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Agapito Maestre

Coronavirus. ¡Apocalipsis o progreso!

Tiendo a huir de las posiciones exageradas, aunque defiendo razones contundentes. Creo que todo invita a que seamos cautos y huyamos de las 'histerias colectivas'.

Agapito Maestre
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Admiro a quienes aprenden rápidamente de los fracasos o de las desgracias propias y ajenas. Son admirables, por ejemplo, los buenos economistas que nos explican cuántas cosas buenas podemos aprender de la crisis provocada por la pandemia del coronavirus; así, los mejores liberales de esa ciencia lúgubre afianzarán sus saberes sobre la relevancia del mercado libre para la emancipación de la humanidad. También hay grandes pensadores, en los ámbitos de los saberes humanísticos, que extraen enseñanzas de esta pandemia, por ejemplo, los filósofos de la desesperanza, críticos furibundos de la modernidad, ya están manos a la obra y escriben para persuadirnos de que el coronavirus es una confirmación de que nuestro apocalipsis continúa: "Es la lenta revelación de un final", como dice en un bello texto el filósofo Fernando Muñoz, "que parece consabido e inesperado, paradójicamente anunciado e ignorado". En fin, el economista es optimista y el filósofo todo lo contrario, o peor, "sólo enfatiza la enseñanza del desastre".

Entre esas dos visiones de la crisis sanitaria y social provocada por el coronavirus, no sé dónde situarme. Tiendo a huir de las posiciones exageradas, aunque defiendo razones contundentes. Creo que todo invita a que seamos cautos y huyamos de las histerias colectivas. Esperemos un poco y no seamos alarmistas. Esto no es el apocalipsis. No demos oportunidades para que ignorantes y descarriados por el fanatismo se entreguen a dar descabelladas opiniones sobre palabras apocalípticas. Quizá pronto se sintetice una vacuna que acabe con el virus maligno. Confiemos, pues, en algo plausible y con alguna historia de éxitos. Por favor, amigos, no caigamos en la crítica romántica a la ciencia. ¡La ciencia! Ahí está el toque. Tengamos un poco de confianza en las innovaciones favorables a la vida humana. Tengamos, pues, un poco de confianza en el progreso, ¿por qué no confiar en que la ciencia descubra pronto una vacuna que ataje la enfermedad?…

Sí, amigos, creo en el progreso y no milito en la mentalidad progresista. El progreso es, como muy bien han visto grandes filósofos del siglo XX, anterior a la mentalidad progresista, el cristianismo y los conocimientos. Hay progresos de la materia, de la vida de la libertad, de la crítica del amor. Sí, sí, toda innovación favorable a la vida humana es progreso. No tengo, pues, reparos a ser calificado de progresista milenario, es decir, asumo con sentido crítico y sentido del humor, como me sugiere Gabriel Zaid, el mito arcaico de la Creación que desembocó en el mito moderno del Progreso, porque ha sido fecundo a lo largo de la historia. ¿Por qué no iba a ser razonable suponer que el tiempo, el cambio y lo mejor existen?

En fin, queridos lectores, salgan de la melancolía de los análisis catastróficos sobre el coronavirus y regálense unas horas de vida leyendo el delicioso libro de Gabriel Zaid Cronología del progreso, del que extraigo esta otra nota de alegría:

No es verdad que todo tiempo pasado fue mejor. Ni que todo lo más reciente es mejor. Ni que el futuro será siempre mejor. Pero cabe desearlo, y trabajar porque así sea, con optimismo razonable.

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