Decía Miguel Delibes quizás desmesuradamente, que puede resumirse la fórmula del neorrealismo italiano en la suma de la apología de la basura y desenlaces desesperanzados. En esta España expuesta día tras día en las pantallas, de televisión, de ordenadores y de móviles estamos experimentando un hiperrealismo, algo más descarnado, donde la basura se erige en protagonista de la vida política y civil.
La etimología cree que afina precisando que la palabra "basura", del latín versura, contra sentido de la acción de barrer, significando exactamente lo que queda después de haber barrido. Esto es, hay basura porque alguien ha pretendido limpiar y, al encontrarse con porquería, la aísla, la amontona y la recoge. Esto es, es la voluntad higiénica la que detecta la basura y la elimina.
Pero, claro, se detecta la basura cuando se tiene una idea clara de lo que es la desinfección, el saneamiento, la limpieza. Cuando se comienza a no diferenciar lo sucio de lo aseado, lo asqueroso de lo pulcro, lo cochambroso de lo impoluto, resulta imposible que se pueda aislar la basura, recogerla y tirarla después. No se distingue la mugre de lo impecable, la roña de lo inmaculado, la mierda de la excelencia. Se acostumbra uno a ella porque se ve natural.
Cada vez más sentimos en nuestros adentros que la política española es una basura organizada con detalle y mimo para favorecer a gentuza sin escrúpulos. Sí, ya sé que hay excepciones, no demasiadas, pero hay una creciente mayoría de españoles que consideramos con Pío Baroja que la política nacional es una basura, una porquería, un lodazal. Pero en esa visión no nos incluimos aun cuando deberíamos porque ver caca gansa en la propia nación y no limpiarla, es tan repugnante como producirla.
En la menguante, pero todavía vigente, democracia española, la basura es notable y a veces, como en la época felipista, o ahora, como en la sanchista, la peor de las peores. Pero permítanme, dado que la basura nacional ya nutre un pudridero bien extenso, que me centre en uno de sus elementos: las bolsas donde se almacenan, verdes, lilas o negras, éstas muy frecuentes y abundantes en todo tipo de contenedores y muy presentes en la historia de la basura política española.
No estoy cualificado para hacer una historia de las bolsas de basura en la corrupción española pero me atrevo a sugerir unas pistas. Seguramente, en el caso Flick, del PSOE al comienzo del mandato de Felipe González, ya hubo dinero metido en bolsas de basura, como las hubo después en el caso Naseiro del PP de Fraga y se suponen en el caso Juan Guerra. Ahora no quiero referirme a los maletines y por eso no hablo del Caso Ollero, donde se incautaron 20 millones de pesetas negras para comprar favores de la Junta de Andalucía de Manuel Chaves.
En el caso Gürtel, de nuevo con el PP en primer plano, también parece que las hubo además de los sobres, utilizadas por empresarios para el pago de favores administrativos. No digamos nada de los casos del 3 "per cent" en la Cataluña de Pujol; en el propio caso Pujol, donde se metía el dinero hasta en las ruedas de los coches; en el caso Púnica, del PP nuevamente, o en el caso Malaya de Marbella, donde las bolsas de basura iban y venían como palomas negras.
Más recientemente, recuérdese el caso de la UGT de Andalucía, caso en el que llegaban al edificio del sindicato bolsas negras de basura llenas de dinero más negro todavía. A nadie se le olvidará jamás el caso ERE y aquellos "dineros pa asá una vaca" que llegaban a la casa del intermediario ugetista Juan Lanzas en bolsas, aunque esta vez no hay constancia que fueran de basura.
Y cómo no, acabamos a asistir en directo, en las sesiones del juicio del caso Ábalos, Koldo o como le queramos llamar, al luso de grandes bolsas de plástico en las que se transparentaron los tacos de dinero que fluían de la faltriquera de un empresario a la segunda planta del edificio del PSOE en la calle Ferraz. 90.000 euretes de vellón en dos entregas de 45.000. Eso sin contar lo que no cabía en esas bolsas, porque eran putas, gatos, juergas o chaletes. (A saber en qué recipientes se metió el dinero del Plus Ultra, de Air Europa, de Delcy, de PDVSA…)
Todo esto son basura y bolsas, cierto. Material para una guía. Pero en España, el nivel de la inmundicia ha sobrepasado todos los límites legales y morales. Pocos lo recuerdan pero, en plena pandemia de coronavirus, los sanitarios españoles, a los que se cantaba por las tardes aquel voluntarioso "Resistiré" del Dúo Dinámico, tenían que ponerse bolsas de basura en la cara para preservarse del contagio.
"Ocurrió cuando los hospitales estaban saturados, cuando los sanitarios se «protegían» con bolsas de basura, cuando el gobierno de Sánchez compraba respiradores y material sanitario defectuoso a través de empresas que no tenían experiencia ni capacidad para hacerse con el material adecuado, pero que estaban regidas por los amigos del ministro o de alguien cercano al régimen." Así lo contó Rosa Díez en su libro La demolición. La gran traición de Sánchez a la democracia.
Espeluznante. Mientras los ciudadanos morían a miles en los hospitales y un falso Comité de Expertos dictaba normas de confinamiento, un ministro y altos cargos del gobierno y del Partido Socialista se forraban con el tráfico centralizado de mascarillas – demasiadas veces inútiles o defectuosas – con una indiferencia criminal ante el dolor de sus compatriotas. Unos cogiendo bolsas de basura llenas de dinero y otros usando bolsas de basura para no ser víctimas de la pandemia por no haber mascarillas suficientes. Esto es lo que se juzga en el Supremo.
Esa nación lleva mucho tiempo convirtiéndose en un basurero. Pero junto a los productores de bazofia estamos los que vemos y olemos día tras día las cochinadas y no hacemos nada. O nos dejamos trastornar por el síndrome de Diógenes y nos acostumbramos a vivir en medio del estiércol moral que nos invade o nos esmeramos en meter la basura nacional en bolsas, que para eso son, y la desterramos de la vida política nacional. Es el momento, cuando menos, del voto moral e inteligente.

