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La sonrisa de Dios

Dios aprieta, pero no ahoga, suele decirse. Y yo creo que lo que hace es sembrar el camino de miguitas de pan idénticas, para que lo podamos desandar cuando nos sintamos desamparados.

"¿Quieres ver reír a Dios? Cuéntale tus planes". Pienso mucho en esa frase cada vez que siento algo parecido a la esperanza. Que te den el soplo de tu vida, por ejemplo. "He visto contra quién compites en la última fase del proceso y lo tienes hecho, no te preocupes, el puesto es tuyo". Momentos así. Cuando estoy a un juego de ganar, en la pista de tenis, pero me toca sacar. Sánchez saliendo a hablar el 29 de mayo de 2023 para adelantar las elecciones. O el día que compré mi primer boleto de Euromillones y me fui directo a intentar firmar la entrada de cualquier mansión que me saliera en Idealista. Yo qué sé. Hay preludios en la vida que parecen tan perfectos, felicidades tan anticipadas, que no se pueden consumar. Suena lógico. La razón si eso ya nos la explicará Dios, cuando termine de reírse.

Pensé también en esa frase, qué remedio, este miércoles por la noche. Y me reí, mientras pensaba, yo creo que como una forma de reconciliarme con Él. Era esa risa mía un simple eco, la tenue proyección de otra carcajada más inabarcable, universal, que puede escucharse cuando se pone el oído en los sonidos de la creación: en el rumor divertido del viento, que le hace cosquillas a los animales; en el gracioso canto de los ruiseñores; en la risotada estúpida que nos entró a todos cuando el halcón Fede Valverde metió el tercero contra el Manchester City, todavía no sabemos cómo; y que no era otra cosa que el sonido que estaba produciendo Dios, a través de nosotros, para mofarse de los planes frustrados del antimadridismo.

Yo es una risa que conozco bien porque la he sufrido, cuando de quienes se reía era de los madridistas. En realidad fue antes de ayer cuando acabábamos de ganar la decimoquinta y fichamos a Kylian Mbappé, una forma como otra cualquiera de anunciarle al mundo el nacimiento de una nueva dinastía hegemónica en Europa, sobre los restos todavía intactos de la anterior. Lo que sucedió fue que se retiró Toni Kroos, algo así como la piedra diminuta que soportaba el equilibrio de todo el andamiaje. Y poco a poco el palacio se nos fue desmoronando bajo el peso mastodóntico de sus plantas superiores, es decir, de su descompensada delantera. La violencia de la caída debió ser la que catapultó a un Barça al que por entonces suponíamos al borde de la extinción, cuando lo único que estaba era desmayado en el otro extremo del balancín. Y mientras tanto se nos asfixiaba Dios, sin aire de la risa que le entra con cada sorpresa que consigue seguir colándonos. Llegados a este punto, lo más inteligente que se me ocurre es meterle todos mis ahorros a que esta Champions League la ganará el Atlético de Madrid.

Claro que siempre hay señales. Dios aprieta, pero no ahoga, suele decirse. Y yo creo que lo que hace es sembrar el camino de miguitas de pan idénticas, para que lo podamos desandar cuando nos sintamos desamparados. Se fue Messi y apareció Lamine Yamal. Eso era un guiño. Fichamos a un genio táctico español y lo echamos poco después del turrón, para sustituirlo por el entrenador sin experiencia del Castilla. Algo me suena. Llegamos a la Champions con más lesionados que titulares y de repente, de la nada, se abrió camino por nuestra banda izquierda la blanquísima sonrisa de Ferland Mendy, que no es la de Dios pero se le parece mucho. Murió sacrificado en el descanso contra el City y no sería de extrañar que resucite al tercer día para jugar la vuelta y liberarnos del pecado. En fin, tampoco me quiero anticipar. Ya hemos dicho que lo peor que podemos hacer es contarle nuestros planes a Dios, que no termina de reírse.

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