
Doce o trece días lleva la ofensiva americana e israelí contra el régimen de los ayatolás y no hay nadie con cara y ojos que apueste por su triunfo. La unanimidad de expertos y comentaristas en vaticinar el fracaso es tan absoluta, que se echa de menos a alguien que diga lo contrario, aunque sólo sea por la salud del debate. Los únicos que creen que hay posibilidades de que la operación tenga éxito y permita un cambio de régimen son ciudadanos iraníes exiliados en distintos lugares del globo. Pero, claro, cómo les van a hacer caso. Son parte interesada. Se trata de su país, de sus aspiraciones a vivir en paz y en democracia, sin represión, sin matanzas y con igualdad de derechos y en las democracias occidentales no hay ahora mismo simpatía para tantos ideales. Se demostró en enero, cuando los mataban por protestar, pero ahora, cuando pesan tanto en la balanza disrupciones francamente incómodas, como la subida del precio del petróleo, se cierra del todo el grifo simpático.
La perversidad de la Furia Épica, a juzgar por lo que se va leyendo, es hoy su efecto sobre el precio del crudo, mientras que ayer era su falta de legalidad. No son excluyentes, cierto, pero el salto de las objeciones morales a las puramente materialistas resulta demasiado amoral. Incluso podría pensarse en lo ventajoso de centrar la cuestión en la legalidad para encubrir los verdaderos motivos del rechazo. Y hay que pensar también que la legalidad no garantiza los buenos resultados. En Libia, en 2011, se bombardeó con permiso y sello de la ONU bajo la doctrina de la Responsabilidad de Proteger (R2P) a la población, pero no se evitaron la guerra civil ni el caos. Su efecto duradero fue que Rusia y China decidieron no volver a permitir más operaciones bajo el principio de la R2P. Ante la guerra en Siria, con matanzas masivas y huida de cientos de miles de refugiados, no hubo intervención. Ni la legalidad ni los sofisticados Obama y Hillary ni el apoyo del Gobierno de ZP al bombardeo de Libia hicieron que aquello saliera bien.
Un problema extra lo tienen los que quieren hacer creer al público que todas las cosas buenas pueden ir juntas. Algo así como lo que ha dicho Bolaños: que están con los derechos humanos, con los valores democráticos, con el derecho internacional y con el pacifismo. La vida real es otra cosa. Es un mundo en el que unas potencias van a vetar en el Consejo de Seguridad cualquier intervención para proteger a la población civil en países que son aliados suyos. Es un mundo, por tanto, en el que hay regímenes dictatoriales y sanguinarios, que saben que gracias a sus buenos amigos tienen vía libre para vulnerar derechos humanos, atropellar valores democráticos, armarse hasta los dientes y lanzar ataques contra otros. Pero de ese mundo, que es el real, no quiere saber nada un Gobierno como el de Sánchez. La realidad no le va a estropear un cuento con el que ganar un punto y medio en intención de voto. Cada cual tiene los objetivos que tiene. A su medida. Y no son tan distintos los que persiguen otros que rechazan el ataque al régimen iraní con gran contundencia y dogmatismo. Lo que más quieren es que Trump fracase. Rezan para que los ayatolás resistan y hagan todo el daño posible, a ver si así acaban con el hombre naranja. Los del partido demócrata de EEUU van de ese palo. Y Europa está llena de imitadores.
