
Tal vez haya algo peor para un maestro toreador que un mal puntillero, pero sabido es que si el cachetero no se aviene bien con su oficio, lo que prometía ser una faena de orejas y rabo puede despeñarse velozmente por los tendidos, apagando pañuelos blancos, hasta llegar al ruedo sonando como uno o más avisos y oliendo a carnicería y a bronca. El respetable sabe de la muerte, pero no goza de la crueldad ni de la impericia . Y lo que es peor, cuando la puntilla ignora la ruta exacta de la anatomía del toro, este se levanta como electrizado por una descarga y se pone de pie con alto peligro para los testigos.
El puntillero es también un torero, miembro de la cuadrilla de los diestros de cartel. Su función es la de producir la muerte definitiva del astado por enervación, eliminando con máxima precisión la fuente vital de su energía. Si el puntillero es malo, torpe o poco afortunado con su oficio, daña el sistema nervioso del morlaco pero no lo desactiva. Al contrario, provoca la reacción opuesta, reaviva al animal y alarga la lidia.
En su floresta de anécdotas taurinas, José María de Cossío, anotando historias de Ángel Caamaño, refiere la del banderillero Malaver que, estando gravemente enfermo, recibió la visita de un amigo que esperaba encontrarlo en las últimas. Pero, para su sorpresa, estaba tomando el sol en un sillón de paja. Entonces le espetó: "Manué, ¿qué es eso? ¿Habemos echao pa juera la ruina?". Y el doliente le respondió: "Te diré. ¡Es que m'alevantao er puntillero!". Véase el poder de la mala puntilla.
Pero hay más. En la "Corrida del siglo", 12 de julio de 1987, se cronicó así: "Al sexto, después de dos avisos, vio cómo doblaba el toro, pero el puntillero lo levantó y sonó el tercer aviso. Rafael de Paula quiso matarlo después de ser ordenada la salida de los bueyes. Curro Romero y Paula fueron escoltados para salir de la plaza de Las Ventas y el torero sevillano fue presentado en la Comisaría de Policía." Los malos puntilleros traen desgracia.
Viene todo este introito taurófilo a lo ocurrido en las recientes elecciones de Castilla y León. Muchos esperaban que tras los descabellos de Extremadura y Aragón, el futuro de Pedro Sánchez fuera certeramente apuntillado este pasado domingo. Pero no ha sido así. Malherido, cierto es, se ha levantado desafiante gracias a la infame desidia de los puntilleros del PP y de Vox. Lo que iba a ser el triunfal arrastre de mulillas en Andalucía dentro de unos meses se ha convertido en una devolución a los corrales que divide las opiniones de respetable.
Ya sé que los análisis oficiales u oficiosos son otros. Que las derechas suman más del 55 por ciento de los votos. Que si se le suman los votos de otras derechas, casi llegan al 60 por ciento. Que el PP ha aumentado en votos y escaños su botín político. Que Vox ha obtenido su mejor resultado porcentual de todos sus intentos con casi un 19 por ciento. Que sí, que sí.
Que aunque el PSOE ha ganado 14.000 votos respecto a 2022, el PP ha ganado 56.000 y Vox casi 20.000 Que aunque ha subido dos escaños lo cierto que es que ha canibalizado los votos de toda su izquierda extrema (Podemos y Sumar) por lo que, en conjunto, su proyecto Frankenstein ha quedado seriamente dañado por falta de socios y expectativas. Que ha sido mala suerte la cosa de la guerra de Irán en plena campaña resucitando el NO a la Guerra más hipócrita y ruin que se haya visto.
Podremos vestir a la fiera como queramos, más si cabe en unas elecciones en las que los tres principales espadas de la terna han ganado escaños y votos. Pero en estos comicios celebrados tras los de Extremadura y de Aragón, no puede alegarse el razonamiento viciado de raíz de que ha ocurrido un triunfo sin precedentes de las derechas. Cierto es que en todas ellas rondan el 55 por ciento de los votos, pero eso es algo que sólo adquiere eficacia si ese poder se hace real y se lo convierte en potencia política para devolver cordura, valores, sentido nacional y espíritu de reforma profunda a lo que estamos soportando.
También es cierto es que si PP y Vox sumaran más del 55 por ciento en las próximas elecciones generales estaríamos ante un resultado espectacular que podría superar al obtenido por el PSOE en 1982 (202 escaños), que le legitimó durante más de una década para desarrollar la Constitución en algún sentido inquietante, no corregido sino agravado después. Un resultado igual o superior legitimaría a PP y Vox para emprender reformas sustanciales y deslegitimaría por mucho tiempo a una oposición de izquierdas dirigida por el derrotado Sánchez.
Pero lo que hemos visto entre cartel y cartel es que una vez obtenidos resultados apabullantes, tres seguidos, esa suma posible, aún no realizada, no opera como un actor político unido sino como un divisor trágico de las expectativas. Ni en Extremadura ni en Aragón se ha llegado a un acuerdo estratégico de fondo para servir a los votantes. Al contrario, se ha dado un espectáculo de cainismo que desanima a sus tendidos, que abroncarían si no fuese por el peligro que encierra el enemigo y la necesidad de sacarlo del ruedo ibérico.
Precisamente, lo que ha pasado, al menos psicológicamente, es que PP y Vox se han mostrado como unos muy malos puntilleros. Aun cuando sus aficionados han cumplido su parte, los cacheteros, con una fiera echada en tablas castigada por escándalos políticos, económicos y familiares, se han esmerado en fallar a conciencia sin traza ni responsabilidad y, claro, el cornúpeto se ha levantado dispuesto a pegar los puntazos que le dejen. Así que ya veremos en Andalucía y después.
Una vez, el propio Rafael de Paula y aquel mismo año, tras pinchar y pinchar con avaricia y descabellar todavía peor, logró dar la vuelta al ruedo con los tendidos en pie. Fue en Las Ventas. Pero fue un milagro y aquella vez no le falló el puntillero.
