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EDITORIAL

Un error para Palestina, Israel y España

Lo último que necesita la sociedad palestina para llegar a la paz es que los más violentos puedan presumir de que gracias a sus salvajadas se consiguen avances políticos.

Todo lo que hace Pedro Sánchez es en beneficio propio y suele ser a corto plazo. La campaña propalestina que inició hace meses sólo se explica por su intento de obtener en el ámbito internacional los réditos políticos que la situación política en España y la parálisis parlamentaria le impiden obtener con su gestión como presidente.

De hecho, no es baladí que la decisión se anuncie en este momento, a menos de veinte días de las elecciones europeas y en mitad de una semana en la que el PSOE va a tener dos grandes derrotas parlamentarias: la del pasado martes sobre la abolición de la prostitución y la previsible de este jueves con la Ley del Suelo. Unas derrotas con las que queda más que en evidencia la debilidad del Gobierno y la parálisis legislativa a la que ésta nos aboca.

Lo peor del asunto es que, como cabría esperar, las decisiones tomadas por un interés cortoplacista y personal difícilmente tendrán un efecto positivo en el ámbito al que se dirijan. Y si estamos hablando de un asunto tan complejo como el conflicto palestino–israelí, que lleva arrastrándose casi un siglo y que es extremadamente difícil de solucionar, entrar como un elefante en una cacharrería es garantía segura de desastre.

Eso es exactamente lo que ha conseguido Pedro Sánchez con su intervención en la guerra entre Israel y Hamás: una serie de despropósitos que no son buenos para nadie, ni siquiera para esos palestinos a los que se supone que Sánchez quiere ayudar. Porque lo último que necesita la sociedad palestina para llegar a la paz es que los más violentos puedan presumir de que gracias a sus salvajadas se consiguen avances políticos y eso es, exactamente, lo que está haciendo ya Hamás, porque ese es el mensaje que les ha mandado Sánchez.

Por supuesto, tampoco es bueno para Israel, que ya tiene que gestionar un rechazo antisemita atroz en todo el mundo y al que estas maniobras políticas bastardas no ayudan. Pero sobre todo: es malo porque envalentona a su enemigo y hace mucho más difíciles las conversaciones para rescatar a los casi 130 israelíes que Hamás sigue manteniendo secuestrados en condiciones infrahumanas y sometidos a torturas y abusos de toda índole.

La paz necesita socios fiables y confiables como sí lo es Israel y como quizá podría llegar a serlo alguna facción palestina, desde luego no Hamás, un grupo de asesinos y violadores envalentonados porque logran con sus matanzas lo que no se ha logrado durante años de presión política,

Finalmente, este reconocimiento tampoco es bueno para España y no lo es por varias razones, entre ellas que nos aleja de la centralidad en la Unión Europea: nos hemos desmarcado de cualquier atisbo de política común y sólo nos han seguido dos países de escasísimo peso como Irlanda y Noruega.

La resolución es mala para España también porque nos enfrenta a Israel, un país que ha sido un aliado fiel, que es parte de occidente y que, tanto por historia como por razones geopolíticas, es nuestro amigo natural en una zona del mundo muy importante pero en la que sólo se encuentran dictaduras y regímenes teocráticos. Un país con mucho que ofrecer en muchos terrenos: la tecnología, la cultura, la seguridad…

Y no es buena para España porque nos descalifica como parte de la solución de un conflicto a la que podríamos aportar mucho: hay que recordar que Madrid fue la sede de la primera gran conferencia de paz entre israelíes y palestinos y lo fue por algo. Ahora, sin embargo, ya identificados sólo con una de las partes cualquier aportación de España a la solución del conflicto será inmediatamente rechazada por la otra.

Más allá de las sutilezas políticas, lo más terrible de decisiones como la que ha anunciado este miércoles Sánchez es que van a costar vidas porque alejan la paz. Vidas de israelíes pero sobre todo de palestinos porque sí, estamos ante un conflicto desigual. Y si Pedro Sánchez no fuese el ser amoral y carente de toda empatía con el resto de la humanidad que es, una parte de esas muertes debería recaer sobre su conciencia. Por suerte para él y desgracia para los demás, nuestro presidente no sabe lo que es eso.

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