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¡Caza mayor!

Sólo hay atisbos, señales e indicios de lo que está pasando, pero el lío, ay, está ahí ante nuestros ojos.

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Los sociólogos son personas modestas. Reconocen que su oficio es tan limitado como el del filósofo. Piensan la sociedad, pero reconocen al instante que no tienen un concepto claro de la cosa pensada. Saben que su saber es tan frágil como la sociedad que estudian. Reconocen con humildad que ni siquiera tienen claro qué es una sociedad. Unos y otros viven, principalmente, volcados sobre ellos mismos. Los intelectuales están más preocupados por su vida interior, sus ideas y sus sentimientos, que por las opiniones ajenas o por actuar compulsivamente sobre la sociedad. Pero a veces tienen la necesidad de escuchar las voces que vienen del exterior; en efecto, aunque solo sea por cumplir con las convenciones del oficio, tienen que prestar oídos a lo dicho por la sociedad. Se paran y ponen a trabajar no sólo la oreja sino todos los sentidos que la acompañan, toman notas de lo escuchado y, finalmente, sacan conclusiones que justifiquen su oficio como un bien más del que pueden aprovecharse sus congéneres y las instituciones que les pagan por su quehacer.

Eso es lo que ha hecho el sociólogo Víctor Pérez-Díaz, en un trabajo titulado La voz de lo social ante la crisis, que el propio autor ha tenido la amabilidad de resumir en una tribuna en el diario El Mundo. Aconsejo su lectura y, de paso, expreso mi extrañeza y admiración por una de las conclusiones que extrae este sociólogo de la principal crítica que la sociedad dirige a sus dirigentes políticos: no escuchan las demandas de la sociedad. Son todos unos impresentables que trabajan antes por sus intereses personales que por los de la colectividad. La mayoría de los políticos, según este trabajo, es despreciada por los ciudadanos de España, pero a la hora de la verdad van a las urnas y los votan. Aunque los ciudadanos, dice Pérez-Díaz, "son conscientes de que saben poco de historia, de economía, y sobre Europa. No saben qué hacer con su ambivalencia hacia unos políticos de los que desconfían pero a los que votan. Son un vaso medio lleno o medio vacío en lo que concierne a su interés por la política y su asociacionismo. Y, punto débil de todo el edificio, no confían mucho en los demás, en que se hagan bien las cosas, en que nos tratemos con generosidad".

Pues bien, esta conclusión oscura, se mire por donde se mire, es una oportunidad política para el autor del trabajo. A eso le llamo yo "hacer de la necesidad virtud". La extrema desconfianza de la sociedad hacia sus dirigentes "es un posible punto de partida para iniciar, según Pérez-Díaz, un largo recorrido con objeto de recuperar la confianza, mejorar nuestros conocimientos, manejar la ambivalencia hacia la política".Y luego dirá alguno que la Sociología es una profesión de pesimistas. Falso. Creo que el optimismo de este sociólogo compite con la definición del futuro de Stalin. Ante la pregunta de un campesino sobre qué es el comunismo, respondía Stalin: "¿Que qué es el comunismo?, mira hijo el horizonte interminable de nuestra estepa, mira al futuro. Allí reside el comunismo"…

En cualquier caso, comparto la persistencia del sociólogo en la política de la oportunidad, pues no otra cosa es la genuina política. También yo hago de la necesidad, qué remedio, virtud; sin embargo, no creo que lo determinante, hoy por hoy, en España sea lo que opinan los ciudadanos de los políticos. Ojalá fuera así. La realidad es más dura: lo que se está jugando hoy en España es el diseño secreto que están trazando para la entera sociedad española los poderosos de los medios de comunicación y de los ámbitos políticos y a veces financieros. Todo se está haciendo en el cuarto oscuro y pocos conocen todos los hilos de lo que está sucediendo. Sólo hay atisbos, señales e indicios de lo que está pasando, pero el lío, ay, está ahí ante nuestros ojos. O acaso no es un lío las noticias constantes que nos da la prensa diariamente sobre la corrupción y la política. Por ejemplo, tiene alguna relación, me pregunto yo, el descubrimiento de que salga ahora que el fiscal anticorrupción tenga una empresa rara en Panamá (es legal, sí, pero por algo parecido tuvo que dimitir el ministro Soria) con Rajoy y González el encarcelado; en este orden de cosas no puedo dejar de preguntarme: ¿tiene alguna relación la moción de censura de Podemos, que obedece fielmente las órdenes que le da un poderoso medio de comunicación con el que tiene una extraordinaria amistad la vicepresidenta del Gobierno, con la obligación que le ha impuesto el tribunal a Rajoy para declarar en sede judicial el día 26 de junio sobre el caso Gürtel?; ¿qué relación tienen la Sexta y otros medios de comunicación afines a la vicepresidenta del Gobierno con la comparecencia personal de Rajoy en sede judicial? Y así, como quien no quiere la cosa, podría seguir haciéndome preguntas que, de uno u otro modo, tienen a Rajoy como protagonista. El lío, sí, está dirigido para cobrarse una gran pieza. Lo del fiscal anticorrupción y lo que opinemos los ciudadanos sobre la casta política es cuestión menor.

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