El rapto de Europa
Si persisten en sus políticas liberticidas, la extrema derecha seguirá creciendo.
La izquierda nos advierte de que la vieja Europa, quizá ya no tan lozana como lo fuera la hija de Agénor en el momento de su rapto, está siendo secuestrada por la extrema derecha. Lo prueban los resultados de las últimas elecciones en el continente, donde, en Portugal, Rumanía y Polonia, los ultras han avanzado significativamente. Tanto, que en el país hermano los socialistas han quedado reducidos a tercera fuerza.
Lo sensacional no es el hecho, que por otra parte no es nuevo, sino cómo lo explican. Atribuyen el avance a factores socioeconómicos. También le echan la culpa a la derecha tradicional que, al asumir parte del discurso extremista, lo legitiman. Son dos tonterías. Las crisis económicas que empobrecen a la población siempre han favorecido a la izquierda. Por eso los socialistas en el Gobierno degradan la educación pública, para que los hijos de los pobres no puedan competir con los de los ricos y sigan siendo pobres y les voten a ellos. Por la misma razón favorecen el paro y el trabajo precario, para conservar sus bolsas de votantes. Por otra parte, si es cierto que la derecha tradicional asume postulados de la extrema derecha, tendrían los socialistas que mirarse al espejo y preguntarse qué hacen ellos con las ideas de la extrema izquierda, que no es que las asuman, es que se las cuelgan de las orejas, lo que los hace aún más feos de lo que ya son. La verdad es que el electorado les está dando la espalda por sus políticas woke, desde luego, pero por encima de todo, por las que traen pobreza y miseria.
Aun así, la extrema derecha no crecería tanto si la derecha se hubiera mantenido fiel a sus ideas. Cobardona y medrosa, prefirió hacer suyos muchos de los dogmas del catecismo de la izquierda, convencida erróneamente de que lo eran también de la sociedad. Me refiero, por supuesto, al aborto, al matrimonio homosexual, a la banalización de la familia y a las leyes de discriminación por razón del sexo (o del género). Pero, sobre todo, lo que el electorado rechaza son las políticas intervencionistas que coartan las libertades de toda clase. Viendo sus votantes que sus partidos conservadores no defendían sus valores, decidieron dar su voto a otros más dispuestos a hacerlo.
Si en España todo eso no significó un vuelco en las elecciones de 2023 fue sobre todo por la traición de las derechas catalana y vasca. Éstas prefieren perseguir su sueño independentista, que exige la previa destrucción de la nación española, antes que ser fieles a sus conservadoras ideas. Y si lo primero es la destrucción de nuestra nación, qué mejor que hacer presidente a un socialista.
La cuestión es cómo va ahora Europa a lidiar con esta realidad. Tiene a una presidenta de la Comisión que sólo sabe pastelear y siempre que sea con los socialistas. Hace tándem con un presidente del Consejo que, con ser una persona cabal, no deja de ser un socialista. Y de guinda, tiene a una vicepresidenta encargada de la transición ecológica, que es tanto como decir del suicidio económico de Europa, que además de socialista, tiene menos luces que un árbol de Navidad en febrero. Bruselas necesita gente nueva para una política nueva que sea en verdad liberal-conservadora y no un gazpacho cocinado por socialistas y democristianos. Si persisten en sus políticas liberticidas, la extrema derecha seguirá creciendo.
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