. Nada más conocerse el anuncio de la visita a España de Javier Milei para participar en un acto de Vox, el Gobierno social-comunista abrió la veda del insulto y los ministros entraron en abierta competición para ver quién denigraba con más saña al mandatario argentino. Consumidor de drogas, negacionista que atenta contra la democracia, gobernante del odio y el autoritarismo, líder de extrema derecha, estridente, delirante, reaccionario y, cómo no, fascista, son tan sólo algunos de los insultos que Sánchez y sus ministros han lanzado contra Javier Milei de manera reciente. Personajes tan atrabiliarios como los autores de estas injurias no pueden hacerse los ofendidos cuando el político objeto de sus sucios ataques se limita a constatar un hecho evidente: que el círculo cercano de Sánchez tiene problemas judiciales relacionados con la corrupción.

Sánchez necesita estas cortinas de humo para desviar el foco de atención de sus problemas políticos aunque ello suponga dañar la imagen de España, duramente socavada con este último episodio, en el que nos ha llevado a una crisis diplomática con un país tan cercano como Argentina. En vísperas de la campaña para las elecciones al Parlamento Europeo, donde las encuestas vaticinan un nuevo varapalo a los socialistas, el sanchismo trata de embarrar el campo con este tipo de operaciones ridículas que, en realidad, solo sirven para que sus problemas de corrupción adquieran una gran difusión también en el exterior.

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