
Murió el golpista Antonio Tejero el mismo día que el presidente del Gobierno desempolvaba los documentos clasificados del 23-F por lo suyo. La coincidencia es casi literaria. Pero más allá de la metáfora coyuntural, la muerte del primero nos enfrenta a una cuestión más profunda: ¿la muerte absuelve?
Es norma en la sociedad española lamentar en el entierro la muerte del fallecido. El refranero español rebosa de sentencias sobre el caso: "No hay que hacer leña del árbol caído", "El muerto al hoyo y el vivo al bollo"… Nobleza obliga, parecen señalar estas y otras muchas sentencias. Pero también es muy hispano heredar rencillas familiares que pasan de padres a hijos. Desgraciadamente, esos odios enquistados en el mundo rural ya en decadencia se han rehabilitado en las rivalidades políticas. Los partidos han sustituido a las familias para odiar al vecino por generaciones.
Olvidar el agravio puede ser saludable para la convivencia. Superar el rencor es inteligente. Pero recordar los hechos no es rencor, es pedagogía cívica.
La historia está llena de figuras cuya grandeza convivió con sombras profundas. Isaac Newton, quizá el mayor científico de todos los tiempos, formuló las leyes que explican el movimiento del universo y, al mismo tiempo, arruinó reputaciones científicas y se adueñó de logros de otros por pura obsesión y ambición personal. Thomas Edison, inventor brillante, desacreditó y saboteó públicamente a Nikola Tesla y utilizó prácticas empresariales muy sucias. Churchill fue decisivo para derrotar al nazismo, pero sostuvo convicciones imperiales y decisiones que hoy serían moralmente inaceptables. Pablo Picasso revolucionó el arte del siglo XX mientras devastaba emocionalmente a varias de las mujeres que compartieron su vida. El genio no inmuniza contra la miseria moral. Hay comportamientos aún más miserables, el de aquellos que carecen de obra alguna que los redima, como el maoísta Pol Pot, que convirtió el delirio ideológico de los Jemeres Rojos de Camboya, en un colosal genocidio (2 millones de personas, 1/3 de la población de Camboya. En sólo 4 años).
¿Qué enseñan estos casos? Que la obra puede ser admirable y el carácter deplorable. Que el poder sin límites, el ego desmesurado o el fanatismo ideológico generan daños que la muerte no borra. Y que la indulgencia social hacia el talento o la fuerza suele confundirse con absolución.
Por eso la cuestión no es si debemos insultar al muerto. No se trata de escupir sobre su tumba. Se trata de no convertirla en altar.
Antonio Tejero no fue un militar pintoresco ni un romántico trasnochado. Fue el rostro visible de un intento de quebrar el orden constitucional que los españoles se habían dado en 1978. Aquel 23 de febrero de 1981 no fue una anécdota folclórica: fue una amenaza real contra la democracia naciente. Recordarlo el día de su muerte no es falta de piedad por el que ya no puede defenderse, es rigor histórico. ¿Por qué no censurar su comportamiento soez como militar sin miramientos si arrastró por los suelos el comportamiento ejemplar de la Guardia Civil, mientras sus miembros morían en el País Vasco en defensa de la Constitución y la libertad?
¿Por qué habríamos de callar cuando muera Mertxe Aizpurua Arzallus para no ofender su memoria, si tal memoria nos recordará siempre que al día siguiente de que la Guardia Civil liberase a Ortega Lara del Zulo donde ETA lo tuvo enterrado en vida durante 532 días, titularan en el periódico del que era directora: "ORTEGA VUELVE A LA CÁRCEL". (2/7/1997. Egin, después Gara). Se puede convivir con la existencia de alacranes, pero jamás olvidar llevar un antídoto encima para no volver a ser sorprendidos. La memoria no es venganza; es antídoto.
Un ejemplo menos cruento, pero más nocivo políticamente es el de Jordi Pujol. 96 años. Se puede decir sin temor a equivocarse que tiene el dudoso honor de haber introducido en España el virus de su disolución como una nación de ciudadanos libres e iguales. Podrán despotricar contra el folclórico Puigdemont, contra el sinuoso Oriol Junqueras y ERC, pero el padre de todos ellos es Jordi Pujol. Y la plasmación de todos ellos, ya sin filtros ni máscaras, es la angélica Silvia Orriols. El fruto más refinado de su "escola catalana i la immersió lingüística". Lo de menos es el 3%, la asociación ilícita, blanqueo de capitales, fraude fiscal, falsedad documental, cohecho, tráfico de influencias y malversación por los que está procesado. Lo demás es la destrucción del concepto de ciudadanía en Cataluña y su extensión al resto de España como trueque con Pedro Sánchez a cambio de poder. Pues bien, cuando muera Jordi Pujol, este país se asombrará de ver en pleno siglo XXI como se entronan y sacralizan faraones de hace 4.000 años. Con la complicidad de Salvador Illa, incluida.
Es responsabilidad de todos los hombres despiertos y capacidades intelectuales denunciar por tierra, mar y aire ese fraude histórico. España sobrevivirá como una nación libre y de iguales si se vacuna contra esa infección pujolista. Aunque por el rigor que están teniendo en Madrid con Rufián, ¡vamos aviaos!
Es una vergüenza, que Pedro Sánchez prefiera sostener su poder sobre la miseria moral votada por los que mataron en nombre de ETA, o infectaron España entera con el virus del pujolismo, que traer del exilio al Rey, artífice del fin del régimen institucional de la dictadura, de limpiar su poder de cualquier residuo franquista, de instituir una democracia modélica y de ser el baluarte como Jefe del Estado para acabar con el golpe del 23 de febrero de 1981.
Soy consciente que sus comportamientos extramatrimoniales, sus extravagancias de caza mayor en un tiempo que ya no entiende esa distracción y el dejarse agasajar con regalos y coimas son injustificables. No es el único culpable, durante décadas: políticos, periodistas, e instituciones del Estado guardaron un silencio cómplice de sus distracciones, sabiéndolas. ¿Por qué? Porque su figura era la garantía de la propia democracia. Y seguramente se acabó acostumbrando a la impunidad. Ni sus caprichos amorosos, ni las coimas con el que le agasajaron podrán restar nunca su contribución a la reconciliación nacional y a la consolidación de la democracia.
Juan Carlos creó estabilidad y libertad, Pujol enfermó a España y la enfrentó. Confundir compasión con absolución histórica erosiona la memoria colectiva. Pero su hijo Felipe VI, de ese error inmenso ha aprendido la lección como nadie. Hoy es un ejemplo para todos. Lo que es evidente es que los frutos de ETA y el pujolismo son una ponzoña envenenada que irá a más si la historia absuelve a los que la han engendrado. Porque cuando una sociedad decide que la muerte lava más limpio, corre el riesgo de trivializar el daño. Y cuando trivializa el daño, debilita los fundamentos que la sostienen.
Me temo que si no se rectifica esta doble vara de medir, se convertirá en una leyenda cuando vuelva a casa muerto. Muy propio de españoles: a burro muerto, cebada al rabo.
