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Torrente inteligente

Este Torrente crepuscular y metido a las bravas en política enlaza poderosamente con la tradición de la novela picaresca española.

Este Torrente crepuscular y metido a las bravas en política enlaza poderosamente con la tradición de la novela picaresca española.
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Santiago Segura es inteligente. Su cine es inteligente. Su última película, Torrente, presidente es de una inteligencia tan obvia, tan redonda, que sólo ofende -pero cuán profundamente…- a los que, por carecer de ella, se hinchan a presumir de tenerla en propiedad.

Se puede ser inteligente sin ser un intelectual. También sucede, y cada vez más a menudo, lo contrario: un empacho de ínfulas y de ideas recibidas, un mejunje de dogmas y de pretenciosas ininteligibilidades, una solemne fatuidad, se hacen pasar por profunda búsqueda de razón y de sentido. Sin serlo. Últimamente todavía es peor. La polarización política que desgarra el mundo, el nuestro y el de otros, tiene un correlato tremendo, una quintacolumna voraz, en predicadores mediáticos y de academia que creen que sólo valen sus ideas. Y que las del vecino, no es que no valgan. Es que ni ideas son.

De todos los interesantes cameos que trufan la película -y en los que no vamos a incidir para no molestar al admirado director, como trataremos por todos los medios de no hacer spoilers-, ninguno tan entrañable como el de Fernando Esteso, que quién iba a decir que lo hizo a las puertas de la muerte. El guiño de Segura a Esteso es un homenaje a un cine español aparentemente de brocha gorda (o sin aparentemente…) pero con un fuerte calado sentimental y social. Un retrato de cómo eran en verdad muchos españoles en el momento de rodarse aquellas películas. Esteso también era menos simplón de lo que se lo hacía. De serlo, no habría podido encarnar con tanta nitidez lo que encarnó.

La diferencia fundamental, a mi humilde modo de ver, entre Esteso y Segura es que el primero fue sólo un actor, es decir, una pieza de un ajedrez jugado por otros, mientras que Segura ha sabido hacerse con el control de la industria. De la suya y de la de todos, pues, aunque escueza recordarlo, su cinematografía es la única que pita en taquilla. Todo lo demás se te queda en nada si le quitas la subvención, el autobombo y los amiguetes, como cierta ministra viajando con cargo al erario público a la gala de los Oscars mientras su ¿partido? se hundía a plomo en las urnas. Qué metáfora, señores: gastando más cuando se representa menos. Orson Welles se habría puesto las botas.

Ni el éxito masivo es siempre sinónimo de inanidad (aunque lo diga David Uclés) ni es necesariamente garantía de calidad. Pero que te vean cuatro y les gustes a tres tampoco te da derecho a ponerte estupendo y a despreciar al público. Como cuando Silvia Abril ofendió sin venir a cuento a todos los creyentes lamentando que la fe esté "de moda", a raíz de la pegada de una película como Los domingos. Que tiene en común con Torrente, presidente la porosidad del punto de vista. Te va a interesar y a inquietar si crees en Dios, pero también si crees en todo lo contrario.

Algo así pasa con Torrente, presidente. Yo la vi en una sesión de domingo por la noche en Madrid. Me sorprendió que casi todo el público fuesen jóvenes varones con un aspecto que ciertas gentes definirían de "cayetanos". Sea. Pongamos que sí. Bueno, al salir les vi rascándose la cabeza a dos manos. Porque sí, porque la película hace pensar.

A quien sienta que ya está bien de wokerío asfixiante, de correctivo político (más que corrección política) y de cancelación de esto y de lo otro, Torrente, presidente le hará el efecto de una liberadora lluvia de caspa. Manda narices que la caspa haya acabado siendo algo tan transgresor. Dar tantas vueltas para que no se pueda decir, ni siquiera pensar, lo que se decía y pensaba bajo la censura franquista.

Pero a quien barrunte que la solución tampoco es tan sencilla, que no basta con echarle "huevos" y ya está, que el populismo que mucho abarca y promete, poco aprieta y cumple, más allá del estricto desahogo, Torrente, presidente también le reconciliará con la búsqueda de un término medio. Donde ni héroes ni antihéroes nos van a sacar del lío.

Este Torrente crepuscular y metido a las bravas en política enlaza poderosamente con la tradición de la novela picaresca española (y sólo por eso ya merecería el mayor de los respetos): el personaje no oculta que lo que le atrae del poder no es ni siquiera el poder mismo, sino las facilidades que da el poder para vivir de gorra y colocar a los amigos más clamorosamente impresentables. Torrente ha llegado a la conclusión de que sólo la industria política profesional garantiza hoy la máxima recompensa, por el mínimo mérito. Por debajo ruge amenazadora, inquietante, una pobreza creciente, lo mismo moral que material, las aristas cada vez más filosas y desiguales de una sociedad que hace tiempo que traicionó los sueños de la clase media, la promesa de que el esfuerzo conlleva prosperidad o cuánto menos seguridad. Ya no es así, y por momentos te sientes transportado a los tiempos del Lazarillo de Tormes. Cuando todo valía para no pasar hambre.

En la película no hay buenos ni malos. Sólo más o menos pringados y degenerados. Lo imposible ocurre porque lo posible ha dejado de ser consistente. ¿Es populista quien lo denuncia, quien saca tajada de ello…o quien nos ha llevado a esta situación?

A medida que el esperpento crece y crece, hasta salir de madre, yo me revolvía en la butaca y pensaba: ¿y de aquí, cómo se sale? Este pedazo de guión, ¿Santiago Segura cómo lo piensa rematar? Mis labios y mi pluma están sellados por la promesa de no hacer spoilers. Baste decir que el director le da una brillante vuelta de tuerca al socorrido recurso (en el cine y en la vida real) de las teorías conspiranoicas.

Volviendo a la multitud de cameos: Segura también le ha dado la vuelta a aquello de "Santiago y cierra España". Bueno, a este Santiago parece que se le da mejor abrirla. Su humor logra la proeza de involucrar a personajes tan ideológicamente significados y dispares, incluso a bestias pardas sectarias diametralmente opuestas entre sí, que es casi una sinfonía coral de nuestro tiempo. Una especie de retablo donde se recosen los cabos sueltos de la polarización. Un ágora explosiva donde se ríen de sí mismos (no sólo del resto) aquellos que menos te figurarías en cualquier otro contexto.

En resumen y para acabar: no hagan ni caso de los que les digan que Torrente, presidente es un mero encaje de bolillos, de tópicos y de caca, culo, pedo, pis. Al contrario, es una sátira inteligentísima de absolutamente todo, sin olvidar ese toque entrañable, esa humana camaradería con lo imperfecto, incluso lo cutre, que consigue algo así como un Quevedo para todos los públicos. Se den por enterados o no.

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