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José T. Raga

¡Maldito dinero!

Quienes pontifican, al menos teóricamente, contra el dinero, de hecho, son los que más lo desean.

Quienes pontifican, al menos teóricamente, contra el dinero, de hecho, son los que más lo desean.
Christine Lagarde | EFE

No teman, porque el título no indica que mis neuronas hayan cambiado de cómo razonaban la semana pasada. Además, el dinero no es maldito; maldito puede ser el corazón perverso de los humanos.

Quisiera comenzar hoy por una contradicción social, consistente en que, quienes pontifican, al menos teóricamente, contra el dinero, de hecho, son los que más lo desean. Por respeto a opinión más autorizada, citaré una enseñanza de mi Maestro (q. e. p. d.), del siguiente tenor: el dinero nos gusta a todos, pero quienes matan por dinero, son los de izquierdas.

La frase no puede tomarse en su estricta literalidad, aunque no seré yo quien la desmienta, estando seguro de que no era voluntad del dicente que su expresión constituyera una declaración formal de realidades.

Lo cierto es que, la historia está repleta de renuncias a los atributos más nobles del ser humano, a cambio de prebendas, directa o indirectamente relacionadas con el dinero o los bienes materiales, a los que se tiende por posición social, poder político o prestigio profesional, aún a sabiendas de su falsedad.

En casos semejantes, yo prefiero tomar el relato del Génesis [25, 29-34], cuando Esaú llegaba desfallecido del campo y, al ver a su hermano Jacob preparando un guiso apetitoso de lentejas, le pidió que le diese de comer, a lo que Jacob contestó: "Véndeme ahora mismo tu primogenitura", a lo que Esaú accedió, "menospreciando la primogenitura".

¡Cuántos hoy menosprecian su dignidad, por un plato de lentejas!

Porque, el dinero, para bien o para mal, existe desde antiguo, no sólo como unidad de cuenta, sino como medio de pago. Un dinero que, abandonada la moneda de metal precioso –oro, plata, bronce…– por sí mismo, no vale lo que representa –mil euros es un trozo de papel, como tal, de valor insignificante–.

Además, la cantidad de dinero que manejamos los particulares, poco o mucho, los de izquierdas y los de derechas, gobernantes, familias y empresas, no es algo caprichoso; cuando aumenta el dinero disponible, en el sector público y en el privado, manteniendo inalterados los bienes comerciables, los precios de estos aumentarán necesariamente, en busca de un equilibrio, porque, bienes hay los producidos, ninguno más.

Facilitar el acceso al dinero, que haya mucho y barato, genera una capacidad de compra superior a los bienes disponibles en el mercado; esta presión demandante sobre los bienes ofrecidos, la resuelve el mercado elevando los precios: INFLACIÓN.

Pues bien, la señora Lagarde, presidenta del BCE, en momentos de inflación, y esperando mayor inflación en el próximo futuro, se ha permitido abaratar el dinero, disminuyendo su precio –tipo de interés–, si bien ha añadido que esto no significa que vaya a ser así en el futuro próximo. Es decir, inversores, empresarios… no piensen que todo el monte va a ser orégano, pues, de momento, empezará, contrariamente, a reducir su cantidad, reduciendo las compras de deuda y otras acciones que no menciona.

Es, exactamente, lo contrario a lo que necesita la economía real, que precisa planificar sobre hechos ciertos, o al menos probables, no sobre ocurrencias o veleidades.

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