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Pablo Molina

Eco-munistas

A Gaia, lo que de verdad le revienta es la gente de ciudad que ataca a los que trabajan en el sector primario, gracias a cuyo esfuerzo la vida vegetal y animal luce esplendorosa.

A Gaia, lo que de verdad le revienta es la gente de ciudad que ataca a los que trabajan en el sector primario, gracias a cuyo esfuerzo la vida vegetal y animal luce esplendorosa.
Algunos grupos de ecologistas se han sumado al paro demostrando una vez más lo acertado de su apodo sandía; son verdes por fuera pero rojos por dentro | C.Jordá

Los ecologistas aprecian mucho la imagen bucólica del agricultor que se desloma en sus tierras cuando viajan en sus vehículos de alta cilindrada camino del monte o la playa, a pasar un día en familia. Muchos de ellos tienen una segunda residencia en zonas protegidas, unas propiedades que podrían derruir para devolver la parcela al estado de naturaleza inicial y dar ejemplo a los agricultores y ganaderos, cuyas explotaciones quieren eliminar para que a la Madre Gaia se le pase el enfado y no nos castigue con el calentón global.

Pero a los númenes telúricos no les molesta que un obrero agrícola cultive la tierra o que un pastor saque sus animales al monte. De hecho, son dos actividades que la Naturaleza agradece extraordinariamente, porque cuidan las arboledas, aumentan la biomasa y protegen de los incendios. A Gaia, lo que de verdad le revienta es la gente de ciudad que ataca a los que trabajan en el sector primario, gracias a cuyo esfuerzo la vida vegetal y animal luce esplendorosa.

La mafia europea del ecologismo izquierdista está fomentando la ruina del sector agroalimentario y, en consecuencia, la destrucción progresiva de los entornos naturales donde se asientan estas explotaciones. Si Bruselas se preocupara de verdad del medio ambiente fomentaría la vida rural y promovería la economía primaria para asentar a las poblaciones autóctonas y crear economías vinculadas a la tierra. En su lugar, la UE acaba de aprobar una ley que llevará a la ruina a miles de pequeños propietarios y a la indigencia a millones de trabajadores agrícolas y ganaderos, que ya solo podrán sentarse en un ribazo a mirar a los señoritos cuando pasen por la vereda haciendo senderismo.

La pérdida del 40% de las tierras cultivables es una tragedia en términos económicos y una catástrofe para los ecosistemas donde están situados. Eliminen a los agricultores, ganaderos y cazadores de un sitio y en menos de 20 años se habrá convertido en una zona degradada imposible de visitar. Eso, si antes no la destruye un incendio.

La idea de acabar con el terreno productivo para impedir la soberanía alimentaria y que nuestra comida dependa de países terceros es una estrategia impresionante a favor de Marruecos, cuyos productos ya entran en nuestros mercados sin ningún control. En unos años dependeremos del Sultán para comer, un éxito incontestable del lobby marroquí, enquistado en la UE con la ayuda de la izquierda apátrida y su brazo ecologista.

La única opción para mantener viva la agricultura, reducir la desertificación y evitar un estallido social de dimensiones hasta ahora desconocidas es una rebelión a todos los niveles contra la dictadura eco-munista que amenaza con llevarnos todos a la ruina. En algunos países ha comenzado ya.

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