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Cambio de chaqueta

La fidelidad sin capacidad de crítica es 'fidelidad perruna'. Nada.

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Dos modelos de partido político dominan en España: los ganadores y los perdedores. El PP pareciera que es un partido ganador, sencillamente, porque está en el poder, pero a poco que se estudie su situación nadie diría que está comportándose como tal. La fragilidad de su poder es tan profunda que algunos ya lo presentan como un partido perdedor. Tendrá que aprobar, por ejemplo, los Presupuestos Generales del Estado mendigando el voto de los separatistas vascos; se mantiene en el Gobierno por el apoyo de Ciudadanos y la abstención del PSOE; ha perdido estrepitosamente las elecciones en Cataluña por culpa, según él, de Ciudadanos, al que sin embargo pide un diputado para formar grupo parlamentario; la justicia sigue juzgando a este partido por los múltiples casos de corrupción, y así podríamos seguir poniendo ejemplos para mostrar los pies de barro sobre los que se mantiene el PP.

Y sin embargo se nos objetará: el PP se vendrá arriba, recompondrá y volverá, en fin, a ganar porque es una máquina de poder. Quizá sea así, pero he aquí mis argumentos, que, aunque en forma condicional, ya no son solo ejemplos de que estamos ante un partido perdedor. Si el PP fuera un genuino partido ganador, sería capaz de relacionar, vincular y conciliar posiciones diferentes; y, sobre todo, no tendría miedo de la crítica y la autocrítica. Si el PP fuera un partido ganador, no trataría a sus socios a patadas, o peor, como enemigos. Es patético que culpen de sus males a Ciudadanos. Si el PP fuera un partido político solvente, no generaría malestar, fragmentación y exclusión en sus filas y en las de sus grupos ideológicos más próximos. Cuando el PP tacha de traidores, infieles y aprovechados a quienes abandonan el partido para entrar en otros, por ejemplo Ciudadanos, está entonando la palinodia más cacareada de un partido perdedor. Si en verdad el PP fuera un partido ganador, trataría de preguntarse y aclarar por qué abandonan sus filas antiguos y nuevos dirigentes, la militancia no crece, los votantes disminuyen, etcétera. Si el PP fuera un partido político con capacidad de renovación, entonces escucharía los argumentos de todos aquellos que antes lo votaban y en las próximas elecciones lo harán a Ciudadanos, al PSOE o se abstendrán…

Todos los que dejan el PP exhiben argumentos sólidos con una conclusión inapelable: desilusión. La política, en efecto, es antes que nada la capacidad de un partido político por crear ilusión, alegría y esperanza de comenzar de nuevo. Eso es lo que trae la nueva política. Eso es lo que ofrece Ciudadanos: la reconciliación de los contrarios. Eso es exactamente lo que critican los falsos moralistas de la política, los correctos periodistas al servicio del Gobierno, la capacidad de convivencia de gentes de distinto pelaje, procedencia e intenciones en Ciudadanos. Eso se llama ilusión y nada tiene que ver con los integristas que se disfrazan de integridad moral advirtiendo a Ciudadanos que se cuide de los que acuden en socorro del triunfador. ¡Integristas miserables! Es de todo punto inaceptable que los periodistas del PP afeen las conductas de quienes se marchan del PP, el PSOE o cualquier otra formación política para trabajar, votar o disfrutar observando el crecimiento de Ciudadanos, cuando tendrían que preguntarse por qué huye la gente de los otros partidos para refugiarse en Ciudadanos.

También resulta patética la crítica de quienes desprecian a Ciudadanos por que no tienen, dicen con facundia, "cuadros preparados" para gobernar. Falso. Pero, pongámonos en lo peor, supongamos que aún carecen de suficientes técnicos para gestionar bienes públicos. ¿Y qué? Si no los tienen ahora, pronto los tendrán. Llegarán a montones de otros lugares donde no les permitieron realizar sus tareas. Sí, sí, señores moralistas de la política, lo importante de Ciudadanos es que ha creado un espíritu público, un ánimo colectivo, una ilusión política que permite participar en esa empresa común a millones de ciudadanos que quieren cambios, empezando por los de camisa y chaqueta, ¿o es que acaso los cambios de muda política no son tan higiénicos como los de la ropa real? Los cambios de partidos no sólo son higiénicos sino trascendentales para la regeneración de la vida política. De la democracia.

La gente que huye de un partido político a otro, aparte de por algunos inconfesables intereses personales, lo hace por algo, sí, porque ha aprendido que su viejo partido no le satisface o ha sido incapaz de recoger sus energías. La gente que mantiene una fidelidad imperturbable al PP, a un partido que es incapaz de hacer autocrítica ante errores tan descomunales como los cometidos por Rajoy, es mejor que se quede en el PP. La fidelidad es humana o perruna. Mientras que la humana se justifica, razona y argumenta, la segunda no va más allá de "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer". La fidelidad sin capacidad de crítica es fidelidad perruna. Nada.

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